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Sobre los convites. III.

Normas que deben seguir los comensales en los convites.

 

Tratado completo de urbanidad en verso para uso de las niñas.
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Normas que deben seguir los comensales en los convites.

La cáscara del huevo escamondarla con las uñas de los otros dedos o con el pulgar es ridículo; hacer eso mismo entremetiendo la lengua, más ridículo todavía; con un cuchillo se hace más decorosamente.

Andar royendo los huesos con los dientes es perruno; limpiarlos con el cuchillo, urbano.

La marca de tres dedos impresa en el salero se dice en broma común que es la enseña de los pueblerinos; con el cuchillo ha de tomarse cuanto de sal sea suficiente. Si el salero queda demasiado lejos, tendiendo el plato de uno ha de pedirse.

El propio plato o la bandeja adonde ha quedado pegada azúcar o algo dulce lamerlo con la lengua es de gatos, no de hombres.

La carne córtela antes en su plato a pedacitos; luego, añadiendo a la vez pan, mastíquela algún tiempo primero de hacerla pasar hasta el estómago; esto no sólo a las buenas maneras, sino también a la buena salud le toca.

Algunos devoran más bien que comen, no de otro modo que si al punto, como dicen, fueran a llevárselos a la cárcel; propio de bandoleros es esa tragantonería.

Algunos, tanto a la vez meten para la boca, que los carrillos se les hinchan por ambos lados como fuelles. Otros al masticar, con el despegarse de los labios, hacen un ruido a la manera de los puercos. No faltan quienes con el afán de tragar resuellan también por las narices, como si se les fuera a ahogar. Con la boca llena o beber o hablar ni es honesto ni sin riesgo.

Una alternancia de conversaciones rompa la continuidad de la comida. Algunos, sin atenerse a interrupción, comen y beben no porque estén hambrientos o sedientos, sino porque no saben de otro modo moderar sus ademanes sin que o se rasquen la cabeza o se escarben los dientes o se pongan a gesticular con las manos o a jugar con el cuchillo o a toser o a carraspear o a escupir. Tal usanza, nacida de un pudor pueblerino, no deja de tener algún viso de demencia. Con escuchar a las charlas de los otros debe engañarse lo que en ello haya de tedio, si no se ofrece oportunidad de hablar uno.

Inurbano es sentarse a la mesa meditabundo; pero a algunos puedes verlos pasmados a tal punto, que ni oyen lo que otros dicen ni se dan cuenta de que están comiendo, y si los llamas por su nombre parece como que los sacaras de un sueño: a tal punto está su ánimo entero fijo en las vajillas.

No es civilizado, rondando con los ojos, andar atisbando qué es lo que cada cual come; ni es bien tampoco mantener fijos los ojos mucho tiempo sobre uno cualquiera de los comensales; más inurbano todavía mirar de rabillo, como los machos cabríos en Virgilio, a los que se sientan al mismo lado de la mesa; lo más inurbano, contemplar, torciendo a la espalda el cuello, a ver qué asuntos se traen en la otra mesa.

Ponerse a cuchichear porque algo más libre de la cuenta se haya dicho o hecho a favor de brindis o bebida, para nadie es decoroso, cuanto menos para un niño.

Un muchacho, cuando se sienta con mayores de edad, no hable nunca, si no es que o bien le fuerza la necesidad o bien alguno le invita a ello. A las cosas graciosas que se digan ríase moderadamente; a los dichos obscenos no les ría en ningún caso, pero tampoco arrugue la frente, si es elevado en dignidad el que lo ha dicho, sino componga la traza del rostro de tal modo que parezca que no ha oído o que por lo menos no ha entendido.

Adorna el silencio a las mujeres, pero más a la niñez.

Algunos responden antes de que haya terminado su parlamento el que les interpela; así sucede a menudo que, respondiendo lo que no viene al caso, sea uno motivo y de risa y de ocasión al viejo proverbio "(h)ámas apeitoun", "Hoces es lo que te pedía". Esto enseña aquel rey sabio entre todos, achacando a necedad el responder antes de que se oiga; ahora bien, no oye el que no ha entendido. Si ha entendido mal al que le pregunta, quédese callado un poco, hasta que el otro por sí mismo repita lo que dijo; si no lo hace, sino que apremia a la respuesta, después de pedir perdón amablemente el niño ruéguele que diga de nuevo lo que había dicho; entendida la pregunta, deje un poquitillo de intervalo y luego responda, veces brevemente, veces de buen humor.

De nada ha de charlarse en el convite que nuble la alegría. Zaherir allí la fama de los ausentes digno es de castigo; ni tampoco hay que andarle a nadie refregando el propio resentimiento. Poner tachas a lo que se ha servido se achaca a incivilidad y es cosa desagradecida para el que da el convite. Si el convite se ofrece de tu cuenta, así como excusarse por la escasez del agasajo es cosa urbana, así el alabarlo o el hacer mención de cuánto haya costado, poco grato condimento es para los comensales.

En fin, si alguno hace en el convite alguna cosa un tanto rústica por inexperiencia, ha de disimularse urbanamente más bien que echarlo a risa. Sienta bien a la convivial compaña la libertad.

Cosa fea es el sacar a todo cielo, como dice Horacio, cualquier cosa que de sobremesa a uno se le haya ido algo impensadamente de la boca; lo que allí se hace o se dice, al vino ha de achacársele, no sea que te canten lo de "misô mnamona sympótan", "Odioso me es comensal de buena memoria".

Si el convite se fuere prolongando más de lo propio a la tierna edad o pareciere que va tirando a excesos, al momento que sientas que ya se ha satisfecho a la natural necesidad, o a hurtadillas o tras haber pedido venia retírate.

Aquellos que a la edad pueril la reducen a ayuno o dieta, a mi juicio al menos, están locos, y no mucho menos los que a los niños con comida demasiada los atiborran; pues así como aquello debilita las pocas fuerzas del tierno cuerpecillo, así esto otro derrueca el poder del ánimo. Con todo, la moderación ha de aprenderse desde muy pronto. Sin tocar los límites de la total hartura, ha de restaurarse un cuerpo de niño, y más bien frecuente que copiosamente. Algunos no saben de sí que estén saciados hasta que está a tal punto la panza distendida que corre peligro de reventar o de rechazar por vómito su carga.

Odian a sus hijos aquellos que, siendo todavía tiernos, al prolongarse las cenas hasta muy entrada la noche, les permiten quedarse allí sentados de cabo a rabo.

Así que, si hubiere que levantarse de un convite demasiado prolongado, alza tu plato con los residuos y tras haber saludado al que parezca entre los comensales el de más honor y luego de una vez a los demás, retírate, pero en disposición de regresar luego, no parezca que te quitas de en medio por mor de juego o de alguna otra cosa poco honorable: vuelto a entrar, ponte a servir cualquier cosa que haga falta, o respetuosamente quédate en pie junto a la mesa, a la espera de si alguien te demanda algo.

Si alguna cosa traes a la mesa o la retiras, mira no le riegues a alguien la ropa con la salsa. Al ir a despabilar una candela, quítala antes de la mesa, y lo que caiga del despabilo en seguida cúbrelo con arena o refriégalo con la suela, no vaya a ofender las narices algún tufo desagradable. Si alguna cosa le tiendes a alguien o si algo viertes en copa, guárdate de hacerlo con la izquierda.

Caso de que se te mande decir la acción de gracias, compón el gesto, dando a entender que estás preparado a ello, hasta que, callándose los comensales, llegare el momento de decirla; en tanto, la cara esté hacia el que preside el convite respetuosa y firmemente vuelta.

 

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