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Las disputas. I.

Discutir es alegar las razones y los argumentos en que se apoyan dos opiniones opuestas sin consideración a las personas que las proponen.

 

El nuevo Galateo. Tratado completo de cortesanía en todas las circunstancias de la vida.
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Las disputas en sociedad.

Los jardines de los filósofos de Atenas estaban cerca unos de otros, y nunca hubo en el mundo vecinos menos turbulentos ni menos celosos; un camino de olivos, un bosque de mirtos o una línea de rosales separaba sistemas filosóficos y servía de límite al reino de la opinión. Las conversaciones no siempre son igualmente pacíficas, porque la diversidad de las ideas abre el campo a ruidosas luchas acompañadas y seguidas de muchos inconvenientes.

Discutir es alegar las razones y los argumentos en que se apoyan dos opiniones opuestas sin consideración a las personas que las proponen; mas la discusión degenera en disputa, cuando se mezcla en ella alguna personalidad. Entendemos por ésta, no aquellas injurias manifiestas que la buena sociedad prohibe, sino las otras, que si bien menos graves, no dejan de ser punzantes para el amor propio y extrañas al asunto. Por lo común suelen introducirse en la conversación dos especies de personalidades que la hacen degenerar en disputa. Con la primera se echa en cara al adversario que habla por motivos particulares de interés a favor propio, de afecto por sus amigos o por su clase, o por odio contra sus enemigos.

Con la segunda se dice al adversario que no conoce la materia de que se habla, que esta supone conocimientos superiores a los suyos, que es extraña a su profesión. Este modo de argumentar se dirige a despreciar la persona del adversario, pero no es ninguna razón, ni disuelve ninguna duda; a más de que en el segundo caso tiene, mucha inoportunidad, porque sin ser jurisconsulto es posible tener ideas justas y nuevas acerca de jurisprudencia.

No parece sino que los hombres civilizados son tan amantes de las disputas, como los salvajes de los combates. Las causas de las disputas son diferentes, y es una de ellas el deseo de conservar la libertad propia. En igualdad de circunstancias cada uno prefiere su opinión a la ajena, precisamente porque es suya, y por esto somos más reacios en admitir las opiniones de los otros cuanto es mayor el aire de precepto con que se nos propone. Quien sujeta a nuestro juicio una idea en forma de duda, logra más fácilmente convencernos que otro, quien sin presentar argumentos de gran peso, manifiesta querer dogmatizar y prohibirnos toda objeción. El hombre es tan celoso de su libertad intelectual como de la civil y política.

También es causa de disputa la vanidad que ve una especie de envilecimiento en el hecho de someter su propia opinión en la ajena, porque esto lo cree inferioridad intelectual. Esta supuesta inferioridad, sensible en todos, crece en razón de la alta idea que nos formamos de nosotros mismos, y la debilidad humana es tanta que puede llegar al punto de ocasionar la muerte, como le sucedió al antiguo filósofo Diodoro. Habiéndosele hecho algunas objeciones a las cuales no supo que contestar, esto le causó tal disgusto y enojo, que expiró al momento. Es tan cierto que la vanidad es causa de disputas, que el silencio del disputante que se mantiene en su opinión se hace ofensivo para el otro, porque en este caso el silencio parece probar que tiene un bajo concepto del antagonista a quien no bastaría a convencer razón alguna; por lo cual se ahorra la molestia de hablar. Entonces ve éste que mientras él fatiga sus pulmones, el otro se sonríe y lo deja que ladre como los perros a la luna, y no alcanza el objeto que se había propuesto, esto es, la superioridad sobre su adversario.

También ocasiona disputas el espíritu de contradicción. Hay hombres que parece no gozan sino siendo molestos y fastidiosos como moscas, y hacen profesión de contradecir a todo el mundo sin consideración a nadie. Y como muchos se muestran terribles en las disputas, merced a la robustez y capacidad de sus pulmones, parece que el espíritu de contradicción se debe al orgullo necio y a una especie de necesidad de dominar. Quizás lo fomenta una causa física mal conocida, llamada temperamento.

Las enemistades suelen ser una de las primeras razones por la cual se rechazan las ideas de otros porque al odio le parecen verdaderas y reales victorias las mortificaciones a la vanidad del odiado. Encontrándose dos enemigos en el Consejo de Florencia, el uno, que era de la casa de Altoviti dormía, y el otro que estaba sentado muy cerca y que era de la casa de Alamanni, en broma tocándole con el codo lo despertó y le dijo: "¿No oyes lo que te dice fulano? Contesta, porque los señores desean saber tu opinión". Entonces Altoviti soñoliento todavía y sin pensar siquiera, se puso en pie y dijo: "señores, yo digo todo lo contrario de lo que ha dicho Alamanni". Yo nada he dicho, exclamó éste. "Pues bien", replicó el otro: "lo contrario de lo que dirás".

La imperfección inherente a cualquiera cosa humana abre la puerta a disputas, y esta imperfección resulta de que los objetos tienen muchos lados y cada uno considera aquel que más le agrada; de las personas, que no todas tienen los mismos ojos, los mismos intereses, los mismos principios, los mismos conocimientos ni los gustos mismos; de las palabras que no son bastantes ni bastante especiales para ser bien exactas y responder a las diferentes modificaciones de los sentimientos, por lo cual, como cuanto se dice y se escribe es suceptible de variedad infinita, no debe extrañarse que esté sujeto a toda clase de oposiciones.

 

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