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Modo de conducirse dentro de la casa. II.

El hábito es una segunda naturaleza, y lo que nos parezca imposible al principio, nos será sumamente fácil con el tiempo.

 

Novísimo Manual de Urbanidad y Buenas Maneras para uso de la juventud de ambos sexo.
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El hombre en sus negocios puede hallar justos motivos de mal humor, pero no es más que una niebla que rara vez deja de disiparse al soplo de ternura de una mujer prudente y afectuosa.

La confianza que inspira la familia no nos autoriza para usar palabras y acciones indecorosas, ni echar en olvido aquella dulce cortesanía que estrecha más y más las íntimas relaciones del alma. Es preciso también que cada uno guarde el lugar que su sexo, su edad y su posición le impone.

Nada más contrario a la buena educación que la excesiva familiaridad entre los padres y los hijos, pues destruye el respeto, sin establecer más que una confianza que degenera en menosprecio.

Nada puede haber más impropio que una discusión acalorada entre el padre y el hijo. Desde que la voz del padre no es por sí sola bastante respetable para imponer moderación al hijo, ya no hay dignidad en el uno, ni moral en el otro, ni buena educación en ninguno de los dos.

Se ha extendido la costumbre de que los hijos llamen de tú a sus padres, y esta práctica nos parece tanto más reprensible, cuanto borra en cierto modo la linea natural que debe separar la ancianidad y la niñez, la irreflexión y la calma, y el saber y la inexperiencia.

Procure el padre captarse la confianza del hijo, pero por medio de la dulzura, de la prudencia y del amor. Ame el hijo a su padre, pero demuéstreselo con su acendrada ternura y sus expresiones deferentes y cariñosas.

No nos ofendamos por despreciables pequeñeces. Un espíritu demasiado susceptible da muestras de ser mezquino. El que se resiente de todo, se expone a que le consideren orgulloso y poco amable.

Un alma grande nunca se fija en hechos pequeños e insignificantes. En el círculo de la familia no debemos suponer que se nos injurie, con dañada intención. Olvidemos cualquiera disputa que hayamos tenido, y no echemos nunca en cara a los demás los pequeños agravios que nos hayan hecho, porque esto exaspera y concluye por alterar el afecto.

Suframos, pues, con afectuosa resignación y prudencia las contrariedades que hemos de encontrar a cada paso en la vida doméstica, y procuremos ceñir nuestros gustos al gusto de los demás.

La confianza no nos autoriza para usar los muebles de las personas con quienes vivimos, y como la familia debe parecerse a una bien ordenada república, uno de nuestros primeros deberes es respetar la propiedad.

No entremos en ningún aposento, aun cuando esté abierto, sin avisar primero, y cuando sorprendamos a alguna persona en disposición que la mortifique ser observada, apartemos nuestra vista y alejémonos de aquel sitio con discreto disimulo.

Por lo mismo que es en el circulo de la familia donde gozamos de mayor libertad, vivamos en el más prevenidos para evitar toda falta contra el decoro, todo abuso de confianza, todo motivo que pueda alterar la buena armonía que constituye la paz y la tranquilidad.

De igual moderación usaremos con los criados. Consideremos que están menos instruídos que nosotros, y que la dureza de su suerte exaspera su carácter.

La caridad y la tolerancia nos mandan que los tratemos con agrado.

Seamos para ellos unos padres, y rara vez dejaremos de recoger en recompensa sus bendiciones, Procuremos moralizarlos, instruirlos, hacerlos aptos para desempeñar mejor sus quehaceres, y dulcificar en cuanto nos sea dable su carácter.

El mandarlos con imperio y dureza no hace que seamos mejor obedecidos, y no sirve más que para deprimirlos y ensañarlos.

No los reprendamos delante de gente extraña, ni les echemos en cara sus deformidades físicas o nuestros beneficios. En el primer caso es una acción baja; en el segundo un alarde de vanidad. Pensemos que tienen un alma como nosotros, y que es una cobardía mortificarlos, abusando de los rigores de su fortuna. Seamos indulgentes, porque a veces es disculpable un olvido, y si los reñimos, que sea con moderación.

Si están enfermos no los desamparemos, y nuestra conciencia y su gratitud serán la recompensa de nuestros desvelos.

Evitemos que se nos oiga levantar la voz dentro de casa, ni aun para reprender a nuestros inferiores. Además del inconveniente de imponer a los vecinos en nuestros asuntos domésticos, el hablar a gritos es una cosa muy fea, sobre todo en una mujer, cuya dulzura ha de ser siempre inalterable.

El gobierno doméstico debe ser el principal cuidado de un ama de casa, y es muy útil que las señoritas ayuden a sus madres en tan importantes
deberes.

Así, no da buena idea de su laboriosidad una joven que aparezca en los balcones a horas desusadas, y cuando lo haga, debe guardar mucha compostura.

Cuando pasa el Viático suspenderemos por un rato toda conversación, y nos arrodillaremos devotamente si es de día, y si es de noche pondremos luz en el balcón.

Cuando en nuestra casa ocurra alguna desgracia, no abriremos los balcones en nueve días.

Terminaremos estos consejos, para conducirnos bien dentro de casa, con una saludable advertencia.

Por muchos criados que tengamos a nuestro alrededor, procuremos servimos a nosotros mismos en todo aquello que esté a nuestro alcance.

Este es un medio útil de estar servidos pronto y a medida de nuestro deseo, y evitarnos infinitas mortificaciones a nosotros mismos, al paso que aprenderemos a no molestar a nadie.

En cuanto a los vecinos, obremos de modo que no los incomodemos en lo más mínimo, guardándoles todas aquellas consideraciones y miramientos que exige una buena educación.

Abstengámonos, pues, de hacer ruido a horas desusadas de la noche, ni tener alguna fiesta cuando les ocurra una desgracia.

Saludémosles cuando los encontremos en la escalera o los veamos en los balcones, y prestémosles con amabilidad cuantos auxilios necesiten.

Cuando llega un nuevo vecino a la casa, pasa recado a los que se hallan ya instalados en ella ofreciéndoles su habitación; pero es prudente dejar al tiempo el estrechar con él las amistades íntimas que pueden sernos enojosas.

 

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