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Ponerse de pie. La educación en la escuela.

Durante un tiempo se pensó que la disciplina formal, las buenas maneras, las formas, las reglas de urbanidad habían pasado a mejor vida.

 

Diario Palentino

El comportamiento de los niños en la escuela
Educación en la esucela. El comportamiento de los niños en la escuela

Educación en la escuela. Ponerse en pie.

Esta época no ha sido muy proclive para el despliegue acertado de los métodos de disciplina.

Un político acaba de proponer que los escolares se pongan de pie cuando entre su maestro en clase. Formará parte de su programa electoral para ser presidente de la República francesa. Ello quiere decir que la medida pretende ser reclamo publicitario para ser elegido, por lo que es de suponer que se ha formulado tras los sondeos acostumbrados para conocer la opinión del electorado. Y que el cuerpo electoral opina que ello es bueno para mejorar la convivencia o para evitar el deterioro de la disciplina escolar.

A mí me parece muy bien. No sabía que los escolares franceses no se ponían de pie cuando entraba su maestro. Qué maleducados. Desconozco si en nuestro entorno ocurre otro tanto de lo mismo, pero me huele que en la escuela de por aquí las cosas son igual que en Francia.

Durante un tiempo se pensó que la disciplina formal, las buenas maneras, las formas, las reglas de urbanidad habían pasado a mejor vida y que los nuevos tiempos obligaban a cambiar todo eso por un nuevo trato, por un nuevo vínculo educativo basado en la amistad entre maestros y alumnos, por el tuteo, por el buen rollito. El sostén de las formas obligaba a los propios maestros a esfuerzos continuados para imponer esa disciplina formal, y ante la presión social, y ante la propia educación recibida por los nuevos maestros nacidos en los sesenta y los setenta, las décadas de la liberación, poco a poco el clima escolar se fue relajando con el decisivo empuje de unos padres, también nacidos en esas dos décadas, especialmente las madres sobreprotectoras de sus hijos, elevados en los noventa a la categoría de sus majestades, nos han dejado un panorama educativo y escolar, fiel reflejo de los vientos sociales, pero de creciente malestar. En este marco, no es de extrañar que empiecen a proliferar propuestas como la de Sarkozy.

Es claro que la pérdida de la autoridad natural de los docentes no tiene que ver con ellos exclusivamente. Por supuesto que hay docentes que no saben ni sabrán sostener los principios de la autoridad, sencillamente porque pueden mostrar muchos conocimientos, bagajes científico-intelectuales, sabiduría didáctica, pero escasa aptitud para hacerse respetar, para imponer normas, para sostener la mirada, para crear condiciones de disciplina sin recurrir ni a la agresividad ni a la violencia ni a los reglamentos. En una palabra para hacerse respetar. Pero en general, la época que vivimos no ha sido hasta la fecha muy proclive al ejercicio y la preparación de padres y educadores para el despliegue acertado de los métodos y técnicas de disciplina.

Toda la crítica pedagógica a la disciplina formal, imponer por ejemplo que los escolares se pongan de pie cuando entra su maestro o maestra, se ha basado en la idea de que lo importante no son las formas externas, y que el asunto central es el aprendizaje del alumno. De acuerdo, pero, para que el alumno aprenda, se requiere que haya un marco mínimo. Los pedagogos pensaron que la disciplina es algo fácil de transmitir, y sino bastaba con los reglamentos disciplinarios y negaron que hubiera que preparar a los futuros maestros para saber conducir grupos de escolares, y en especial, los más difíciles, los grupos de adolescentes.

Joaquín Costa lanzó a comienzos del siglo XX la proclama: ¡despensas y escuelas! Decía que España lo necesitaba por encima de otras necesidades. Hoy hay despensas, y epidemias de obesidad. Y hay escuelas, pero se las reclama que suplan una acción educativa que la sociedad ha abandonado. A comienzos del siglo XXI, el vecino ilustrado contempla atónito el declive de la exquisita educación: ceder el paso, saludar con cortesía, tratar de usted, no tirar pipas ni chicles al suelo, no hablar por el móvil en recintos públicos y cerrados como restaurantes o trenes molestando a los vecinos, respetar el turno, no contestar ni replicar, ponerse de pie cuando entra el maestro.

En el Louvre he visto en varias ocasiones a grupos de escolares adolescentes de distintos países escuchando atentos, sentados en el suelo y en silencio, las explicaciones de su maestra ante un cuadro. Grupos de noruegos, ingleses... atentos. También he visto a otros grupos: todos moviéndose, algunos mirando el móvil, y a maestras desesperadas enfadándose con unos y con otros. Estos grupos casi siempre eran grupos de españoles. Algo falla en el país que creó el Instituto-Escuela.

Quienes conocimos al profesor Lomana, en el Instituto Jorge Manrique de Palencia durante la década de los sesenta y setenta, tras mayo del 68, asistimos en primera línea a la lección de autoridad que se trasmitía por ósmosis, en un escenario no carente de un gran sentido del humor y de una adecuada sabiduría de las distancias entre un profesor y un alumno. No fue el único, pero para algunos de los compañeros y amigos de esa época, un símbolo.

Por supuesto siempre nos pusimos de pie.

 

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