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Modo de conducirnos en sociedad. III.

La conversación es el palenque en donde se ponen a prueba todas las cualidades de talento, amabilidad y finura.

 

Novísimo Manual de Urbanidad y Buenas Maneras para uso de la juventud de ambos sexo.
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Una de las dotes principales de la conversación es el decoro; guardándolo a todas las cosas y a todas las personas, nos granjearemos la reputación de atentos y delicados.

Hay frases que repugnan a la piedad de las personas religiosas, hay nombres propios que ofenden al pudor, y hay, por último, expresiones groseras que ofenden la susceptibilidad de las personas cultas. Por regla general, huiremos de emplearlas, en cualquiera circunstancia que sea, porque la cultura es hija de la costumbre, y el que usa de juramentos y frases vulgares en su casa, se expone a usarlas en la ajena.

Supongamos las palabras cogote, pescuezo, cachete, pueden sustituirse más elegantemente con las de cuello, garganta, mejilla; pero esto lo haremos sin caer en el otro extremo de emplear frecuentemente frases y palabras alambicadas.

La conversación entre personas de diferente sexo ha de estar siempre presidida por una extrema delicadeza, y la mujer, especialmente si es joven, no debe permitirse ni el más ligero abuso en ese sentido, ni dar lugar a ninguna interpretación equívoca, por sencilla que sea.

Y ya que nos dirigimos a las jóvenes, les daremos de paso algunos consejos.

Todas las reglas que hemos expuesto se refieren, principalmente, a ellas, porque su educación es la que pone de relieve sus cualidades morales. Un aire inquieto, atrevido, imperioso; una decisión y pedantería en las palabras; una desenvoltura e inmodestia en las acciones, son faltas que hacen sumamente desagradable al hombre, pero que deshonran a la mujer, de cuya virtud se juzga ordinariamente por estas exterioridades.

Nunca será bastante el cuidado que ponga en dominarse y aparecer tal como debe ser: cándida, sencilla y buena. Cualquiera que sea su mérito, cualesquiera que sean sus conocimientos, no ha de olvidar nunca que ha nacido mujer, y que debe ocultarlos bajo el velo del pudor y la modestia, que la prestan encantos indefinibles y sublimes atractivos. Todo su conato se cifrará, pues, no en parecerse a los hombres, sino en asemejarse a los ángeles sus hermanos. Debe querer brillar no por su talento, sino por sus virtudes, y servirse tan solo del primero como de un cincel para pulirlas, como pule las piedras preciosas el hábil diamantista. Las luces de su entendimiento deben estar colocadas, como las de los gabinetes de sombras, tras una espesa cortina, para que iluminen tan solo con su reflejo las figuras que se presentan a los espectadores.

Preciso es que los mágicos reflejos de su talento iluminen todas sus acciones, y presten un misterioso encanto a todos sus actos sin que se aperciba la luz de donde proceden. Cifre su conato en que le suceda al hombre, como al viajero que recorre embriagado una deliciosa campiña y percibe un fragante aroma, siendo éste el que le impulsa a coger la modesta flor escondida entre la grama.

No os fatiguéis en hacer alarde de vuestro saber y erudición; ésta se revelará en cada una de vuestras palabras, en cada uno de los actos de vuesIra vida, y no ofendiendo al hombre, que no os quiere su igual, le infundiréis suavemente una dulce simpatía. El hombre aborrece a la mujer sabia, la sociedad la rechaza desdeñosa; pero no es tal vez, como se supone generalmente, por orgullo o por envidia, sino porque el hombre y la sociedad quieren que la mujer sea formada de una esencia más espiritual que el tosco barro de que están formados ellos mismos y que su único trono esté basado sobre la dulzura, la bondad y el amor. No quieren que reine por el entendimiento, parte intermedia entre la tierra y el cielo, sino por el alma, que es la esencia de la misma divinidad.

Un aspecto afectuoso, casi tímido, una tierna solicitud por cuantos estén a vuestro lado, y una dulzura inalterable, serán las bellas cualidades que os concilien la general estimación. Cuando una mujer tiene cuidados o penas, que los oculte o no se presente en sociedad, pues su fisonomía debe respirar benevolencia, dulzura y una dulce satisfacción.

Cuando los caballeros os dirijan galantes cumplidos, recibidlos con agradecida modestia; pero si persistiesen en abrumaros con ellos, dadles a entender con finura que os hacen una ofensa ocupándose de vosotras tan frívolamente, y que sois capaces de sostener una conversación más seria e interesante; pero esto sin altanería, sin violencia, sin exageración, pues de este modo daríais a entender, o bien que concedéis mucha importancia a esos lugares comunes, o que vuestro orgullo os hace despreciarlos. No olvidéis nunca las leyes de la modestia y del decoro, y ellas os guiarán en la penosa senda de la vida.

Grabad, jóvenes lectoras, en el alma estos consejos si queréis ser constantemente queridas, admiradas y respetadas.

La natural propensión que todos tenemos a echar mano de la sátira, no ha de ser enteramente reprimida, sino ilustrada, como también la ironía, la cual comunica a la conversación cierta gracia que la hace animada y agradable; pero de ambas cosas es preciso usar con suma moderación y excluirlas de toda conversación que tengamos conpersonas respetables o que no nos infundan confianza.

No emitamos nunca un juicio que hayamos formado por sospechas, propias o ajenas, pues podemos herir la reputación de personas inocentes y causar males de suma trascendencia.

Nada más vil y bajo que la calumnia, nada hay que origine más desastres y haga verter lágrimas más amargas a sus infelices víctimas. Por bondad de corazón, por espíritu de tolerancia, por nuestra propia dignidad, no nos hagamos jamás eco de calumniosos rumores. Si el que forja la calumnia es un infame, no es menos responsable de su bajeza el que la propaga -propala-.

Por relevantes que sean las dotes de un maldiciente, todo el mundo huirá de él como de un apestado, y será rechazado de todas partes. Pensad en las gravísimas consecuencias de la calumnia, en los horribles males que causa, y en los atroces remordimientos que en una alma bien nacida tiene por consecuencia.

A vosotras me dirijo particularmente, tiernas jovencillas, a vosotras, que por vuestra educación, vuestro destino y vuestra propia debilidad, estáis mayormente expuestas a contraer el feo vicio de la murmuración.

Poned todo vuestro cuidado en no manchar vuestros labios con su veneno; procurad huir de las sociedades frivolas, en donde se hace de la mordacidad un tema obligado de conversación, y si os veis precisadas a permanecer en esos círculos, sobreponeos al contagio general con decorosa dignidad.

 

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