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Modo de conducirnos en sociedad. V.

La conversación es el palenque en donde se ponen a prueba todas las cualidades de talento, amabilidad y finura.

 

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Hay personas que contraen la costumbre de desatender completamente al que refiere una anécdota desde que empieza a hablar, para ocuparse en recordar los pormenores de otra que se proponen referir, manifestando así un intolerante menosprecio al que se esfuerza en agradar a la sociedad.

Cuando una persona con quien tengamos poca confianza nos refiera algún suceso del cual estemos impuestos, conduzcámonos de manera que le hagamos creer que lo ignoramos, y aunque notemos que no está bien impuesta de los pormenores, abstengámonos de hacerla observación alguna.

Si se refiere una impostura, el arte de oír se hace súmamente embarazoso, porque si parece que le damos crédito pasamos por tontos, y si mostramos dudas de su veracidad, por desatentos.

Entonces un poco de frialdad, una atención menos sostenida, y el decir "es extraño, muy extraño", nos sacarán del paso.

La más grave acaso de todas las faltas que puedan cometerse en sociedad, es la de desmentir a otro, porque con esto herimos profundamente su orgullo.

Solo cuando veamos que sus palabras envuelven alguna acusación contra una persona a quien apreciamos, nos será lícito hacerle observar con términos corteses que se equivoca.

Cuando alguno se manifiesta muy interesado en lo que cuenta, es una grosería llamarle la atención para referirle una anécdota o hacerle oír algún chiste.

Es igualmente una grosería cuando una persona nos refiere algo a que presta entera fe, mostrarle nuestra incredulidad, porque es calificarla de necia.

Cuando por algún motivo nos sea desagradable la conversación entablada y queramos variarla, lo haremos sin dejar entrever la intención que nos guía.

Ultimamente, son faltas imperdonables las que cometen algunos que por abandonarse a su genio vivo, o tal vez para mostrarlo, no dejan concluir ninguna frase y se apresuran a adivinarla y a terminarl a. Las personas que tienen este vicio son intolerables, exponiéndose ellas mismas a no pocas mortificaciones de amor propio, porque muchas veces en su precipitación no interpretan bien el pensamiento del que habla, y éste les contesta que no era aquella su idea. Consideren los que tengan este hábito, que cada uno quiere expresar, su idea y usar de su derecho cuando tiene la palabra, y él arrebatársela, además de privarle de un goce, es manifestar menosprecio hacia su modo de expresarse.

Otra de las faltas más graves, es hacer en sociedad el oficio de maestros de escuela, deteniendo a los que hablan en medio de su discurso, para repetir con risa sardónica una palabra mal pronunciada, una locución vulgar, o los defectos del acento.

Tengamos presente que a la sociedad no vamos con objeto de corregir, enseñar o hacer gala de nuestros conocimientos, sino solo y exclusivamente de agradar, y que es preciso respetar el amor propio de todos, si queremos que respeten el nuestro.

A medida que avanzamos en edad, vamos adquiriendo el hábito de deprimir todo lo presente para ensalzar lo pasado, sin ver que es nuestra inocencia y alegría la que se ha desvanecido, y no el cambio de las costumbres. Procuremos evitar este vicio, que a más de marcar el tiempo que ha pasado por nosotros, suele hacernos intolerantes.

Las personas suspicaces y cavilosas, nunca pueden ser agradables en sociedad, porque van en busca de un gusto, de una palabra, a la cual puedan dar una interpretación siniestra, y corno se ofenden hasta del aire, por mucho que disimulen, siempre mostrarán un semblante sañudo y receloso.

Creamos que los demás obran con la buena fe con que nosotros procedemos, y no les hagamos la injusticia de suponerlos mal intencionados, ni a nosotros mismos la de que seamos dignos de ser objeto de su malevolencia.

Si la excesiva confianza tiene sus inconvenientes, también los tiene, y muy grandes, la excesiva cavilosidad.

Son igualmente insufribles los que se muestran extremadamente celosos en la amistad, y no pueden llevar en paciencia que sus amigos frecuenten otros círculos y consagren a otras personas una parte de su tiempo.

Si son reprensibles los celos de amor, y de familia, los de sociedad son absurdos y dan idea de un carácter exigente y egoísta. Dejemos a cada cual que obre con la libertad que es su patrimonio, y no nos manifestemos resentidos porque divida con otros el afecto que nos profesa.

Hay algunos de tan extremado orgullo, que se pican por la cosa más insignificante, y sin decirlo ni humillarse a pedir una explicación, muestran tácitamente el rencor que los domina.

El trato con estas personas es sumamente fastidioso, porque nunca se sabe cuándo están contentas, y qué es lo que se debe hacer para agradarlas.

Seamos, pues, francos, porque tal vez una amistosa explicacion bastará a disipar las nubes de nuestro enojo.

Cuando delante de nosotros oigamos calumniar a los ausentes, procedamos con cautela, y para dar crédito al calumniador, examinemos la verosimilitud de los hechos y el interés que puede tener en esparcir la calumnia.

La vanidad y la ostentación son vicios contrarios a la buena crianza.

El que hace ridículo alarde de sus riquezas, su talento y su alta posición social, muestra un carácter poce elevado, indigno de los favores de que le colma la fortuna.

Hay algunos que adquieren el feo hábito de mentir, ya para prestar animación a sus relatos, o ya para darse una ridícula importancia. Huyamos de este vicio que nos degrada y envilece, y que una vez conocido, hace que jamás sean creídas nuestras palabras y pasemos por unos entes despreciables.

Madama Necker observa ingeniosamente, que esos términos favoritos que acostumbramos usar en la conversación, descubren nuestros secretos defectos. Así los embusteros tienen la expresión habitual: "podéis creerme, esta es la verdad"; los charlatanes: "en una palabra, para concluir"; los orgullosos: "sin alabanza", etc.

Procuremos despojarnos de estos vicios, y de esos feos estribillos que los descubren.

Si la prodigalidad y la disipación son contrarias al bienestar de las familias, la ruindad hace odioso al hombre mejor educado. Un obsequio hecho con finura y a tiempo, es una llave mágica que nos abre los corazones y nos concilia el aprecio de los indiferentes.

La igualdad en el trato es un atributo de la buena educación. Seamos tardos en formar nuestras amistades; escojamos con lino y precaución las personas que han de constituir nuestro circulo amistoso; pero una vez que lo hayamos escogido, seamos consecuentes y no dejemos nuestras relaciones antiguas, por más que nuestro propio interés o cualquiera circunstancia nos lleven a estrechar otras nuevas.

Si tenemos que nombrarnos a nosotros al mismo tiempo que a otras personas, nos colocaremos en el último lugar. Igual orden guardaremos, al nombrar personas extrañas, posponiéndolas según su edad o su categoría.

Los que contraen el hábito de tutear a sus conocidos sin apenas tratarlos, se conducen de un modo vulgar y grosero.

Nunca debemos precipitarnos para otorgar nuestra confianza, ni ofender a las personas de mayor categoría, tratándolas con una llaneza inoportuna.

Demos siempre su tratamiento a aquellos que lo tengan, y con quienes no tengamos confianza, pero que esto sea sin afectación ni servilismo.

Las señoras están dispensadas de darlo, como no sea a los reyes y personas de la real familia.

Portémonos, en fin, con tal circunspección y prudencia, que dando a cada uno el lugar que se merece, jamás puedan echarnos en cara nuestro atolondramiento e indiscreción.

 

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