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Las personas orgullosas.

La arrogancia y la vanidad excesiva no hacen que una persona sea más estimada por los demás.

 

Reflexiones sobre las costumbres. 1818.
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Las personas orgullosas.

Los que viven en sociedad no pueden dejar de tener a cada paso motivos para quejarse unos del mal proceder de otros; pero si hubiéramos de sostener siempre nuestros derechos con todo el exceso del rigor, sería preciso que huyésemos unos de otros, y nos retirásemos a los bosques para vivir en una soledad absoluta. ¿Por qué no hemos de disimular una desatención que se nos haga? ¿Por qué nos hemos de desazonar por una falta de urbanidad, o por qué no se nos guarde todo aquel respeto que nos imaginamos merecer, cuando regularmente merecemos mucho menos de lo que imaginamos? El que pretende que en todas partes donde se halle se le tributen escrupulosamente todos los honores que juzga le son debidos, jamás vivirá contento, nunca será feliz, porque nunca gozará de aquella tranquilidad de espíritu que constituye nuestra mayor felicidad; antes por el contrario, siempre andará inquieto, en ninguna parte encontrará aquella satisfacción que busca, porque nunca recibirá todos aquellos tributos de respeto y veneración que allá en su mente ha concebido debérsele de justicia. Y si tiene ía petulancia de reprender, o injuriar al que incurre en estas faltas, además de que pierde aquel resto de estimación que le tenían, se expone tal vez a mil zumbas insultantes.

Verdad es que el hombre debe sostener todo lo que corresponde a su dignidad y carácter; pero sin afectación, y sin aquella delicadeza excesiva que regularmente degenera en pretensiones ridiculas y pueriles, y que más sirven para excitar la burla, que el respeto. El hombre que piensa modestamente de sí, jamás se ocupa en buscar aplausos, ni se fatiga tras la vana sombra de los honores. Cuando se los tributan los recibe con modestia, cuando se olvidan de tributárselos no los exige; y en el caso de que le hagan alguna desatención la disimula y aun la compensa con un fino y sincero agasajo. ¡Qué rasgo de urbanidad para grangearse la veneración y el amor!

Pero D. N.N. no entiende de estos primores; él quiere que a toda costa se le rindan cuantos inciensos y adoraciones se ha encaprichado allá en su estólida cabeza. Observadlo en lo interior de su casa, y veréis con que aire de mando y señorío trata a sus criados. Como si fueran animales de otra especie los mira con desprecio, los reprehende por capricho, dándoles los graciosos epítetos de bestias, brutos, canallas y otros infinitos que tiene en su diccionario de urbanidad. Si alguno llega a pedirle algún favor, tiene el mezquino gusto de hacerle esperar en la antesala, causándole a las veces notable perjuicio en el tiempo que le hace perder allí, y que necesita para el cumplimiento de sus obligaciones. Reparad, pues, cuando permite que se le presente, ¡con que ademán soberbio le recibe! Apenas se digna de volver hacia él su rostro desdeñoso; si le contesta, solo es con monosílabos; y por remate de aquella escena disgustosa se lo deja hecho una estatua de hielo con una seca y áspera negativa. ¡Qué política! ¡Qué nobleza de alma!

Seguirlo cuando sale de casa, y lo veréis caminar con la cabeza fieramente erguida. En su rostro se ve impreso el carácter de su orgullo, y pintado su ademán despreciador; su aire insultante, y su andar denodado manifiestan que no ha nacido sino para tratarse con los de su clase, y que no debe mirar el resto de los hombres sino como hongos nacidos de la tierra. Yo fijaría en las espaldas de D. N.N., como fijaron en otro tiempo, en el de D. Quijote, un cartel que dijera asi: "Este es el sin par caballero D. N.N.; la sangre que circula por sus venas es de otro color que la de los demás hombres; su nobleza no está en sus obras, sino en las ahumadas imágenes de sus mayores; trátenle todos con el respeto que se merece".

 

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