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Los manuales de cortesía en la España contemporánea (1875-1975). III

El tacto, esa 'delicada mesura que empleamos en todas nuestras acciones y palabras'

 

Departamento de Linguística General, Universidad de Almeria

Los manuales de cortesí­a en la España contemporánea (1875-1975). Libros a la venta
Manuales de cortesía. Los manuales de cortesí­a en la España contemporánea (1875-1975). Libros a la venta

Los manuales de cortesí­a en la España contemporánea (1875-1975)

A través de todas estas versiones de urbanidad y cortesía, el factor verbal aparece como uno de sus más vitales protagonistas, bien en calidad de temática específica abordada en diversos apartados puntuales de esas obras, bien como motivo transversal que surge en diversos aspectos del correcto comportamiento social. Ahí, se incluirá una densa, heterogénea y prolija casuística de preceptos lingüísticos.

(Nota 4: Cosa distinta era, por supuesto, la formación política específica como dirigente del partido, naturalmente encomendada a los cuadros del mismo).

Por una parte encontramos dominios comunicativos predilectos de la cortesía verbal, ámbitos sociales en los que ha de practicarse un cuidadoso esmero con el uso del lenguaje. La familia, el vecindario, la calle, el templo, el colegio o los hogares a los que se rinde visita no agotan, de cualquier forma, el inventario de ocasiones en los que ha de ejercerse el esmero verbal. Muy al contrario, la cortesía se plantea en términos permanentes en el individuo, como un modelo, o un estilo mejor, de comportamiento que se ejerce en toda situación y contexto. Sí es cierto, de cualquier forma, que en los dominios antes señalados están ubicados los puntos nodales en los que esa tónica general se exterioriza con mayor nitidez. Por otra parte, las reglas de urbanidad determinan el desarrollo de actos de habla en el más literal de los sentidos, o lo que es lo mismo, el de comportamientos verbales, cortésmente sancionados, que son acciones sociales determinadas por una serie de reglas, en cuyo conocimiento y aplicación han de haberse instruido los ciudadanos refinados.

Nos hallamos en esta ocasión frente a recomendaciones acerca de cómo efectuar saludos, transmitir felicitaciones y pésames, presentar a otras personas y ser presentados o, entre otros, redactar varios tipos de carta, en función del asunto tratado y del interlocutor que vaya a recibirla. Ambos epígrafes de cortesía verbal se encuentran tendencialmente ahormados por los dos principales canales mediante los que se transmite la comunicación lingüística: la oralidad se concentrará prioritaria, aunque no exclusivamente, en la conversación, mientras que la escritura seleccionará un género, justamente el epistolar, con distintas variantes de relativa significación.

Propongo, excuso decirlo, todas estas distinciones por razones expositivas, y en su caso a efectos de análisis. No se me oculta, antes al contrario, que tan aséptica delimitación se corresponde sólo en parte con una realidad en la que abundan las ocasiones en que el ritmo comunicativo de la vida cotidiana ha ido superponiendo algunos de esos componentes, como por otra parte cabrá esperar: se saluda en el colegio, en el hogar, en el templo, en la calle, durante las visitas, a personas de niveles sociales distintos, con objetivos también diversos, iniciando, continuando o clausurando otros actos de habla. Todo ello, desde luego, invita a pensar que los dominios anteriores, en realidad, producen macroactos de habla y, sobre todo, que la realidad empírica es mucho más compleja de lo que precisa la metodología analítica.

He de reconocer que una opción -nada desdeñable, por cierto- para abordar tal problemática aconsejaría encaminarnos en una dirección pragmalingüística que, sin embargo, no voy a adoptar aquí. No es mi intención penetrar en la mecánica de esos actos de habla, lo que con toda seguridad me obligaría a tomarlos de ejemplos literarios (nota 5). Me interesa, en cambio, un índice de cuestiones (nota 6) más concentrado en el ideario sociolingüístico que comportaban todos esos preceptos, esas reglas, las recomendaciones, cuando no admoniciones, que los escolares interiorizaban desde su más tierna infancia con el horizonte puesto en una vida adulta apacible, correcta, socialmente ejemplar.

Presupongo, por tanto, que en cada uno de los puntos de ese ideario convergen varias reglas de actuación sociolingüística, en lo que no deja de aportar simultáneamente un diagnóstico, en primera instancia, sobre los parámetros de cortesía verbal por los que se condujo la sociedad española, pero también en última instancia sobre otras matrices mentales, ideológicas y, en definitiva, históricas.

3.1 El tacto, referente (social y lingüístico) de las personas distinguidas

Esa "delicada mesura que empleamos en todas nuestras acciones y palabras", tal y como caracterizan las madres escolapias la virtud del tacto social (Escuelas Pías, 1910: 114), manifestaba de forma inmediata e inequívoca la correcta urbanidad de quien disponía del mismo y, no en vano, era objeto de permanente recomendación hasta mediados del siglo XX.

Conveniente para toda persona educada, resultaba especialmente imprescindible en las señoritas. Para E. de Borbón (1946) era virtud fundamental en la definición de la mujer correcta, al tiempo que reconocía en su vertiente lingüística, en el tacto verbal, uno de sus más característicos modos de ejercerlo. Presuponía la aplicación de un principio de acomodación de las reglas generales de urbanidad a las circunstancias particulares de cada momento concreto, lo que no obstaba para definir otros tres principios fundamentales, compañeros del anterior: guardar atención a todas las condiciones sociales, respetar el carácter y las opiniones de los demás y, por último, elegir el momento más oportuno para introducir nuestras opiniones.

Descendiendo al terreno de lo concreto, el tacto en lo concerniente al lenguaje recomendaba escuchar con atención cualquier clase de conversación, excluyendo toda exteriorización de síntomas de fastidio, actitud que los niños imitarían puntualmente de sus padres. Como agentes señeros del tacto en el lenguaje se apuntan el tono y la inflexión de la voz, la pronunciación, la terminología, la fisonomía, los movimientos del cuerpo o las circunstancias físicas y morales que rodean a las ideas que transmitimos (Escuelas Pías, 1910: 120). No deja, en, consecuencia, de suponer una cierta forma de arte en el que convergían propiedades gramaticales, literarias (sic), sociales y morales.

(Nota 5: Posibilidad bastante razonable, entre otras razones porque en el grueso del período examinado predominó la literatura de corte realista y naturalista que, en principio, parece estar en condiciones bastante aceptables de reconstruir con cierta verosimilitud esa clase de interacciones).

(Nota 6: Tal vez complementarias de las que aportaría una perspectiva pragmalingüística, y probablemente también de otras de dentro -y de fuera- de la propia lingüística).

Aunque en lo lingüístico el tacto implicaba un modo de conducta verbal, uniforme en todas sus manifestaciones, la conversación proporcionaba un marco excelso en el que ejercitarlo. Al no contrariar a los interlocutores, al seleccionar temas neutros -o, lo que es lo mismo, intranscendentes- o al rogar que se reanudasen las conversaciones interrumpidas, las personas refinadas traslucían su delicadeza en el trato.

Hay que reconocer que, en ocasiones, también obligaba a desenvolverse en modo como mínimo peculiar. Cuando las visitas manifestasen su intención de abandonar a sus anfitriones, convenía insistir en que no lo hiciesen, acompañándolos sin embargo hasta la puerta para proceder a despedirlos sin mayor dilación.

3.2 El desarrollo verbal del octavo mandamiento de la ley de Dios: no mentirás ni calumniarás

El tacto social, y por consiguiente también su vertiente lingüística, tenían un neta pretensión estabilizadora en lo temático y en lo verbal. Esa delicada y equilibrada ponderación a la que invitaba no iba a ser la responsable de exceso alguno, ni en sus manifestaciones ni en los recursos formales que empleara. Y esta era una función en verdad determinante para una sociedad preocupada por guardar las apariencias, al tiempo que celosa de que los individuos no trasmitiesen fuera de sí mismos más allá de lo estrictamente necesario. Por supuesto que velar por el buen nombre propio y ajeno fue responsabilidad imperiosa en la formación cortés de los jóvenes.

 

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