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Exceso en la corrupción de las costumbres en los pasados siglos. III.

Los jueces reales llegaban a tal exceso de venalidad en Inglaterra, que en 1229 fueron acusados criminalmente y declarados culpables y condenados a multas proporcionadas a sus delitos.

 

El nuevo Galateo. Tratado completo de cortesanía en todas las circunstancias de la vida.
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Los excesos en la corrupción de las costumbres en los pasados siglos.

Nos dicen los historiadores que el concubinato y la simonía eran delitos comunes, y por esto se hicieron oír tan reciamente las demandas de reforma en los mismos concilios de Constanza y Basilea. Y de los conventos de monjas se dicen tales cosas, que las tendríamos por increíbles, a no verlas atestiguadas por escritores de la misma época que lamentan esos desórdenes y claman por su remedio. ¡Cuánto distamos hoy de semejante estado!

En la vida de San Carlos Borromeo se conoce a cuanto desarreglo de costumbres había llegado el clero en Lombardía, pues el mismo santo arzobispo se vio obligado a suprimir muchos conventos de monjas y lo propio sucedía en otros puntos de Europa.

En el año 1659 se observó en Roma que habían quedado viudas muchas jóvenes, y que muchos maridos morían al poco tiempo de no agradar a sus esposas. De lo cual resultaron grandes sospechas acerca de una sociedad formada por las mujeres jóvenes.

Garelli, médico de Carlos VI, Rey de las dos Sicilias, escribió hacia aquel tiempo al famoso Hoffman lo que sigue: "Vuestra elegante disertación acerca de los horrores relativos a los venenos, ha traído a mi memoria cierto veneno lento que un infame envenenador que aun está en la cárcel de Napóles, ha puesto en uso para acabar con 600 personas".

No puede dudarse que el infame arte de preparar y administrar secretamente diferentes clases de venenos se difundió espantosamente en Roma y en Napóles hacia la mitad del siglo XVII. En Francia y particularmente en Paris llegó al más alto grado hacia el año 1670. En 1679, para castigar estos delitos, se creó un tribunal especial con el título de tribunal de venenos.

Según el testimonio de Flechir, obispo de Nimes, en los hermosos tiempos de Luis XIV, esto es en 1665, los delitos eran tan horrendos y comunes, que su lectura estremece; y de la propia manera habla el abate Duereux refiriéndose a la época misma.

La venta de la justicia y el abuso del juramento que llegaron en tiempos pasados a un punto increíble, no justifícan, por cierto, las buenas costumbres de entonces.

Alfredo el Grande, rey de Inglaterra, condenó en el siglo VIII a la pena capital a 42 jueces convencidos de corrupción.

El conde Verri hablando de las costumbres de los siglos X y XI, dice: "No hay en estos tiempos juez alguno, por corrompido y miserable que sea, que se atreva a decir descaradamente que ha vendido la sentencia". Y no obstante entonces el emperador Otón III no tuvo dificultad en asegurar en un diploma del año 1004 que recibió del obispo de Tortona la mitad de los bienes que se litigaban; de donde puede deducirse cual era el estado de las leyes, de la disciplina y de las ciencias.

En dicho siglo XI, Eduardo el Confesor, rey de Inglaterrra, a despecho de las excelentes cualidades que se le atribuyen, no se avergonzó de hablar en uno de sus fallos que aun se conserva, de un hermoso regalo que había recibido de una de las partes como motivo de la sentencia pronunciada.

Los jueces reales llegaban a tal exceso de venalidad en Inglaterra, que en 1229 fueron acusados criminalmente y declarados culpables y condenados a multas proporcionadas a sus delitos. El canciller Adán Stratton, primer barón del Echequier, pagó por su parte treinta y cuatro mil marcos, equivalentes a trescientas cuarenta mil libras esterlinas, y las multas impuestas a los demás jueces, ascendieron a la suma de cerca de un millón de libras esterlinas.

Esta severidad no hizo a los jueces más circunspectos, ya que después de aquella época se encuentran quejas y reclamaciones muy violentas contra su corrupción. El monje de Matensbur asegura que en el año 1219 todos los ministros y jueces reales sin excepción vendían la justicia al mejor postor. Estos hechos no causan maravilla cuando se reflexiona que los mismos reyes daban ejemplo de corrupción.

La historia dice que en los siglos XV y XVI los jurados se dejaban comúnmente corromper, y que su impudencia conocida de público fue atizada por Enrique VII en los inícuos procesos que intentaba contra sus súbditos.

En los países en donde el poder judicial, arrebatado de manos de los reyes pasó a la de los señores feudales, éstos lo consideraron, no como una carga que les imponía obligaciones para con la sociedad, sino cual un medio de poder y de riqueza, por lo cual usaron de él según los consejos de su ambición, de su orgullo y de su sed de oro. El derecho de juzgar sirvió para violar la propiedad con exacciones, atentar a la seguridad individual con encarcelamientos, quitar la buena fama por motivos viles, y vender a las pasiones que la compraban la opresión de cualquiera inocente.

 

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