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Modo de conducirnos en sociedad. IV.

La conversación es el palenque en donde se ponen a prueba todas las cualidades de talento, amabilidad y finura.

 

Novísimo Manual de Urbanidad y Buenas Maneras para uso de la juventud de ambos sexo.
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Sólo un entendimiento frívolo se ocupa de las reputaciones ajenas; solo un alma mezquina se complace en deprimir a los demás y en hacer resaltar sus imperfecciones.

Guardaos de dar tan mala idea de vosotras mismas, porque para las personas sensatas no serán los objetos de vuestra murmuración los que incurran en su menosprecio, sino sus bajas detractoras. La murmuración es indigna de todas las edades; pero es repugnante en la juventud.

¡A cuántas desfavorables consideraciones da lugar una niña que se entretiene en arrojar por el lodo el honor de sus compañeras, y que a sangre fría, y tal vez a pesar de los lazos de amistad que la unen a ellas, se complace en hacerlas objeto de la general animadversión!

Despojaos apresuradamente de este feo hábito, las que lo hayáis adquirido; el que es indulgente con todas las faltas, y cubre con el silencio las que nota a su alrededor, hallará indulgencia en la sociedad para las suyas, y su trato será universalmente buscado.

Pensad que nadie en el mundo es perfecto, y que la mordacidad sufre la pena del Talión; que aquellos a quienes hayáis deprimido se apresurarán a deprimiros; y que, por último, nada os cubre tanto de ridículo a los ojos de las personas juiciosas, como la ruin murmuración.

También es un defecto imperdonable el de ser chismosas; las que se apresuran a referir a unos lo que les han confiado los otros, dan así mismo la idea de un mal corazón, un entendimiento frivolo y un carácter inconsiderado. Estas personas no pueden ser queridas en ninguna parte, porque donde quiera que van siembran la confusión, la desconfianza y la enemistad. A las chismosas nadie se atreve a confiarlas un secreto, nadie se atreve a abrirlas su corazón, y acaban por vivir aisladas y solas en medio de la sociedad, como en el centro de un árido desierto.

Considerad que es un abuso de confianza referir a una persona lo que otra os haya dicho de ella; que es una mala intención herirla con las palabras duras que la primera haya pronunciado, tal vez en un momento de enojo; y es, en fin, dar muestras de una imaginación muy fútil, la que no sabe dar interés a su conversación sino por tan bajo medio.

Avisad a una amiga de lo que se propala contra su reputación, si lo creéis necesario, pero reservad siempre, cuidadosamente, el nombre de la persona que os haya confiado este secreto. El que no practica el mal, es incapaz de sospecharlo en los otros y la cándida y confiada inocencia es el mejor adorno de una mujer juiciosa.

Quisiera que fuéseís tan severas en el cumplimiento de estas reglas, que ni aun en general ataquéis nunca a nadie, porque vuestra misión es de perdón y olvido, y nunca de saña ni de venganza.

En un hombre sienta bien, a veces, un digno enojo; en la mujer, nunca, sean cualesquiera las justas causas que tenga para ello. Así, pues, hasta para hablar de lo que os enoja, quisiera que fuérais dulces y tolerantes. Las que tienen por costumbre hablar mal de los hombres, o de las criadas, o de toda una clase respetable, ofenden a quien las oye, y dan mala idea de su carácter.

Pureza, benevolencia y dulzura, son los únicos tres talismanes que os pueden dar el cetro del afecto.

Escudaos con ellos, las que anheláis ser amadas y bendecidas.

A veces, para animar la conversación suelen referirse anécdotas o sucesos del día. Entonces el narrador debe usar un lenguaje sencillo y breve, y omitir toda circunstancia inconducente, toda disertación intermedia que alargue el discurso. Los detalles demasiado minuciosos fatigan a la imaginación, que desea llegar cuanto antes al desenlace, y destruyen el interés. Jamás emprendamos una narración sin estar bien seguros de lo que vamos a decir, pues es muy molesto que nos detengamos en medio de ella para recordarlo.

Sí alguna vez preveernos el desenlace de una narración cualquiera, el placer de demostrar que lo hemos adivinado, no debe llevarnos a interrumpir al narrador; y si éste fuese tardo en explicarse, tampoco debemos, en nuestra impaciencia, suministrarle las palabras que le faltan, pues cometeríamos una descortesía muy grande.

Por más ingenio que tenga una persona, si se apodera de una anécdota contada por otro, y la concluye, aunque sea con más gracia, comete una grave falta de urbanidad que nada puede excusar.

No recomendemos nunca el mérito de lo que vamos a referir, especialmente cuando es un asunto chistoso, porque es muy ridículo celebrar lo que tal vez los oyentes calificarán de insípido y necio.

No es una falta citar nombres propios de los que hayan intervenido en el hecho que se refiere, cuando sus acciones han sido buenas; pero si es al contrario, será mas prudente reservarlos.

Seamos muy circunspectos para transmitir noticias políticas, o de cualquier otra especie, que hayan de circular desde luego y comprometan nuestra responsabilidad moral.

Tengamos especial cuidado en no referir más de una vez a una persona una misma cosa, y si lo hiciéremos distraídos y lo recordásemos, cortemos nuestra narración en aquel mismo punto.

Si es difícil hablar bien, más difícil es oír de modo que queden, complacidos los que nos dirijan la palabra. Uno de los principales cuidados ha de ser mostrarles una atención sostenida dirigiendo nuestra vista a la suya, y no apartándola sino en aquellas breves pausas que sirven de descanso al razonamiento.

Ofenderíamos al que hablase si nos entretuviésemos en otras cosas que demostrasen poca atención a su discurso, como jugar con un niño, etc., por cuanto la urbanidad exige que manifestemos tomar un perfecto interés en la conversación. Por tanto, sería impolítico sonreírnos cuando la persona que nos habla hiciese una relación de sus pesares, o no demostrar satisfacción cuando nos refiriese sus motivos de alegría.

No creamos por esto que sea necesario contribuir a exacerbar la exaltación de los que sufren, porque lejos de eso, es preciso buscar frases consoladoras para calmarle.

 

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