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La medianía: ni tanto ni tan poco. El arte de agradar

Esas dos grandes virtudes, muy acreedoras a consideración y respeto en todos y especialmente en la mujer, se llaman prudencia y dignidad

 

El arte de agradar. Manual de la verdadera educación. 1905

Pobre. Sobre la mediocridad social y económica. Los menos favorecidos por la fortuna
Medianía y poca fortuna. Pobre. Sobre la mediocridad social y económica. Los menos favorecidos por la fortuna

Sobre la mediocridad social y económica. Los menos favorecidos por la fortuna

Aquella urbanidad

En todas partes y en todos los tiempos, en fabulitas morales para uso de la niñez, en sencillas narraciones destinadas a la juventud y en altisonantes estrofas laureadas en públicos Juegos Florales, los prosistas y los poetas han cantado, en correctos párrafos o en inspirados arranques líricos, las delicias y los encantos, las satisfacciones y los goces de la medianía.

Y, no obstante los sanos consejos de unos y las rítmicas sonoridades de otros, casi todos los que se encuentran en plena posesión de la alabada medianía aspiran a salir de ella, franqueando los obstáculos y buscando los medios para remontarse a esfera superior de aquella en que, bien a su pesar, viven.

Contadas son las personas que gustosamente aceptan la medianía de posición social o de fortuna.

Las que sin protesta se resignan, dan con ello gallarda muestra de espíritu sereno y reflexivo, y dan muestra también de atesorar dos grandes virtudes de que están faltas las que a toda costa se obstinan en salir de la situación en que se hallan.

Esas dos grandes virtudes, muy acreedoras a consideración y respeto en todos y especialmente en la mujer, se llaman prudencia y dignidad.

Medianía social y medianía económica

La medianía, en punto a posición social, no es ni puede ser bochornosa, ni deprimente, ni molesta para los que se sienten capaces de salir de ella por sus aptitudes privilegiadas, por la virtualidad de su trabajo, por las luminosidades de su entendimiento o por la amplitud y profundidad de sus conocimientos.

La medianía en punto a posición económica no debe ser motivo de aflicción y desesperanzas; siempre ha existido y seguramente existirá siempre la desigualdad de fortunas, sin que digna y prudentemente pueda el inferior apropiarse las riquezas del superior.

Para atenuar y evitar en lo posible la envidia que los acaudalados despiertan en los que disfrutan de mediano pasar, es recomendable que éstos eviten, siempre que les sea dable, el contacto y relación con aquéllos.

Cierto que el parentesco, la amistad antigua y la casualidad juntan en muchas ocasiones a los más favorecidos con los menos favorecidos por la fortuna.

Cierto, asimismo, que no en todas las ocasiones hay libertad bastante para cortar el trato con individuos de la familia, para renunciar a antiguas amistades y para sobreponerse a los caprichos y leyes de la casualidad; pero es innegable que siempre se dispone de libertad suficiente para no consagrarse de modo exclusivo y preferente a las relaciones que, por encontrarse por encima de la medianía, halagan casi por entero o por entero a la vanidad.

Porque vanidad y no otro es el nombre de esa malsana instigadora de pequeños rebajamientos, de condescendencias no siempre pequeñas y de adulaciones y de lisonjas desmedidas, que son verdaderos sobornos de la amistad, caricias a lo vano y ofensas a la prudencia y dignidad propias.

El que se sale de su esfera para penetrar en esfera ajena más brillante u opulenta, se busca fatalmente el disgusto de la comparación entre lo que otros tienen y a él le falta.

Por aparentar... se pueden arruinar

El lujo que verá en los otros le pondrá de manifiesto la desigualdad de fortunas, le inspirará deseo de participar de él, le hará sentir desprecio por su situación y acabará por convertirle en un parásito o en un insensato que, dilapidando su modesto caudal, caerá en la más espantosa ruina. Un ejemplo puede servir para dar idea más exacta de los estragos de esta no conformidad con la suerte.

Una familia vive disfrutando de mediano pasar y aspira a relacionarse con familias ricas, mucho más ricas que ella; es de origen distinguido, está bien educada, no carece de instrucción, y, con tales elementos, logra sin dificultades extraordinarias su propósito.

Los hijos intiman con aristócratas acaudalados, y, por vanidad, por alternar con ellos y por no avergonzarse confesando la medianía de sus recursos, gastan mucho más de lo que razonablemente pueden, y concluyen por contraer deudas difíciles de satisfacer.

Las hijas se hacen de amigas que viven en casas suntuosas, tienen carruaje, palco en los teatros e invitaciones para bailes y fiestas. Al volver de una recepción espléndida encuentran que sus vestidos y alhajas resultan mezquinos en comparación con los de sus amigas, y que la casa paterna es pobre y fea comparada con los hoteles en que a diario entran.

De aquí surge, inevitable y desdichadamente, el deseo de mejorar de ropas y de adornos, de casa y de muebles, y para satisfacer tal deseo se dispendia locamente el modesto caudal y se contraen compromisos económicos que en un plazo dado hay que cumplir. Cuando el plazo se cumple la ruina llega, y con ella se acaban para siempre los esplendores adquiridos y sostenidos ficticiamente.

Y aun es más hondo el daño, porque los hijos difícilmente se resignan con honrada resignación al trabajo oscuro y las hijas no siempre se acomodan a la pobreza.

Entonces, unánimemente, se llora por lo que se perdió y se abomina y se maldice de los delirios de grandeza que a tan extrema situación les condujeron.

Cuando el horror a la medianía surge en los que la poseen hay que combatirlo sin tregua ni descanso, en todo lugar, a toda hora, con verdadera saña, empleando todas las armas y aun cuando se dude del buen éxito.

Téngase en cuenta que no sólo se aventuran las comodidades del presente, sino el pan del porvenir.

Hay que predicar con el ejemplo, y el ejemplo maternal es el mejor argumento para llevar al ánimo de los hijos la persuasión de que hay felicidad dentro de la modestia, de que los horizontes de lo mediano sólo se ensanchan mediante el mérito y por obra del trabajo, y de que la ambición de salirse de la propia esfera sin elementos para vivir en otra que es o parece ser superior, resulta tan temeraria y desalentada como la ambición de la mariposa que, atraída y cegada por la luz, quema en la luz la deslumbrante policromia de sus alas...

 

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