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Las concurrencias o tertulias.

Las conversaciones y el comportamiento de una persona educada al incorporarse o participar en ellas.

 

Tratado de la obligaciones del hombre. 1821.
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De las concurrencias.

Al entrar en alguna concurrencia o tertulia, la primera cosa que debemos hacer es saludar con la correspondiente cortesía a los dueños de la casa y demás personas que estuvieren presentes.

Convidados a sentarnos, debemos ocupar el puesto inferior, y no usurpar el de otro, no solo excusándonos si nos le ofreciere, sino aún dándole gracias, y no admitiéndolo, a no ser que nos obligue con repetidas instancias.

Si al llegar nosotros se interrumpe la conversación, debemos suplicar a los demás que la continúen; pero sin manifestar curiosidad de saber sobre lo que versaba.

Para tomar parte en la conversación, debemos esperar a que se nos pregunte, cuando no tenemos algún motivo que nos precise a hablar los primeros.

Generalmente en las conversaciones no hemos de ser demasiado habladores, porque cansaríamos a todo el mundo, ni demasiado callados, para no parecer mudos como estatuas entre los demás, cosa que desagrada infinito, porque da a entender que no tomamos interés alguno en los razonamientos de los otros.

El tono de la voz no ha de ser tan alto que ofenda los oídos, ni tan bajo que se perciba con dificultad.

Los asuntos de nuestra conversación han de ser, en lo posible, interesantes y agradables; pero evitando en ellos todas las cosas contrarias a la decencia y a las buenas costumbres, todas las palabras bajas o incultas, no nombrando cosa alguna que cause asco o fastidio, huyendo de toda bufonada grosera en los gestos y en las palabras, y sobre todo de la sátira y murmuración.

Cuando se suscite alguna cuestión, o diga cualquiera de los circunstantes alguna proposición contraria a nuestro dictamen, no hemos de ser demasiado fáciles en contradecirle, y aun cuando esto sea preciso, debemos hacerlo con agrado y, buen modo.

Sobre todo es menester guardarse de desmentir abiertamente a persona alguna, como diciendo es incierto, o no es así; antes cuando tengamos que contradecir alguna cosa, debemos primero pedir venia, y después añadir modestamente, me parece, o tengo entendido que esto es de este modo o del otro.

Aunque otro contradiga nuestras proposiciones no nos hemos de agraviar, sino responderle corté y agradablemente, exponiéndole sin calor nuestras razones, cediendo prontamente cuando veamos que estamos discordes, y no insistiendo con demasiada tenacidad, aun cuando creamos tener razón, si a los demás no les hace fuerza.

Nuestras narraciones no han de pecar por áridas y secas, ni tampoco por largas y difusas: debemos si procurar exponer las cosas con claridad y con orden, interpolando aquellas circunstancias y reflexiones que puedan dar a lo que contamos mayor luz o hermosura, y huyendo de digresiones y repeticiones inútiles.

No hay cosa más enfadosa que el interrumpir a cada paso la narración para acordarse, ya de los nombres de las personas, ya de las cosas, retractándose de lo ya dicho, volviendo a comenzar desde el principio y compañía. Para evitar esta pesadez antes de contar cualquier suceso es menester tenerlo bien presente en la memoria, y ordenarlo arregladamente en la imaginación.

Tampoco hemos de molestar a los circunstantes con cuentos viejos y sabidos, o insulsos y tontos, ni contristarlos con narraciones funestas y melancólicas, ni hacerlos avergonzar, o causarles náusea , hablando de cosas indecentes o asquerosas.

Debemos escoger con preferencia asuntos alegres y agradables, que hagan reír decentemente a los circunstantes; pero cuidando siempre de no ser nosotros los primeros que riamos, porque nos sucederá muchas veces el desaire de no tener quien nos acompañe.

Cuando otro cuenta alguna cosa no debemos interrumpirle haciendo ruido, o llamando la atención de los demás a otra cosa, ni introducir otro discurso, ni decir que es cosa ya sabida, ni oponernos aun cuando él altere u omita alguna parte o circunstancia, ni quitarle el cuento de la boca para continuar lo nosotros, ni sugerirle las palabras si titubea algún instante, ni incomodarle de otros mil modos, todos contrarios a la buena crianza; y si tenemos que añadir a su narración alguna cosa, o alguna reflexión que hacer, debemos reservarlas para después que haya acabado.

Aun con mucho más cuidado debemos evitar en las concurrencias el motejar, burlar o escarnecer con obras o con palabras a persona alguna en su presencia, u ofenderle de cualquiera manera.

Los motes y las chanzas solamente son permitidos con las personas a quienes tratamos con mucha familiaridad; y aun con éstas deben usarse con discreción y política, y de ningún modo gastarlos, y mucho menos continuarlos, cuando vemos que se resiente el sujeto a quien se dirigen.

Cuando por el contrario cualquiera nos diga alguna chanza o nos haga alguna burla, debemos llevarla con agrado, y corresponder con igual humor, sin resentimiento ni enfado, y sin decirle la menor injuria ni palabra ofensiva.

Tanto cuanto hemos de huir de los modales rústicos e impolíticos, debemos evitar el extremo contrario de la afectación en los cumplimientos, de la demasiada ceremonia, de la adulación, de la zalamería, de la falsa humildad, y de la bajeza, guardando siempre una justa moderación en las ceremonias y los cumplimientos, conforme al uso del país, dando a cada uno las alabanzas que le corresponden, sin adularle, y no hablando de nuestras cosas de nosotros mismos ni en bien ni en mal, sino lo menos que sea posible.

 

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