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La conversación. Primera parte.

Hablando con mujeres se marca más dulzura en la entonación, a los ancianos se les atestigua deferencia y a todo el mundo política y amabilidad.

 

Arte de Saber Vivir - Prácticas Sociales. Ed. Prometeo.
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La conversación.

La conversación es un arte que se perfecciona todos los días, y aunque no es dado a todos conversar con espiritualidad, se necesita tener buen gusto para no hacer un papel desairado.

Siempre que se encuentra uno en sociedad debe procurarse aportar un contingente de buen humor. Lo primero que se exige es mostrar un semblante satisfecho, sobre el que no se pueda encontrar una expresión de tristeza o de mal humor.

Hablando con mujeres se marca más dulzura en la entonación, a los ancianos se les atestigua deferencia y a todo el mundo política y amabilidad.

Es de mal gusto interrumpir a los que hablan y parecer no escuchar con interés a las personas locuaces.

El Príncipe Demidoff, narrador muy ameno, dirigía un día cumplidos a un marqués por la amabilidad con que le atendía.

- Se conoce, le dijo, que es usted un hombre bien educado en el aire con que parece escucharme.

- El Príncipe, respondió a su interlocutor, el medio de parecer escuchar es ... escuchar.

La conversación exige reserva y prudencia, porque palabras inconsiderables pueden herir a las personas que no se conocen bien. El mejor medio de evitar este peligro es de no denigrar jamás una profesión, un cuerpo, una compañía cualquiera a la que nuestro interlocutor pueda pertenecer.

"No hay nada que cause más confusión que el decir una imprudencia"

Si la conversación recae sobre las obras de contemporáneos, los juicios se han de dar con mucha reserva.

No hay nada que cause más confusión que el decir una imprudencia. Figurémonos el papel de una señora que empieza con ligereza a burlarse del traje o los modales de otra, y a quien una persona sentada cerca le dice con cierta galantería satírica: "Es mi hermana", o "es mi esposa". Queda tan en ridículo, tan confusa, tan humillada, que todas las burlas se vuelven contra ella, mientras vacila y tartamudea, sin hallar modo de disculparse.

Hablar de ideas políticas y religiosas o discutir con acaloramiento es de mal gusto siempre.

Delante de señoras particularmente, no se debe hablar nunca de edad ni herir su susceptibilidad en nada.

Los chistes subidos de color, las palabras de doble sentido y las sátiras en que se sacrifica a alguien no deben permitirse jamás, ni las usa una persona bien educada. El afán de hacer frases ingeniosas denota deseo de distinguirse o malevolencia.

Es preciso no dejarse llevar del placer de una crítica mordaz o amarga, pensando siempre en que los interesados pueden estar próximo o tener allí amigos.

Se debe, así mismo, evitar ocuparse de la vida privada de las personas, cosa de mal gusto y peligrosa.

Una cierta exageración en las expresiones está actualmente de moda, tal vez por el deseo de mostrar distinción u originalidad; pero esta distinción no se adquiere sino a fuerza de trato social, y ha de ser natural y sencilla para no caer en el ridículo. Es preciso esprit y gusto para rehuir la exageración en el lenguaje y no caer en lo vulgar y en locuciones propias de la gente del pueblo.

 

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