Los celos y las pasiones en sociedad.
La mesura y la prudencia son dos cualidades importantes que debe tener una persona educada.

Los celos y las pasiones en sociedad.
El hombre que llega a dejarse dominar de una pasión, es imposible que sepa manejarse con prudencia, porque no, ve los objetos como son en realidad, sino conforme a su pasión: un pequeño lunar le parece una deformidad enorme; unas prendas regulares se le figuran las más extraordinarias; y así sucede muchas veces no dar a cada uno lo que realmente merece, ni tratarlo con el aprecio que le es debido.
A D. C.C. le ha perturbado una sombra que se le antojó ver, y esta sombra ha llegado aser para él un cuerpo real que le hace vivir sumamente celoso, y por consiguiente inquieto e incomodado. ¡Qué de pasos no le hacen sus celos indiscretos! ¡Qué de averiguaciones! El está continuamente al acecho; él vela noche y día; pero en vez de curar su llaga, no hace si no enconarla, y hacerse más infeliz a cada instante. Para él todo es sospechoso; igualmente se le hacen temibles sus amigos que sus enemigos, los extraños que sus parientes y sus domésticos. Una palabra, una mirada, una sonrisa son otros tantos clavos que le traspasan el alma. ¡Qué diligencias no hace para descubrir un secreto que él mismo teme saber! ¡qué indagaciones para penetrar un misterio que solo por su quietud no debía sondear!
¡Pobre mujer! Qué vida tan amarga no te hace vivir tu necio marido. El es más infeliz que tu. Si tu conciencia, ese instinto divino, esa voz que tu escuchas en lo más íntimo de tu alma, y que te inspira que digas: "yo no he obrado mal", es un dulce y eficaz consuelo que te hace estar tranquila en medio de esa tormenta. Tu te has erigido un trono dentro de tu corazón, y desde allí miras bajo de tus pies a todos esos placeres que no son permitidos, y triunfas de ellos con valor, y triunfas igualmente de ti misma.
Sí, bárbaro; tu esposa, de la que te haces cada día más indigno, tiene el alma más elevada que tú; la castidad y la fidelidad forman todas sus delicias, y no quiere comprar por un momento de placer un amargo y duradero arrepentimiento. ¿Qué has visto para que la trates como a una esclava, observándole de continuo sus pasos, y poniéndole guardas, y espías para que velen a su conducta? Aun cuando hubieras notado en ella algún ligero descuido, sepas que el medio del rigor que has, tomado es el más seguro pata hacerla infiel; a las guardas y a las espías se las puede corromper fácilmente, y hacerlas instrumentos de tu deshonor. El corazón de una esposa que, tal vez por ligereza más que por malicia, ha dado algun motivo de sospecha, no debe conducirse a su deber sino por el medio de la discreción, de la dulzura y del cariño; un trato duro la hará, tal vez, tomar algun partido en el que no hubiera pensado jamás.
C.C., vuelve sobre tí; calma esas varias sospechas que te inquietan, y turban la paz doméstica; tu celosa pasión, a la que te has entregado por un capricho no más, te hacen ver las espumas como si fueran montañas. Tu esposa ha sabido unir la virtud a su hermosura; su alma noble, sus tiernos y generosos sentimientos, la estimación universal que ha sabido grangearse, y su mismo honor deben asegurarte de su amor y de su fidelidad.
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