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Limpieza en los vestidos y elogio de la moda. V.

La moda según algunos, ha introducido, la corrupción, pues a la mujer sin pudor nunca le faltan alhajas, y el deseo de poseer alhajas induce a renunciar al pudor.

 

El nuevo Galateo. Tratado completo de cortesanía en todas las circunstancias de la vida.
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Limpieza en los vestidos y apología de la moda.

Dios crió a la mujer para compañera del hombre y para que le hiciese más apetecible y menos penosa la vida, y en esta asociación el sexo fuerte ha procurado siempre sujetar al más débil y tiranizarlo. Las armas con que la mujer se defiende están reducidas a la belleza; y no obstante, en los pueblos bárbaros en donde la belleza natural no está sostenida por las artes, la mujer sucumbe siempre, y en los pueblos civilizados en los cuales las artes aumentan el valor de la belleza y la conservan, la mujer sucumbe con menos frecuencia, y lejos de sucumbir muchas veces triunfa.

Las mujeres, pues han inventado los gorros, las cintas, los velos, los abanicos, las pomadas etc., por la misma razón por la cual los hombres han inventado los cañones y los cohetes a la Congreve, de suerte que cuando la mujer se adorna es como un capitán que dispone sus tropas para batir al enemigo. Entonces, pues, hemos de convenir en que son lícitas y justas las ficciones del tocador, como son legítimas y justas las ficciones de la milicia.

Mientras el olvido y el desprecio crezcan en razón de la fealdad y la vejez, las mujeres tendrán derecho de cultivar el bien parecer, presentarlo en diversas formas, añadirle adornos y mejorarlo en todos conceptos.

Examinemos el argumento por la parte moral. La moda según algunos, ha introducido, la corrupción, pues a la mujer sin pudor nunca le faltan alhajas, y el deseo de poseer alhajas induce a renunciar al pudor. Para contestar a este grave cargo es indispensable consultar la razón y los hechos. Si la mujer vende, es preciso que el hombre posea los medios de comprar, y estos medios deben ser tanto mayores cuanto mayor es el coste de los regalos. El coste de éstos crece a medida de las variaciones y de la moda, y como los medios para comprar no los alcanza la clase del pueblo sino con el trabajo, resulta de aquí que sí la moda inclina a la mujer a vender, induce al hombre a trabajar, y sabido es que el aumento en el trabajo es igual al decrecimiento de la corrupción.

"El capital disponible para la corrupción es mayor en tiempo de incivilidad que en tiempo de modas"

En las clases ricas si la mujer vende, el rico debe poseer los capitales necesarios para comprar; de suerte que en general podamos suponer la corrupción proporcionada al capital disponible para ella. El capital disponible para la corrupción es mayor en tiempo de incivilidad que en tiempo de modas, pues cuando éstas reinan el capital del rico se emplea en coches, caballos, casinos, teatros, trajes, relojes, vajillas, cristales y mil otros objetos; de suerte que por un lado se disminuye el capital para la corrupción, y por otro presenta a la sensibilidad del rico mil caprichos diferentes que se llevan una buena porción del mismo. En suma, lo que el rico gasta para un sombrero no puede gastarlo para un reloj, lo que da a un tapicero no puede darlo a una meretriz. En el reino de la corrupción, el hombre vale tanto cuanto gasta, y el ahorro es un rival muy poderoso.

Consultando la historia vemos que en los tiempos del feudalismo, en los cuales las riquezas estaban concentradas en pocas manos se conservaban sobre las mujeres plebeyas derechos que actualmente horrorizarían; los emisarios de los magnates iban a comprar la belleza donde quiera que se encontrase, y la compra debía ser tanto mayor cuanto más desocupados estaban los compradores, y su sensibilidad física menos distraída.

Observemos las cosas bajo otro aspecto. El amor es por su naturaleza exclusivo, quiere ser propietario solo y sin repartos; de donde resulta que el aumento de afectos amorosos es igual a la disminución de goces comunes; y como en general los afectos amorosos crecen en razón de la belleza, los pueblos más feos son los más disolutos; y la poligamia es común entre los salvajes y no entre los pueblos cultos. En la basta y feroz Esparta el adulterio había perdido el carácter de delito, mientras en la culta y humana Atenas el adulterio no era desconocido, pero la opinión pública y las leyes lo condenaban. Nos ponderan la rusticidad y la continencia de los antiguos germanos; mas yo creo que Tácito escribió un romance de virtud para avergonzar a sus conciudadanos, puesto que sus descripciones están desmentidas por la historia de todos los pueblos bárbaros.

 

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