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El servicio de la mesa. Sugerencias. II.

Sugerencias y consejos para servir la mesa de forma correcta.

 

Novísimo Manual de Urbanidad y Buenas Maneras para uso de la juventud de ambos sexo.
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El servicio de la mesa.

Las señoras, sobre todo, deben mostrarse muy sobrias con el vino; no permitir que las echen mucho y beberlo a pequeños sorbos.

Nada desdice tanto de la delicadeza de su sexo, como el uso de las bebidas fuertes, y es tanta la repugnancia que nos causa tan desagradable la impresión que produce, que destruye enteramente con solo este acto la alta idea que hubiera podido inspirarnos su finura.

Así, pues, los que sirvan a las señoras vino o licor, se abstendrán absolutamente de llenar su copa, pues seria ofender su natural comedimiento.

Sin embargo, hay muchas señoras que a pesar de su exquisita educación se permiten el uso de los licores en un momento de alegría y de alg azara; pero esto solo les es dado hacerlo muy en familia, y de todos modos un caballero nunca se propasará a instarlas demasiado.

Al servir vino de una botella que aun no haya sido decentada, pondremos antes en nuestro vaso algunas gotas, por si hubiesen podido caer dentro al destaparla algunas partículas de corcho.

Al poner en una taza café o cualquiera otro líquido, nunca lo haremos de modo que pueda rebosar.

Si tuviésemos que poner azúcar en una taza de café, no lo probaremos jamás con la cucharilla para saber si está bien azucarado.

Cuando tengamos que pedir alguna cosa a la persona que está encargada de servir, siempre haremos que precedan a nuestra petición las palabras corteses de: " hágame usted el favor, tenga usted la bondad ".

Si el que sirve nos pregunta si queremos tomar de algún manjar, para servimos, diremos: " si usted me hace el favor ", si estamos dispuestos a aceptar, y si no fuese así, daremos las gracias, acompañando nuestra negativa con una inclinación de cabeza.

Si alguna persona de entre los convidados nos hiciese alguna fineza de su plato, le corresponderemos con otra del nuestro, siempre que no hayamos principiado a comer, pues de otro modo sería una cosa muy grosera.

Es muy general que los convidados se hagan finezas entre sí, y esto pruebe amabilidad y buena crianza; pero nunca lo haremos de las cosas suculentas, sino de las ligeras, los dulces y la fruta.

Los huevos se rompen por la punta, y luego al dejar la cáscara en el plato se le da un golpe con el cuchillo para romperla.

Aunque se ha hecho bastante general, no es propio derramar el café de la taza en el platillo para que se enfríe y beberlo con este, por cuanto que además de ser una costumbre fea, demuestra ansiedad e impaciencia.

El que sirve está muy expuesto a cometer torpezas, y por lo mismo procederá con todo el posible aplomo.

Para evitar su propio bochorno, y el incurrir en el desagrado de los convidados, es preciso no cometer las faltas de hacer saltar los manjares sólidos de los platos, o derramar los líquidos ensuciando los manteles, y aun tal vez salpicando el vestido de los convidados.

Para evitar estas torpezas, el mejor guía y el mejor maestro es la práctica.

El que sirve no ha de tener preferencias sino por las personas más caracterizadas de la reunión. Si su esposa o una persona que le interese están en ella, se guardará estrictamente de distinguirla con una atención marcada, pues esto es de muy mal tono.

Se ceñirá a servirla con la misma amabilidad y con la misma finura que a los demás, y a lo sumo, por una vez o dos, podrá particularizarse sin faltar a las leyes de la urbanidad.

El servir es indudablemente una tarea muy enojosa, y el que la desempeña tiene que resignarse con su mala suerte.

Así, pues, procurará hacerlo con inagotable paciencia y amabilidad, y como el servir a los otros, le robará el tiempo para si, abandonará su plato a los criados cuando los demás hayan concluido, para no dar lugar a que le esperen para mudar el servicio.

También se guardará de comer muy de prisa, porque esto demostraría una avidez de mal tono.

He aquí, pues, reasumidas las principales reglas para trinchar y servir en la mesa con finura.

Estas reglas son indispensables para una persona de buena educación, pues la mesa, como hemos dicho en otra parte, es la piedra de toque que descubre los verdaderos quilates de nuestras cualidades.

Rara vez el glotón, el avaro, el bebedor, y sobre todo el hombre grosero, deja de abandonarse a sus instintos y descubrir su debilidad a los ojos de un observador entendido.

Para evitar este escollo, recordemos la máxima de que el hombre más verdaderamente amable, más verdaderamente generoso, más verdaderamente delicado, será siempre el más culto de la sociedad en donde se halle.

 

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