Defectos en la reuniones y conversaciones. VI.
La vanidad contribuye a hacer más activo el estímulo de la curiosidad, porque hay una satisfacción en poder decir, yo lo sé, yo lo he visto.

Los defectos en la reuniones y conversaciones.
No puede censurarse bastante, como contrario a la confianza y por consecuencia a la alegría, el empeño de aquellos que quieren averiguar todos los negocios ajenos, saber sus más pequeñas circunstancias, y preguntan noticias de los nombres y de los lugares; y para sacaros del pico alguna cosa más, primero fingen no haberos entendido bien y después os piden aclaración de una duda, y os presentan una sospecha como infalible, si la rechazáis pasan a la sospecha contraria, y os estimulan a que les abráis el corazón, y os sorprenden con súbitas y aisladas preguntas, y con los ojos fijos en vuestro rostro procuran leer en él la impresión que os causan sus palabras, cuya impresión unida a vuestras respuestas les sirven de guia a fin de llegar a la verdad.
Esta curiosidad es la que lleva a los parlanchines y a los envidiosos a todas las casas, a los palcos, a los cafés para recoger noticias, y derramarlas por todas partes. Este prurito de indagar los negocios ajenos es tanto más activo cuanto mayor es la escasez de ideas y de sentimientos propios, porque deseando nuestro ánimo alimento continuo, si no lo encuentra en sí mismo, va a buscarlo a otra parte. La vanidad contribuye a hacer más activo el estímulo de la curiosidad, porque hay una satisfacción en poder decir, yo lo sé, yo lo he visto. Los tontos y los desocupados admiran estas noticias, y creen hombre agudo y de ingenio al que las da, no obstante de que todo su ingenio se reduce a escuchar lo que dicen sus criados o mozos de cuadra.
Como en todas las clases sociales la realidad es a la apariencia como el tamaño de la rana al tamaño del buey; como todos se esfuerzan en cubrir con colores lisonjeros las propias debilidades, de aquí resulta que el curioso que quiere introducir sus miradas debajo del velo de las cosas, ofende sensiblemente el amor propio ajeno, tanto más cuanto por un lado se temen comentarios malignos, y por otro se ven amenazadas de publicidad las propias miserias, puesto que nadie ignora que el que es curioso es hablador e indiscreto. Sería de desear que los curiosos quisiesen descubrir con sus descorteses averiguaciones, ya una acción virtuosa que la modestia quería ocultar a los ojos del público, ya algún accidente que ofendiera su amor propio, como le sucedió a Catón, quien estimulando a César a manifestar una carta que este recibió en pleno senado y de la cual hacía misterio, vio no sin sorpresa que era una carta galante escrita de puño propio de su hermana.
Franklin nos da un método, sino para librarnos de los curiosos, a lo menos para truncar su inoportunidad, y consiste en precisar el discurso y limitar el asunto de modo, que excluya cualquiera pregunta eventual. Cuando él viajaba en su país, y dudaba acerca del camino que debía tomar, sabiendo cuan curiosos y preguntones eran los americanos, decía a aquellos a quienes preguntaba: "Me llamo Franklin, mi oficio es impresor, vengo de tal punto y quiero ir a tal otro, ¿qué camino he de seguir?".
Al declarar descortés la curiosidad excesiva, debo advertir a los jóvenes que muchas veces la curiosidad es virtud, porque la indiferencia, el olvido y la insensibilidad son la mayor ofensa para el amor propio que desea ocupar de sí mismo a los demás, y conservar la apariencia de la modestia. La urbanidad, pues, exige preguntar con frecuencia noticias, manifestarse inquieto por la suerte de los otros, y dar pruebas de dolor o de alegría por su fortuna o su desgracia.
El infeliz, según ya lo hemos dicho, siente aligerarse el peso de sus males cuando se descubre a sus semejantes, pero muchas veces por temor de importunarle sufre sus dolores en secreto, y entonces es preciso que una sensibilidad tierna le haga una violencia dulce y derrame el bálsamo del consuelo en las heridas de su alma. En este caso, la curiosidad de los amigos y de los superiores es un rocío celestial.
Del mismo modo, así como el temor de grangearnos la tacha de vanos aconseja a no pocos ocultar sus fortunas y sus honores, la cortesía exige que nos dirijamos hacia ese lado, pero con tacto y con tal oportunidad en las palabras, que la congratulación y el elogio no aparezcan mentirosos o aduladores. En suma, la curiosidad es reprensible cuando amenaza publicar las debilidades e imperfecciones ajenas, y es laudable cuando tiende a dar relieve al mérito y a facilitar ayuda al que la necesita.
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