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Excesos en las diversiones corporales. II.

Los placeres que pueden disfrutarse en los bosques, parece que fueron desde el siglo V al XV las diversiones predilectas de las personas de elevado rango y de muchas riquezas.

 

El nuevo Galateo. Tratado completo de cortesanía en todas las circunstancias de la vida.
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Los excesos en las diversiones corporales.

A esas ideas guerreras debe atribuirse el uso de llevar espada en tiempo de paz, uso que subsistió hasta el fin del siglo XVIII; uso, que si es racional en el hombre que rige la fuerza armada conservadora de la paz pública, es por lo menos altamente ridículo en las personas extrañas a la milicia, y una verdadera afrenta para ésta. Esta costumbre contribuiría mucho a que menudeasen los desafíos.

Ora la guerra cesara momentáneamente, ora continuase con calor, su imagen se reproduciría en la caza a que tan aficionados fueron nuestros mayores. Los placeres que pueden disfrutarse en los bosques, parece que fueron desde el siglo V al XV las diversiones predilectas de las personas de elevado rango y de muchas riquezas, ya tuviesen particular talento para la guerra, ya que no tuvieran valor suficiente para arriesgarse en ella. Antes de conocerse el fusil, se tiraba a los pájaros con arco, cuyo ejercicio reclamaba mucha destreza.

La caza con azor y perros fue el objeto primario de la educación, el talento más admirado, la ocupación más honrosa de los nobles, y casi puede decirse el negocio único de su vida. Alfredo el Grande de Inglaterra, aprendió a cazar antes que a leer, y su historiador nos dice que al llegar a la edad de doce años, era el más diestro y más activo cazador de su reino.

La intensidad de la pasión por la caza en los siglos susodichos, puede deducirse de los síntomas siguientes: Como el derecho de cazar estaba reservado a la nobleza, y la caza se hacía con azores y perros, pocas veces salían los nobles de su casa sin llevar un azor en la mano e ir seguidos de perros, pues estos animales, en la común opinión, eran símbolo de nobleza, por lo cual se prohibió a las personas que no pertenecían a esa clase, el honor de tener perros, como se les prohibe en el día usar escudo de armas. Por esto el rey y los grandes llevaban siempre el azor en sus viajes y hasta en las iglesias, y era deshonroso abandonarlo.

Como los perros por una parte eran símbolo de nobleza y por otra proporcionaban el placer más apetecido en esos tiempos, se comprende cómo se convirtieron en favoritos y compañeros de los grandes y sirvieron de estorbo a la introducción de usos civiles y corteses. En efecto, entonces era imposible separar grandes y perros.

Caballeros, perros y azores, eran el texto favorito de las conversaciones entre los nobles. Algunos príncipes y barones de Inglaterra mantenían hasta 1.600 perros; de suerte, que las cacerías reales costaban tanto como los torneos. Hacia los tiempos de Enrique VIII de Inglaterra se escribieron muchos tratados acerca de la manera de alimentar y enseñar a los azores, se distinguieron con mucho cuidado sus variedades, y los nobles estaban menos celosos de sus escudos de armas, que de la clase del azor que les servía de distintivo.

Se promulgaron leyes feroces para impedir la muerte de los perros y la caza. Al principio no se permitió ésta sino a los militares, después, se prohibió matar animales silvestres sin permiso del rey; se mandó a los jueces que conservasen la caza y los bosques y que alimentaran a los perros que se les recomendaban. La libertad y la vida del hombre eran menos estimadas que la vida de un faisán o de un ciervo. Los mismos eclesiásticos, seculares y regulares, sacerdotes y obispos, olvidando la gravedad de su ministerio, pasaban el tiempo entre perros y milanos en mitad de los bosques.

Las mismas hembras, a despecho de su timidez y delicadeza naturales, se dejaron dominar de la pasión por la caza. En el siglo XII las señoras inglesas se entregaron tan apasionadamente a ella con aves de rapiña, que llegaron a ser más entendidas que los hombres, y por esto se encuentran sepulcros de mujeres adornados con el azor.

Como no hay pasión que no haya tratado de justificar sus excesos, aunque sea vistiéndolos para hacerlos respetables con apariencias religiosas, no parecerá extraño que Gastón Febo, conde de Foix, en el siglo XIV presentara la caza, no solo como medio de felicidad en esta vida, sino también de salvación en la otra. No obstante, en el decurso de su obra acerca de la caza, en la cual había dicho eso, parece que tuvo algún escrúpulo, pues modifica un poco su bello razonamiento, y conviene en que los cazadores podrán no ser colocados por este medio dentro de él, pero que a lo menos estarán alojados en los arrabales, en los patios, y de aquí es que aconseja a toda clase de personas que estimen a los perros.

 

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