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Cortesía con los ancianos y con las mujeres. II

En las discusiones de sentimiento, la justicia y la cortesía ordenan que apeléis a la decisión de la mujeres, puesto que en estas materias su juicio es más exquisito y más seguro

 

El nuevo Galateo. Tratado completo de cortesanía en todas las circunstancias de la vida

Pareja de adultos sentados en un banco
Cortesía con los mayores. Pareja de adultos sentados en un banco

Cómo ser corteses con las mujeres y tenerlas el debido respeto

Aquella urbanidad

Un vestido aconsejado por ella ha de pasar por cosa de mérito, una partida de campo o de juego propuesta por una de ellas debe ser aceptada al momento sin contradicción alguna. No repitáis nunca un gesto reprobado por ellas, ni debéis soltar jamás una flor que haya estado en su pecho. Cada frase aguda que salga de sus labios reclama un elogio vuestro, y cuando no podáis encomiar su talento hallaréis argumento de alabanza en sus labores. Ultrajaríais notablemente su amor propio si manifestarais suponer que sus habilidades se limitan a saber arreglar una comida, a servir con gracia el café, y a manejar con maestría el abanico.

Los que aspiran a ser tenidos por muy corteses, bajan sin afectación la voz cuando hablan con ellas; y al nombrar a un hermano suyo añaden al nombre de pila algún adjetivo que prueba su estimación y afecto.

Como la modestia, la ternura y la fidelidad abarcan las virtudes principales de las mujeres, así como en sus miradas siempre debe haber un aire de inocencia, en sus mejillas el tímido pudor y en todas las actitudes de su persona la gracia, naturalmente incurriréis en una imperdonable descortesía si les habláis de cosas que las hagan correrse, si hacéis gestos que supongan muerta la virtud en ellas, o las invitáis a juegos en que solo debe ocuparse el ardimiento del hombre.

Estos respetos, despertando en ellas una gran estimación de sí mismas, las despoja de las debilidades comunes, las estimula para las virtudes más apreciables, cuya semilla tienen en su sensibilísimo ánimo. Por esta razón el satírico Firentino se manifestó injusto e inurbano, y por añadidura pecó contra el propósito de corregir las costumbres, cuando al hablar de las mujeres dijo: "El peor sexo en el cual el engaño es un instinto", y más abajo: "puesto que en la mujer la virtud es vicio".

El que envilece la naturaleza humana no consigue mejorarla; y cuando se le prueba al vicioso que el vicio es un instinto, no se le disminuyó la afición al mismo, sino que se le sugiere un medio de excusarlo.

Despertar esperanzas de matrimonio en las jóvenes cuando no se quiere ni puede efectuarlo, es turbar la tranquilidad, exponerse a su odio, granjearse el título de vano, de bárbaro y de engañoso en el ánimo de las personan sensatas.

Como la vanidad es, tal vez, la pasión que reina sobre todas las demás en el corazón de la mujer, debe el hombre irse con mucho tino a fin de no ofender este sentimiento tan por extremo irritable. En consecuencia de la vanidad, las mujeres, parangonándose unas a otras, aspiran a la primacía; de donde resulta que una galantería a una que está cerca de las demás, las frecuentes miradas dirigidas a ella, el hablar más frecuentemente con la misma, hieren en lo más vivo el ánimo de las otras; y quien no guste de ser el blanco de su ira, ni ofender los derechos del mérito, a duras penas puede encontrar el modo de conducirse.

Envidiosa Isabel de Inglaterra de la hermosura de María Stuart, reina de Escocia, le preguntó al embajador de ésta cual de ellas dos le parecía más hermosa. El embajador, que no quería mentir ni ofender, respondió con mucho tacto: "Vos sois la hembra más hermosa de lnglaterra; María es la más hermosa de Escocia".

Este hecho demuestra que en una reunión de mujeres, el modo de dejarlas contentas de vosotros y de ellas consiste en asegurar a cada una un dominio exclusivo, y en hacer individualmente el elogio de aquellas dotes en que no tenga rivales.

En las discusiones de sentimiento, la justicia y la cortesía ordenan que apeléis a la decisión de las mujeres, puesto que en estas materias su juicio es más exquisito y más seguro que el vuestro, en términos que casi puede tenerse por infalible. Cualquiera que sea la discusión, mientras no verse sobre la moral, me inclinaría a dejar a las mujeres el triunfo del momento, y a renunciar a aquella descortés victoria que las obliga a correrse; pocos momentos después reconocerán su error y os quedarán sumamente agradecidas.

En medio de la variedad de costumbres relativas a las mujeres, la razón aprueba que los hombres las tengan consigo en el paseo, en la comida, en el teatro y en la conversación, porque si bien es cierto que ellas solas no dan vida a todos los placeres sociales, los aumentan y hacen más agradables.

 

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