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Comentario sobre "La urbanidad en las maneras de los niños". V.

Comentario de Julia Valera sobre la obra de Erasmo de Rotterdam "De la urbanidad en las maneras de los niños" -De civilitate morum puerilium-.

 

Erasmo de Rotterdam. 1537. De la urbanidad en las maneras de los niños. De civilitate morum puerilium
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Erasmo comienza justamente su obrilla refiriéndose al cuidado y arreglo que conviene dar al cuerpo, y, como habrá observado el lector, dedica una parte importante a diseñar cómo han de regularse sus acciones, gestos y expresiones. Comienza por la cara, por el semblante, al que concede una especial atención, en tanto que espejo del alma. Se detiene en los ojos, las cejas, la frente, las narices, las mejillas, la boca, los dientes, para pasar luego a la cabeza y al cabello, y más tarde, al porte, al andar, al sentarse o estar quedo. No es cuestión de volver a repetir ahora los expresivos textos que a todo ello dedica, pero sí parece oportuno reseñar, aunque sea brevemente, las contribuciones de otros autores coetáneos suyos, que si bien en muchas ocasiones lo remedan, permiten, no obstante, establecer comparaciones.

Vives en uno de sus Diálogos escribe: "La compostura del rostro muestra la disposición interior, y en lo exterior no hay espejo tan claro de lo interior como los ojos, por lo cual la mirada ha de ser apacible y quieta, no altiva ni baja, ni inconstante, ni se ha de mirar de hito en hito; ni el semblante debe mostrar ceño, ni ha de ser torvo, sino que debe aparecer afable y alegre. Se ha de ser limpio y puro en las palabras y en el hablar; nuestras palabras no deben ser arrogantes ni tímidas, ni bajas ni afeminadas, sino sencillas. Cuando hablemos no hemos de mover las manos, ni la cabeza, ni ladear el cuerpo, ni arrugar la cara, ni volverla hacia otro lado, ni menear los pies". (JUAN LUIS VIVES: Diálogos. Espasa-Calpe. Madrid, 1969, p. 142).

Palmireno sigue casi al pie de la letra a Erasmo, si bien su traducción de las reglas erasmianas no deja de tener toques personales y verdaderos aciertos de adaptación: "Tus ojos tendrás apacibles y vergonzosos y compuestos: no feroces ni desvergonzados. Si los meneas mucho a una parte y a otra te tendrán por loco; si muy abiertos, por bobo; si medio cerrados, por sospechoso y traidor...".

Aristóteles, en el libro primero, capítulo IX, de "Animalibus", dice: "Las sobrecejas extendidas denotan blando ánimo y benigno; cerradas hacia las narices, hombre áspero, enojadizo y rudo; decantadas hacia los pulsos, disimulado y burlador; caídas, envidioso. No las tengas encogidas, es señal de bravo; ni muy alzadas, denotan algún pensamiento...".

La frente ha de estar sin arrugas, que denota alegría y nobleza de ánimo. Las narices, muy limpias, y no te ensucies el brazo como hacen los que venden atún, que, no pudiendo con sus manos mojadas limpiarse, las friegan en el brazo. Si estornudas vuelve el rostro atrás. Si te suda la frente no la limpies con la mano, echando el sudor a la tierra, que es cosa de pastores; ten siempre un lienzo o paño de narices...

La boca no esté muy apretada, que parece temes te entre el huelgo de la boca del otro; ni abierta, como bobo...

La risa procura que tenga modestia; si de cada cosa ríes, es señal de necio; si de ninguna, de pasmado. El niño estudioso, sin gritos ni estruendos reirá...

Los labios han de estar de modo que no salgan fuera, como que besas, que es cosa de bobos; ni los muerdas, que parece de pensativo; ni les estés pasando la lengua, que parece que lamiendo muestras mala inclinación...

Mala crianza es sorberse la saliva y escupir a cada palabra sin necesidad. Al toser vuelve el rostro. Toser muchas veces hablando es señal de mentiroso. Los dientes han de estar blancos, pero blanquearlos con polvillos o zumos es cosa de mujeres; limpiarlos con sal o alumbre, dañoso para las encías; con meadas, sucio... Si algo tienes pegado a ellos de la comida pasada no lo quites con el cuchillo, ni con los manteles, ni con las uñas, como hacen los gatos, sino con un palillo de lentisco, o una pluma o huesecillo de pie de gallina.

La cabeza de mañana peinarás si no quieres parecer grosero, y no has de rascarla. Acuérdate que encorvar el pescuezo y alzar las espaldas es señal de pereza; sacar el vientre y el pecho, de soberbia. El medio es bueno en toda cosa. De hipócritas es echar el pescuezo y la cabeza a un lado. Los hombros procura que estén iguales, no esté más bajo el uno que el otro. Echar los dos brazos atrás es cosa de ladrón o perezoso...

El andar no sea muy apriesa, que te tengan por loco; ni muy despacio, por afeminado o mujeril. El hacer reverencia en el pie izquierdo o derecho seguirás lo que veas en cada tierra. (LORENZO PALMIRENO: El estudioso de la aldea. Valencia, 1568, parte primera.).

Ledesma, en sus Documentos, también se refiere a la compostura que debe guardar el cuerpo del estudiante, aunque sin la minuciosidad y encanto de Erasmo, Palmireno o Vives. He aquí algunas de sus coplillas:

En lavándote las manos,
la cara, ojos y oídos,
limpia los demás sentidos
que de limpios estén sanos.

La cabeza peinarás,
porque es cosa limpia y sana,
y una vez cada semana
las uñas te cortarás.

Por las calles donde fueres
anda a placer y callado,
no mirando atrás, ni al lado
como simple a lo que vieres.

Y mira cuando hablares,
no juegues de mano y dedos,
ten el cuerpo y los pies quedos,
en tanto que razonares.

Cuando causa se ofreciere
de reír, no con risadas,
menos voces y palmadas,
que enfades a quien te viere.

Y cuando sentado estés,
estarás quedo y derecho,
no caído sobre el pecho
ni meneando los pies.

Aunque tengas comezón
no te rasques en presencia
de otros, mas con prudencia
aguarda tiempo y sazón.

(FRANCISCO LEDESMA: Documentos de crianza recogidos por A. PÉREZ GÓMEZ. Un tratadillo de urbanidad del siglo XVI en Homenaje a don Antonio Rodriguez Moñino (1910-1970). Castaglia. Madrid, 1975, pp. 518-527).

 

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