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Lección sobre las habilidades. Parte I.

Para que en la sociedad le crean de buena crianza, hay que saber como vestirse, hablar, comer, bailar, y hacer todas las cosas como hijo de un noble y no como hijo de un plebeyo.

 

Josef González Torres de Navarra.
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Las habilidades.

No creas que bajo esta voz yo voy a comprender las habilidades de tirar la espada, montar a caballo, tocar un instrumento, etc. porque no son lecciones de educación las que yo me he propuesto darte ahora; y si de las habilidades precisas a un señorito para que en la sociedad le crean de buena crianza, como son que sepa vestirse, hablar, comer, bailar, y hacer todas las cosas como hijo de un noble y no como hijo de un plebeyo; y para que no echen la culpa a sus padres de la falta como es costumbre.

Un caballero debe cuidar hasta de la elección de sus entretenimientos; por ejemplo, también parecido como es que haga uno la partida de juego a las señoras en una visita, o que tome los naipes en una fiesta de campo, como todos los demás amigos suyos, a juegos generales de moda, tan feo será el ponerse a jugar a la brisca, a la flor, al rentoy u otros semejantes, propios de los lacayos en las antesalas y en las tabernas; tampoco se debe asistir a los juegos públicos de pelota, balón, bochas, etc. donde todos sean gente ordinaria; pero esto no quita que varios señores se junten un día por extravagancia, y hagan ellos solos un partido; y no importa que admitan a algún plebeyo por sobresaliente en aquel juego, con tal que no pague y sea regalado.

La música, es con mucha razón tenida por una de las nobles artes, pero ningún noble debe elegir instrumento que le haga hacer visajes o ademanes ridículos; por ejemplo, el bajo, el fagot, los timbales, la trompeta; y yo siempre sería de sentir que si te gusta la música llames a los profesores a tu casa, y les pagues para que te diviertan; así te libras de estar soplando, y expuesto a oír a los circunstantes decir; lo hace bastante bien para ser un aficionado; y a otros en voz más baja; más valiera que empleara su tiempo en cosas útiles.

Como has de sentarte a la mesa, lo menos una vez cada día, debes saber hacer los honores de ella si fuere en tu casa, y servir particularmente a las señoras en cualesquiera donde te halles; y así el plato que tuvieres delante has de saber trincharlo, no equivocando el que ha de servirse con cuchara con el que debe partirse con cuchillo, ni cortándolo contra el uso diverso de cada pescado, ave, etc.; lo mismo digo del saber mondar y partir las frutas, helados y pastas; servir el vino, cerveza y licores, cualesquiera de éstas, que parecen frioleras, si las haces con torpeza, o sino las haces, das una prueba evidente de que no te has criado en casa donde hay semejantes platos, y que por consiguiente eres hijo de pobres y humildes padres, o que te has criado con tal abandono que no sabes ni aun siquiera comer a una mesa de señores, porque con solo la observación y la práctica se aprende eso.

"El saber componer una chimenea, dar la mano en una escalera a las señoras, colocarse en el coche o en el palco, etc. dan cabal ideal de la mayor o menor finura de un caballero con distinción"

Los brindis ya no se usan en las mesas de gente fina, porque a la verdad es una impertinencia el interrumpir a uno que tiene la boca llena, con un cumplimiento muy formal que no viene al caso, y mucho menos cuando suelen estar todos en confusa alegría, y que cada uno bebe por su gusto y por la salud de otro; y así, no brindes tu nunca a menos que se lo veas hacer a los demás, en cuyo caso ya te he dicho que te conformes a los estilos que halles en cada parte.

El saber componer una chimenea, dar la mano en una escalera a las señoras, colocarse en el coche o en el palco, etc. dan cabal ideal de la mayor o menor finura de un caballero con distinción de las señoras mayores, de los señores de respeto, de las señoritas, de los amigos iguales y aún de los inferiores; porque estas menudencias son las que más descubren los grados de buena crianza de un sujeto, y se hace risible quien las trabuca, equivocando las personas y las circunstancias que varían en cada cosa y a cada instante; por lo que te digo otra vez que no te ates nunca para servir a las damas, manejándote en todo con gran observación, pero en nada con sujeción y cortedad.

Por limpio que seas, nunca llegarás al extremo de que te sea defecto bochornoso el nombre de aseado; los dientes y las uñas debes restregártelas mucho y muchas veces al día, porque la boca sucia trae las fatales consecuencias de pudrirse la dentadura y los dolores de muelas; además de lo chocante que es para todos el pestífero olor que despiden inevitablemente los que se enjuagan después de comer; y las manos puercas, con uñas negras, largas o mordidas están diciendo que son de un hombre ordinario y miserable; en ninguna ocasión te limpies con los dedos las orejas ni las narices por no causar asco a los presentes, pues debes lavarte unas y otras cuando la cara, todos los días; y si te fuere preciso limpiarlas fuera de tu casa, hazlo con el pañuelo pues para eso le llevas; pero nunca jamás te pongas a mirar lo que has limpiado; la cabeza, los pies, en fin, todo el cuerpo debes tenerlo siempre tan limpio como si te hubieran de ir a reconocer las personas más escrupulosas de la corte; y finalmente, aún más que del aseo exterior de tu vestido has de cuidar del interior de la ropa blanca, por tu propia salud y por evitar la incomodidad a los que se te acerquen, teniendo presente la máxima de que quien es desastrado a los veinte años, será cochino a los cuarenta, y a los cincuenta, intolerable.

 

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