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Exceso de la infelicidad social durante los pasados siglos. I.

Cuando nacen las sociedades sin que aun haya nacido el gobierno, el individuo que no puede alcanzar por sí mismo una venganza cumplida, empeña a sus amigos a que se le unan.

 

El nuevo Galateo. Tratado completo de cortesanía en todas las circunstancias de la vida.
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El exceso de la infelicidad social durante los pasados siglos.

Los ejercicios guerreros de que he hablado en otro lugar, además de ser una ocupación en los ratos de ocio y un medio de rapiña, eran una cosa exigida por la necesidad, por que en efecto, en estado de barbarie, cuando el gobierno no está organizado, el individuo no puede esperar protección más que de sí mismo. No hay tribunal a donde pueda acudir para alcanzar reparación de los agravios que se le hacen, ni fuerza pública que le defienda de los ataques de otros. Forzado a contar con sus propios recursos para rechazar o castigar, debe ejercitar constantemente sus brazos a fin de no ser abatido. Mas como la agresión a que está sujeto es casi siempre mayor que la resistencia que pueden oponer, como siempre es posible que sea sorprendido de improviso cuando vela y cuando duerme, se encuentra y ha de encontrarse en estado habitual de temor, y este temor habitual basta para desmentir la felicidad que Rousseau y Rainal envidian al salvaje.

Cuando nacen las sociedades sin que aun haya nacido el gobierno, el individuo que no puede alcanzar por sí mismo una venganza cumplida, empeña a sus amigos a que se le unan, y de ahí proceden las confederaciones particulares para el ataque y para la defensa, y los miembros que las componen se encuentran animados por las mismas pasiones. En tal estado de cosas el castigo nunca es proporcionado al delito. Los hombres enfurecidos por la ira y jueces en causa propia, no conocen ni la compasión ni la justicia. El resentimiento que confunde las personas y las cosas venga en el hijo el delito del padre, insulta a la esposa cuando no puede ofender al marido, mata al hermano porque el otro hermano se le ha escapado de las manos. Así se van formando odios atroces que dividen a las familias, que se transmiten de padres a hijos y no se extinguen sino con la sangre.

Tal fue poco más o menos con mayor o menor exactitud el estado de Europa desde el siglo V al XI. Es preciso figurarse a todos los hombres armados siempre para la ofensa o para la defensa, yendo de acá para allá, quien a conquistar lo suyo o lo ajeno, quien a proveerse de lo que necesitaba, quién a buscar servicio en las guerras, quién para asaltar castillos, quien para defenderlos procurando siempre todos edificarlos o poseerlos a fin de ser más fuertes o de estar más seguros. Así vemos todavía en las cumbres de todos los montes las ruinas de los mismos, ruinas que han ido aumentando las posteriores guerras civiles. Las cosas debían ser así forzosamente desde que los bárbaros del norte vinieron en el siglo V para destruir el imperio de occidente.

En unas partes los propietarios debieron ceder a sus nuevos huéspedes el tercio de sus bienes, en otras dos tercios y en algunas el todo. Los incendios destruyeron los archivos que conservaban los títulos de los particulares; la ignorancia no supo conservar los registros administrativos, el desorden general era un invencible obstáculo para todo; y de aquí fue que en esos tiempos en que nadie sabía leer y escribir vacilaron todos los derechos personales y reales, y en consecuencia las disputas dividieron las familias. Estas disputas, en fuerza de los usos introducidos por los bárbaros, se decidían por la espada, y los ciudadanos, si así puede decirse hablando de aquellos tiempos, se encontraban en la alternativa de perder todos sus derechos civiles o de perder la vida. Por un lado, los delitos eran castigados con penas pecuniarias, de donde resultaba que el rico nunca era delincuente, y por otro las iglesias ofrecían un asilo a todos los malvados, de suerte que ninguno podía ser castigado. La propiedad, la vida y el honor, no encontrando salvación en los tribunales, apelaron a las venganzas particulares que se hicieron feroces e inestinguibles.

A semejante situación deben añadirse las guerras que en la primera época se hicieron los bárbaros para arrebatarse a porfía sus conquistas; el orgullo de los conquistadores contra los vencidos; las mayores penas contra los delitos de los conquistados; los hábitos de la civilización anterior transformados en los hábitos de la barbarie; la preferencia dada a los conquistadores para los cargos públicos, y toda la administración civil sujeta a formas militares. En suma, de la anarquía y de la violencia no podía resultar sino un estado de confusión y de miseria. Los obispos congregados en el concilio de Maguncia en 888, dicen: Por todas partes estamos rodeados de ladrones y de pícaros que asesinan a los pobres, roban a los ricos y no temen ni a Dios ni a los hombres.

En esta situación se encendió en el siglo XI la terrible guerra de las investiduras entre los papas y los emperadores de Alemania, y durante medio siglo llenó la Italia de estragos, las conciencias de terror y las familias de odios, pues unos seguían el partido del Papa y otros el del emperador, y eran excomulgados si cedían a la fuerza y oprimidos si cedían a la excomunion. Hordas de bárbaros penetraron en el capitolio, las poblaciones huían a su aproximación, todo se cerraba para librarlo de su latrocinio. En medio de estas discordias se animan los partidos de las repúblicas italianas desde el siglo XI al XV, y una porción de ciudadanos arroja de las ciudades a los demás a fin de dominar en el gobierno. Se confiscan loa bienes de los expatriados, las relaciones de familia se convierten en delito, la venganza se ceba en el culpado y en el inocente, y continúan los odios citados más arriba.

 

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