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Modo de conducirnos en sociedad. II.

La conversación es el palenque en donde se ponen a prueba todas las cualidades de talento, amabilidad y finura.

 

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Por regla general, a todos les gusta más hablar que oír; es, pues, el gran secreto de la complacencia, promover la conversación de modo que con una ligera indicación de nuestra parte, todos puedan alternar sucesivamente en ella y lucir sus facultades respectivas.

Así como es de mal tono emplear incesantemente la sátira, también lo es ridiculizar en sociedad las artes o profesiones, de modo que da mala idea de su educación el que, por ejemplo, se desata en injurias contra los médicos, abogados, etc., siguiendo en esto la costumbre del vulgo, que no está en el caso de apreciar los nobles esfuerzos que cada uno procura hacer en su carrera para cumplir dignamente su fin, a pesar de los obstáculos y oscuridad de la ciencia que profesa.

Cuando sobreviene alguna persona en un círculo cualquiera, los que antes estaban conversando deben enterarla del tema de la conversación, y si no lo hiciesen, el que acaba de entrar se guardará de hacer ninguna pregunta que muestre su curiosidad.

El estilo en la conversación será más o menaos llano, según el grado de confianza que nos inspiren las personas con quienes tratamos.

Un estilo hinchado y declamatorio, fastidioso siempre, será más insoportable en una sociedad de amigos, y el chavacano y familiar, tolerable en las relaciones intimas, se hace sobremanera ridículo en una sociedad de etiqueta.

Uno de los mayores estudios que debemos hacer, es hablar con propiedad, según las reglas gramaticales, y procurar que la pronunciación sea clara y sonora. El tono de la voz ha de ser suave y natural, y aunque a los hombres les es permitido levantarla algún tanto cuando lo exige el calor de la conversación, a la mujer le es indispensable guardar siempre su dulzura.

Así la lentitud como la rapidez en la expresión son defectos que es preciso evitar a toda costa; pero de todos, el mayor es pronunciar las palabras con ese tono enfático, compasado y cadencioso, que algunos emplean para darse una ridícula importancia.

Los buenos hablistas huyen de la repetición de las frases y los axiomas, como de la repetición de las palabras. Marcan con cortas pausas la puntuación de la lengua hablada, como la de la escrita, y con esto consiguen que su conversación sea correcta y elegante.

Así como es necesario que estemos siempre en guardia para no dejar escapar ninguna locución contraria a las reglas gramaticales, debemos tener sumo cuidado de no abrumar con una sonrisa de desdén o con una observación impertinente al que por casualidad las cometiere.

La palabra ha de ir acompañada de una gesticulación inteligente y propia, y la expresión de la fisonomía debe guardar una completa armonía con las palabras.

Es muy ridículo hacer pantomimas, contorsiones y gestos a cada palabra, y acompañar el anuncio de la cosa más simple con signos misteriosos; así como lo es tener siempre el cuerpo y las manos en absoluta inmovilidad, porque esto haría insípida la conversación más animada.

La mano izquierda no puede no entrar en acción, más la derecha ha de acompañar la enunciación de casi todas las ideas.

Son actos vulgares hablar bostezando, ponerse de pie en medio del discurso, hablar en voz baja con otra persona durante la conversación general, o interin cantan o tocan, interrumpir al que tiene la palabra, y sobre todo tocar los vestidos o el cuerpo de la persona a quien se habla. En una mujer esta última falta sería además de poco cortés, indecorosa.

Debe mirarse a la persona que nos dirige la palabra, para manifestarla que la escuchamos con atención y deferencia.

Si esta titubea o se detiene, procuraremos demostrar que no lo notamos, y en caso de que no encuentre la palabra que necesite, se la suministraremos sin afectación.

Cuando el que nos hable se vea interrumpido por un accidente cualquiera, luego que éste haya pasado, le instaremos políticamente a que vuelva a tomar el hilo de su discurso.

Cuando refiere alguna cosa que sin ser festiva tenga la intención de serlo, que sin ser patética tenga por objeto enternecer, por fastidiados que estemos, es necesario que no dejemos de sonreírnos o mostrar interés. Si la historia es interminable, es preciso reunir toda nuestra paciencia y procurar escucharle con toda atención hasta el fin.

No interrumpiremos un discurso empezado para hacer que se nos explique alguna circunstancia que no hayamos entendido; en este caso nos resignaremos a aguardar hasta que haya concluido para hacer con finura las observaciones que nos parezcan convenientes.

Usemos siempre de palabras de cumplido, excusa o agradecimiento, cuando pidamos o preguntemos algo, como por ejemplo: "sírvase usted decirme", "tenga usted la bondad", "permítame usted que le observe", "dispénseme usted", "perdóneme usted", "doy a usted las gracias".

Abstengámonos de la costumbre fastidiosa que tienen algunos de decir continuamente: "¿está usted? ¿comprende usted? ¿me entiende usted?".

Los estribillos, de cualquiera clase que sean, afean la conversación y dan una pobre idea del talento del que los emplea.

Nunca digamos sí o no a secas, sino si señora o no señora, y sobre todo antepongamos siempre el señor o señora a los nombres de los sujetos que mencionemos en la conversación, si no son personas de entera confianza para nosotros.

Tratemos con consideración y respeto aun a las personas de nuestra familia; pero sí tenemos un pariente muy cercano que esté investido de algún título, abstengámonos de expresar éste al nombrarle.

Los refranes vulgares, las palabras de dos sentidos, las citas en idioma extranjero, son cosas que no deben usarse en sociedad sino con un tino y moderación especial.

 

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