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Lo mejor no es lo de fuera.

La mejor educación que se le puede dar a un joven es la de un colegio, y la de su casa.

Reflexiones sobre las costumbres. 1818
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Lo mejor no es lo de fuera.

Ello es que el hombre que no sale de su país no puede ser cortés, urbano ni agradable. La mejor educación que se le puede dar a un joven es la de un colegio; pero ¿qué es lo que se aprende allí? Allí se pueden aprender las ciencias; mas para esto no son menester más que ojos y oídos, y un mediano talento con tal cual aplicación. Pero aquella finura de trato, aquella política embelesadora que cautiva de repente los afectos no puede adquirirse sino con el trato del gran mundo.

Por este motivo quiso D. Lucio hacer un viaje a Paris en donde dicen que se halla todo cuanto de civil y de urbano, y de político y fino puede hallarse en todo el resto del universo. Parte, en efecto, despues de haber repartido esquelas de despedida; los que conocían la vivacidad de su espíritu se prometían grandes cosas del joven Lucio:. y a la verdad muchos ingenios que se preciaban de perspicaces le habían oído proferir aun desde muchacho algunas bellas sutilezas en tal cual conversación; pero no observaron que a vuelta de estas pocas agudezas había dicho una infinidad de necedades. ¡Cuán expuestos al engaño están aquellos que juzgan precipitadamente de los talentos de los muchachos!

Sea de esto lo que fuese, Don Lucio partió acompañado de otra persona que debía servirle, no de un mentor que dirigiera sus pasos y velase a su conducta, porque no era capaz de ello, sino de un criado que contentara sus caprichos. Al paso por los pueblos y ciudades miraba las calles, las casas y las plazas, y todo aquello para lo cual no se necesita sino de ojos; y de este modo llegó por fin a París, donde creía que el aire solo de aquella corte había de infundir en su espíritu todo cuanto se necesita para formar un fino y verdadero político. En efecto, él no hacía más que tomar el aire; salía por mañana y tarde a pasear las calles y plazas; después fue a ver las Tullerías, y los magníficos puentes, y el caballo de bronce, y el cuartel de los Inválidos y otras curiosidades dignas de verse; con lo cual y con haber aprendido en los cafés algunas impiedades entre los vasos y las botellas, y algunos jóvenes tan casquilucios como él, se volvió a su patria muy satisfecho de sí mismp pensando anublar con sus reconocimientos el esplendor de todos los eruditos que había dejado en ella.

Su arribo, se divulgó en breve por toda la ciudad, y todos se apresuraban por ver y tratar al recién llegado viajero. ¡Cuántos elegios no se hacían de su erudición y buen gusto! ¡Cuántos de su genio sacudido y de su aire brusco! Aquellos que habían concebido tan lisonjeras esperanzas de sus talentos, ¡qué asombrados no quedaron de los progresos que había hecho! Si hablaban de ciencias y de artes decía que España iba al menos un siglo atrasada; la cirugía estaba aun en mantillas; la medicina era poca cosa; poeta, no había ninguno; historiadores pocos y sin gusto ni crítica; solo se conocía algún teólogo ramplón que sabía ergotizar. Pero es de advertir que el Sr. D. Lucio no tenía la menor idea de cirugía, ni de medicina, ni de poesía, ni de historia, y mucho menos de teología.

Hablando un día de música en una tertulia donde había muchos apasionados que tenían de ella profundos conocimientos, y donde había algunas señoritas de calidad que tocaban el clave con perfección y cantaban divinamente, dijo: que la música española valía poco, la italiana tal cual podía oírse, pero que la francesa era divina, y para prueba de esto añadió: tendrán ustedes la complacencia de oír una aria que me enseñó una demoisellede las del más bello gusto; por más señas que ella la copió por su linda mano, y la traigo aquí en la faltriquera. Sacóla al momento, llegóse al clave, extendióla sobre el atril, y sentándose muy hueco dio principio a su cantata. Como apenas sabía tocar y tenía muy poca gracia para cantar y no pronunciaba bien la lengua francesa, además de que la música de esta nación es la peor de todas las músicas, no hubo ninguno que pudiera contener la risa. Cuanto más se esforzaba por dar calor a la frialdad de su aria, tanto más excitaba las ganas de reír, pues no hacía sino aturdir los oídos con su enojoso y lamentable canto, más parecido a los agudos gritos y violentos ayes de una cólica, que al enagenamiento de las pasiones, por valerme de la expresión del célebre ciudadano de Ginebra hablando de la música francesa.

Al oír tanta carcajada se desesperó nuestro ilustre viajero, y levantándose arrebatadamente tomó el sombrero y marchó echando pestes, ultrajando a todas aquellas señoras como si fueran mozas de fortuna, y añadiendo que los españoles eran unos bárbaros sin politesse.

Estos fueron los frutos de los viajes y talentos de nuestro D. Lucio, y tales serán siempre los de todos los viajeros sin luces, sin gusto y sin reflexión.

 

Nota
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