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Lección sobre la pedantería.

Hay hombres instruidos que hacen vanidad de su saber, hablando siempre en tono magistral, y decidiendo sin apelación.

 

Lecciones de Mundo y de Crianza. Cartas de Milord Chesterfield. 1816.
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Pedantería.

Cada virtud y cada excelencia tienen tan inmediatos sus vicios o debilidades contrarias, que en separándose uno del camino o saliendo de sus límites, se desliza y resbala, cayendo en uno de tales precipicios; la generosidad, suele llegar a prodigalidad, la economía decaer en avaricia, el valor subir a temeridad, la precaución degradarse en timidez, y así de las demás; por lo que yo creo se requiere más juicio para conducir nuestras virtudes que para evitar sus vicios opuestos; porque el vicio mirado a buena luz es tan disforme que nos aterra a la primera vista, y con dificultad nos sedujera si al principio no llevara la máscara de la virtud; pero al contrario, la virtud es tan hermosa en sí misma que nos encanta a la primera vista, y nos empeña más cuanto más la conocemos; y creyendo que en la virtud no puede haber vicio ni exceso, como lo pensamos igualmente de todas las demás hermosuras, no advertimos que se necesita de juicio para moderar y dirigir los efectos de tan excelente causa; lo mismo, pues, sucede con el mucho saber si no está acompañado de un juicio muy profundo, porque ordinariamente nos lleva al terror, al orgullo y a la pedantería, que es el punto contra que voy a hablarte.

Hay hombres instruidos que hacen vanidad de su saber, hablando siempre en tono magistral, y decidiendo sin apelación; y lo que de esto resulta es que las gentes provocadas del insulto y ofendidas de la opresión gritan contra la tiranía, y sacuden el yugo, abandonando, arrojando o mofando al pedante; y así, cuanto más sepas, más debes hacer el modesto; y tu propia modestia será el mejor medio de satisfacer tu vanidad; aun cuando estés seguro de lo que digas aparenta alguna duda, expón tu sentir, no decidas; y para convencer a los otros manifiéstate dispuesto a que ellos te convenzan.

Otros por ostentar su ciencia o por preocupación a favor de su escuela, a cualquier cosa que oyen nombran a los antiguos con una veneración como si fueran algo más que hombres, y a los modernos con un desprecio como si fueran menos que ellos mismos; nunca están sin uno o dos autores clásicos en la faltriquera; siempre se atienen al buen sentido antiguo, y nada leen de las fruslerías modernas; y te dirán con la mayor seguridad que no se ha hecho el menor adelantamiento en ciencias ni artes de 1700 años a esta parte. No quiero yo con esto desacreditar a los antiguos, pero sí deseo que no seas tan adicto a ellos que excluyas a los modernos; juzga a cada uno por su mérito y no por su edad, sin ultrajar a los unos ni ser idólatra de los otros; y aunque te suceda llevar en el bolsillo una edición de Elzevir o de Bodoni, jamás la enseñes ni lo digas siquiera.

"Nunca te dejes guiar ciegamente por autores antiguos ni modernos"

Los escolásticos más entusiastas sacan todas sus máximas de Aristóteles, Platón, etc. sea para los asuntos de la vida privada, o sea para los de la pública, trayendo siempre ejemplos y comparaciones de sus maestros, sin considerar que no estos lo han escrito con todas sus circunstancias, ni casi pueden darse dos casos exactamente iguales; por lo que te aconsejo que nunca te dejes guiar ciegamente por autores antiguos ni modernos en lo que te suceda, sino que tengas presente lo dicho por ellos, y combines tus accidentes.

También se ven muchos presumidos de sabios, que aunque no son tan dogmáticos ni tan graves, no por eso dejan de ser lúcidos pedantes, pues adornan una conversación, aún entre mujeres, con felices citas de griegos, latinos, franceses, ingleses, etc. con cuyos autores han contraído tal familiaridad que los nombran con ciertos epítetos o apodos como el viejo Homero, el verde Ovidio, Juan Jacobo por Rusó, el Espectador, etc. A estos pedantes hay muchos majaderos que los imitan, sin saber una palabra de nada, ni haber leído una letra de tales obras; pero que han cogido al aire varios nombres y retazos, o han aprendido algunos índices y títulos de libros, y lo encajan en todas las conversaciones impropia e impertinentemente, con el fin de pasar por instruidos.

Igualmente merecen el nombre de pedantes los que usan en las conversaciones familiares los términos y frases de una profesión, ciencia, arte o idioma en que quieren ser creídos hábiles, como también los que todo lo siembran de refranes, títulos o versos de comedia, estribillos vulgares, expresiones provinciales o particulares de un sujeto para remedarle irónicamente; y cuantos dicen que nada se hace de bueno en el día, ni es su país, sino en otro tiempo y en otros reinos, porque todo esto no es más que dar a entender a los otros que tienen tal instrucción, tal escuela, tal sistema o tales noticias que nadie le pide ni le estima, por no ser con respecto a la sociedad en que se halla, sino con respecto a sí y a su amor propio solamente; y por consiguiente, si tu quieres excusarte por una parte la nota de pedante, y la de ignorante por otra, no te metas jamás a hacer ostentación de sabio, variando en modo alguno el tono y rutina de la compañía en que te encuentres; esto es, habla su misma lengua y su mismo lenguaje, sin dejar de decir lo que alcances cuando te toque la vez de hablar, ni interrumpir con arrogancia el dicho de los demás. Usa de tu saber como de tu reloj, teniéndolo en la faltriquera para saber la hora que es cuando lo necesites o te lo pregunten; pero sin estarlo sacando ni hacerlo sonar, para que sepan que lo tienes, imitando a los serenos que siempre están gritando la hora, y a los centinelas que siempre la están campaneando.

 

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