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Excesos en las diversiones corporales. I.

Las personas desocupadas se dedican en los países civilizados a cultivar el talento con la lectura, o se entretienen en amenas e instructivas conversaciones.

 

El nuevo Galateo. Tratado completo de cortesanía en todas las circunstancias de la vida.
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Los excesos en las diversiones corporales.

En el intervalo de una a otra comida, las personas desocupadas se dedican en los países civilizados a cultivar el talento con la lectura, o se entretienen en amenas e instructivas conversaciones, mientras que en los tiempos rudos o bárbaros, la necesidad de sentir se alimenta principalmente de nadar, correr, saltar, tirar piedras o dardos, regir caballos, guiar coches u otros ejercicios corpóreos que adiestran al hombre para la guerra y para la caza. Todo se reduce a los movimientos del cuerpo, en los cuales el espíritu no toma parte.

La guerra, como cosa por un lado fecunda en bravas sensaciones físicas, y por otro en lucros eventuales adquiridos en poco tiempo, es la pasión principal de los pueblos bárbaros que se encuentran en contacto o cerca de otros. De aquí es que sus diversiones suelen ser simulacros de batallas, hasta que se presentan batallas positivas, que son más deseadas que los simulacros, porque proporcionan botín. Los jefes guerreros, a imitación de los jugadores, consideran como perdido el tiempo durante el cual han de vivir en paz, y se encuentran muy alegres a la noticia de que se acerca el enemigo o de que deben correr tras sus huellas. En tal situación de cosas los pueblos, lejos de ocuparse de la justicia de la causa por que se arman, no quieren más que combatir y conquistar; y viendo que el valor y la victoria les proporcionan botín y aplauso, se acostumbran a creer que sus derechos están en la punta de la espada, y que todo pertenece al valiente que tiene la fuerza y la audacia de apoderarse de ello.

De aquí nació la idea de decidir las cuestiones en desafíos y de sustituir la destreza y el valor al fallo de los tribunales. Ofuscada toda idea de justicia en un pueblo valiente, feroz, vengativo, y siempre armado, debían ser frecuentes los homicidios y la efusión de sangre, y por esto las leyes de los pueblos bárbaros que invadieron el imperio romano establecieron un precio por las heridas de cada miembro, o por la vida de cada hombre, desde el rey hasta el plebeyo.

Durante muchos siglos reinó en Europa este espíritu guerrero, y encontró alimento en los torneos, en donde los caballeros jóvenes se batían más bien por el honor de sus hermosas que por la gloria de su país, y en los cuales las hermosas que eran las espectadoras, debieron perder su natural sensibilidad en medio de los estragos y de la sangre, pues muchas veces se pasaba del valor al furor, y se derramaba sangre cuando se había comenzado por juegos y diversiones.

La imagen de la guerra se introdujo en los juegos populares, pues el pueblo se ejercitó por muchos siglos en el duelo a puñadas, a garrotazos y a pedradas. Muchas veces el dolor de los golpes y la risa de los espectadores encendían los ánimos, y del juego se pasaba a la batalla, por lo cual se hicieron reglamentos y se prohibieron las armas, y se permitió tan solo el bastón o el combate con armas bien aforradas llamadas corteses y con escudo. Y aun fue preciso prohibir el bastón, las piedras y las puñadas, atendida la frecuencia con que de tales riñas resultaban muertos. Además de los varios partidos en una ciudad misma, las ciudades en masa salían a batallar y a celebrar justas y torneos unas contra otras. Los sagrados cánones prohibieron tales riñas, pero todo fue infructuoso, porque en la mañana de los días festivos salían de las ciudades cuadrillas de muchachos con hondas y se lanzaban a las pedreas hasta mas acá de la mitad del siglo XVIII. Por desgracia aun en nuestros días se ven con frecuencia estas batallas, que acreditan tan poco a los muchachos que son sus actores, como a los espectadores, y a los padres que no impiden que sus hijos se entreguen a ellas.

Las mismas leyes fomentaban en algunos países las ideas guerreras, prohibiendo al pueblo algunos juegos y ordenando otros que lo iniciaban en las bravuras guerreras.

En el siglo XVI se formó en Francia una reunión de jóvenes nobles adictos a la corte del duque de Orleans hijo de Francisco I, los cuales impetuosos y arrebatados como él mismo, se distinguían por sus excesos y locuras. Esos jóvenes tomaban a juego arrojarse a pies juntillas a los pozos, pasar muchas veces montados al través de las llamas de una hoguera; inventaron un nuevo sistema de pasear la ciudad caminando por los tejados y saltando del uno al otro lado de la calle, iban durante la noche por la ciudad en busca de aventuras, y sí encontraban hombres armados, entablaban disputas y los obligaban a echar mano a las espadas y a batirse.

En todos los juegos dichos las ideas guerreras y destructoras se presentaban bajo formas diferentes y ahuyentaban del ánimo los sentimientos pacíficos y sociales. El hábito de ver heridas y homicidios en medio de los juegos disminuyó el horror a esos delitos, y los ánimos feroces osaron después cometerlos en cualquiera otra coyuntura, esperando que la opinión pública sería indulgente con ellos.

 

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