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Los manuales de cortesía en la España contemporánea (1875-1975). XI

Las mujeres debían guardar mayor decoro verbal que los hombres, a buen seguro porque ellas eran las depositarias por antonomasia del decoro en sí mismo

 

Departamento de Linguística General, Universidad de Almeria

Los manuales de cortesí­a en la España contemporánea (1875-1975). Libros a la venta
Manuales de cortesía. Los manuales de cortesí­a en la España contemporánea (1875-1975). Libros a la venta

Los manuales de cortesí­a en la España contemporánea (1875-1975)

Claro que la intensidad de esa opacidad que he comentado antes, o si se prefiere del irracional automatismo jergal adorniano, se encontraba asimétricamente distribuida en función del factor social sexo. No estaría de más revisar de vez en cuando estos materiales para explicar parte de la problemática que tanto acucia a la investigación contemporánea sobre lenguaje y género. Las restricciones comunicativas que imponían las buenas costumbres para las mujeres eran incomparablemente mayores que las de los hombres, tanto en las destrezas activas como en las pasivas, no sin excepciones altamente relevantes.

En efecto, las mujeres debían guardar mayor decoro verbal que los hombres, a buen seguro porque ellas eran las depositarias por antonomasia del decoro en sí mismo, como muy bien ha observado Trudgill (1972, 1974). Tanta escasez lingüística, tan inhabitual y tan prescrito uso del habla, termina por convertirlas en seres ilógicos en apariencia. Así al menos lo entendía E. de Borbón (1946), bien es verdad que justificándolo por su espíritu cargado de emotividad e impulsos, tan contrapuesto a la mentalidad geométrica de los hombres. No obstante, en el interior de esa unidad sellada que era la familia, los tópicos y las restricciones desaparecían y en la figura de la madre se depositaban los atenuadísimos márgenes de comunicabilidad interna que toleraba aquella cultura.

En tanto que responsable de la educación de los hijos, lo era también de su formación lingüística que incluía el adiestramiento en idiomas extranjeros, en lo que constituía una pauta de garantizada elegancia desde Sinués hasta Borbón.

El conocimiento de lenguas extranjeras, asimismo, parecía más conveniente para las damas, toda vez que las expectativas depositadas sobre su dominio eran sustancialmente didácticas: acceder a la mejor lectura de textos moralizantes, cuyas enseñanzas les resultarían de suma utilidad justo en esta misión educativa que les había sido encomendada.

Todo ese entramado resultaba de extraordinaria utilidad para el mantenimiento del status quo político, social e ideológico. Conocido es que las marcas de poder y solidaridad son su más efectivo agente sociolingüístico, aunque en esta ocasión tuvieron un dispar comportamiento. Los textos, manuales, cartillas y demás materiales que regularon la urbanidad lingüística en España desde 1875 a 1975 se preocuparon -mucho, por cierto- de establecer y regular el tránsito sociolingüístico a través del eje vertical desde la perspectiva del poder social, pero no sucedió otro tanto con la solidaridad. Las recomendaciones para hablar o escribir a los iguales son esporádicas, por no decir testimoniales, no sé si también fortuitas. Y, en el fondo, tampoco es tan sorprendente que sea así, cuando el tuteo estaba proscrito incluso en la familia.

Sabemos, en todo caso, que las primeras décadas con las que arranca el siglo XX tuvieron algo, bastante, más que todo eso. El lóbrego lienzo que dibujaba la cortesía y la moralidad oficiales no era más que un llamativo decorado que dejaba perfectamente dispuesto el gran escenario donde se celebraba la representación diaria de la vida social. Por supuesto que tras ese escenario discurrían innumerables bastidores en los que circulaba la otra vida de los actores sociales, no por silenciada y recóndita, menos real, incluso quizá más indicativa de sus constantes personales últimas.

La España de Franco cambió el fondo de la cortesía verbal, porque al menos en lo teórico procedía de un trasfondo sustancialmente distinto. No comparto con Negri (1989), o con sus comentaristas (Albiac, 1992), la idea de que el siglo XX ha vivido de ideologías heredadas de la centuria anterior, lo que lleva a afirmar simbólicamente su inexistencia. Estoy persuadido, por el contrario, de que sí ha tenido un producto ideológico genuino, con su correspondiente transcripción política, en el pensamiento fascista, lo que ciertamente no es un halago precisamente para la centuria que acabamos de clausurar. Pero creo que esa mística del ordine nuovo mussoliniano, del nuevo amanecer joseantoniano en España, encerraba también todo un programa político, social y hasta ético que, por supuesto, no renunciaba a imponer unas coordenadas nuevas a la historia coetánea, por lo general de manera expeditiva, cuando no monstruosa como en la Alemania nazi. De ello pienso que sí da fe la cortesía lingüística que emerge del nacional-catolicismo durante la España de Franco que refleja un orden nuevo de esas características.

Hay otra manera de entender las correctas formas de la urbanidad verbal, incluso de depararle un estatus sociolingüístico en la mentalidad de la época. Se subrayan, por supuesto, las manifestaciones lingüísticas asociadas al eje de poder, no ya desde una simple perspectiva social, sino como un principio natural y universal de la vida humana. Se eliminan todos los formulismos de la vida de los salones, tan acusadamente reveladores de la sociedad débil y moribunda que la ideología emergente pretende clausurar. A la vez surgen nuevas cuestiones, antes tan sólo planteadas de manera indirecta y hasta episódica.

Si las madres escolapias se limitaban en 1910 a recordar la falta de delicadeza que suponía usar las lenguas catalana y vasca en conversación con interlocutores que las desconociesen, la España de Franco estableció un programa sistemático de erradicación de toda manifestación vernacular en una España que, como recordaban sus enciclopedias escolares, sólo podía transcribir de manera natural su ser a través del castellano o español. Pero también, lo acabo de apuntar, el estatus sociolingüístico de la cortesía en esa España era muy distinto al de épocas anteriores; casi una cuestión curiosa, en todo caso secundaria, conveniente para las damas y más indiferente para los caballeros, como se recoge en los textos escolares, porque el verdadero nudo gordiano de la corrección lingüística estaba en el conocimiento y uso de la gramática normativa y de la fonética centropeninsular. El prestigio social ahora tiene nombres y apellidos geográficos, acordes con la concepción centralista del estado.

Sucede, y este pienso que es un detalle capital, que esta no es la única forma de cortesía verbal ejemplar de la España gobernada por el general Franco. Hubo otros patrones de elegancia verbal, como el ejemplificado por E. de Borbón, que sobrevivieron al tiempo y a la historia, como si no hubiesen existido ni la II República Española, ni la Guerra Civil, ni incluso la ascensión política de Franco en cuyo régimen vivían.

Tampoco en esta ocasión los parámetros de correcta educación lingüística son una excepción socio-histórica. Una vez más, por el contrario, testimonian que, lejos de instaurar un orden nuevo, el fascismo español también se limitó a enarbolar un espectacular aparato que, en el fondo, poco modificó las estructuras últimas del poder social y económico que se mantuvo inalterable, o casi, a través de la Restauración, la II República, la Guerra Civil y la España acaudillada por Franco. Pero esta es otra historia, quizá sí social, pero no del lenguaje, al menos de manera inmediata.

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