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La imprudencia temeraria. El arte de agradar

La imprudencia, esa hija de la vehemencia en el pensamiento y de la intemperancia en la expresión

 

El arte de agradar. Manual de la verdadera educación. 1905

Las indiscreciones, los rumores y los chismes. Secretos de la intimidad
Rumores e indiscreciones. Las indiscreciones, los rumores y los chismes. Secretos de la intimidad

Las indiscreciones, los rumores y los chismes. Secretos de la intimidad

Aquella urbanidad

En los grandes centros de población, y muy señaladamente, en las pequeñas localidades, es frecuentísimo oír relatos críticos de dichos y de hechos referentes a tal o cual familia.

En tales relatos, abultados en tercio y quinto, y desfigurados al correr de boca en boca, palpita un fondo de verdad arrancado a la realidad de la vida. Ese fondo está formado por detalles de orden verdaderamente íntimo, por juicios salidos de labios del padre, por observaciones formuladas por la esposa, por ideas reveladoras de un criterio más o menos sano y por apreciaciones lógicas o absurdas.

¿Quién reveló esos detalles? ¿Qué oído recogió con fidelidad fonográfica los términos de un debate familiar? ¿Qué lengua los llevó al terreno del dominio público? ¿Por qué causa frases nacidas en el secreto del hogar rodaron por el arroyo, se enlodaron con el fango de la plaza y sirvieron de pasto a la maledicencia? ¿Dónde está el responsable de que esto suceda?

Sin gran esfuerzo, a poco que se mire, hallaremos que el reo y la causa eficiente de tales daños está en nosotras mismas, dentro de nuestro propio carácter y unido a nuestra naturaleza.

La imprudencia, esa hija de la vehemencia en el pensamiento y de la intemperancia en la expresión, es el origen del mal que deploramos.

Personas discretas y prudentísimas no se recatan para manifestar en alta voz sus más reservados juicios en presencia de los sirvientes. Acaso -como las antiguas patricias romanas- entienden que el sirviente de hoy, como el esclavo de ayer, no es una criatura sujeta a todos los bajos apetitos y a todas las ruines pasiones, que le impulsan a la calumnia, a la murmuración y a la venganza innoble de los mismos que le dan el pan que es su sustento y el albergue en que halla amparo y descanso reparador.

Aventurar observaciones ante los criados es exponerse a que esas observaciones, por irreflexión o por otro móvil peor, sean repetidas y comentadas fuera del recinto del que nunca debieron salir.

Y esto, que resulta altamente pernicioso en todo tiempo y lugar, es funestísimo en poblaciones de escaso vecindario, donde se convive en la misma sociedad, donde los conocimientos se imponen y donde el trato es inevitable.

Trastornos dolorosos en la familia, diferencias de criterio en punto a intereses y materias sociales, menudencias infinitas de orden doméstico, toda la ropa sucia, que lógicamente se debe lavar en casa, se exhibe a los ojos de la malicia por indiscreción de servidores faltos de seso o sobrados de dañina intención. No los inculpemos. Tengamos la franqueza de reconocer y de proclamar que las poco avisadas somos nosotras.

A nadie se le ocurrirá discutir a voces en medio de la calle respecto a la dote de una hija, al casamiento de un hijo o a la molestia que un pariente o amigo ocasiona.

Y, sin embargo, las que de ello se recatan, no se guardan para expresarse con libertad dentro de la casa, sin parar mientes en que los que en la casa habitan no son por igual acreedores a la confianza, ni por ende fieles depositarios de lo que se quiere mantener en secreto.

¿Habrá que decir el medio único de evitar estos disgustos y de poner coto a estos excesos?

No hay manera de obtener una servidumbre que, por defecto físico o por exquisitez moral, sea sorda, ciega y muda para cuanto entra por la vista y por el oído y puede salir de los labios.

Pero en nuestra mano está el imponernos sensatez reflexiva y moderación prudente.

Para lograrlo basta y sobra con tener en cuenta que es muy difícil que otro posea la discreción de que estamos faltas, y que es muy fácil que el criado, adicto mientras está a nuestro servicio, sea tornavoz desleal tan luego como deje nuestra casa para servir en la de una familia amiga o enemiga, ante la cual apareceremos en caricatura por aquellos actos o frases que requirieron, para ser realizados o dichos, la ausencia absoluta de personas extrañas.

 

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