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Urbanidad y cuidados para nosotros mismos.

El que se halla privado de los favores de la fortuna, debe tomar un estado con el cual pueda procurarse su subsistencia y la de su familia.

 

Manual de la Urbanidad y el Decoro.
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De lo que nos debemos a nosotros mismos.

Si estamos obligados con nuestros semejantes a ciertas atenciones que la sana moral ordena o autoriza, existen relativamente a nosotros mismos reglas particulares de decoro de una austeridad no menos rigurosa.

Evitar la ociosidad: primera virtud. Hemos nacido para el trabajo. Abandonados a nosotros mismos, sin ocupación que hace más apetecible el descanso, caemos en un mortal fastidio. El ocioso se entrega a una inclinación desarreglada, forma proyectos insensatos y ridículos, y cansado de sueños e ilusiones, vegeta en una especie de anonadamiento que degrada la más noble parte de sí mismo.

El que se halla privado de los favores de la fortuna, debe tomar un estado con el cual pueda procurarse su subsistencia y la de su familia. El rico debe ocuparse también de un modo u otro para evitar el tedio y el aburrimiento, y hacer, digámoslo así, menos pesadas por este medio saludable y útil las penas del indigente, obligado a doblegar su cuerpo con trabajos más duros y penosos.

Dar buen ejemplo: segunda virtud. ¡Ay de aquel que ocasiona la pérdida de sus semejantes con su libertinaje y la corrupción de sus costumbres!; será el oprobio de la generación que habrá perdido. En todos tiempos el escándalo público ha sido reprobado como un veneno sutil y como el enemigo más peligroso e irreconciliable de las virtudes sociales y religiosas.

Guardémonos bien de que trasluzcan los defectos a que estamos desgraciadamente sujetos. Ejerzamos sobre nosotros mismos la más exacta vigilancia, y que cada día se desarraigue un vicio, o nazca una virtud en nuestros corazones. Es menester también no caer en un vicio opuesto haciendo gala y ostentación de nuestras buenas obras. La modestia debe acompañarlas siempre, este es el mejor adorno que puede añadirse al mérito personal.

"El hombre de probidad debe ser fiel observador de su palabra, y jamás faltar a ella por ningún pretexto"

Horror a la falsedad y a la mentira: tercera virtud. No hay cosa más detestable que el engaño. Sin la buena fe, adiós confianza, adiós cumplimiento de las promesas, los contratos más sagrados se hacen ilusorios. Un recelo y desconfianza recíprocos reinan en la sociedad.

La mentira, ya criminal por sí misma, es todavía más odiosa entre los que se comprometen invocando al mismo Dios. Las leyes de la moral divina fulminan el más terrible anatema contra los pérfidos y falaces que procuran aprovecharse de la facilidad y sencillez de sus hermanos, y que mirando como cosa fútil los actos más legítimos y sagrados, consideran como un ardid inocente los vergonzosos medios de que se valen para eludirlos y quebrantarlos.

El hombre de probidad debe ser fiel observador de su palabra, y jamás faltar a ella por ningún pretexto.

Práctica de la beneficencia: cuarta virtud. La beneficencia ha sido siempre recomendada como una virtud civil. Varios legisladores la han continuado como precepto particular en el código de sus leyes, y en efecto, la razón nos manda hacer bien a nuestros semejantes. El decoro religioso da a esta virtud la mayor extensión, quiere que nos anticipemos a socorrer las necesidades de nuestros hermanos, que vayamos a buscar al pobre bajo su techo de bálago, que cedamos a las indigentes lo superfluo y algunas veces una parte de lo necesario; precepto sublime, cuyo cumplimiento procura al alma un placer tierno y puro, una satisfacción deliciosa que proporciona en la tierra por decirlo así, cierto goce anticipado de la felicidad futura.

 

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