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Buenos modales a la hora del paseo

El comportamiento en los espacios públicos es importante para no quedar como un niño poco educado

 

Urbanidad para el uso de los alumnos. 1848.

La forma de caminar cuando se sale de paseo
El paseo y los buenos modales. La forma de caminar cuando se sale de paseo

La forma de caminar y comportarse cuando se sale de paseo

Aquella urbanidad

Un niño bien educado no corre por las calles, ni grita al hablar con sus compañeros y en términos que cuantos pasen por su lado le oigan; no atropella a los que se hallan inmediatos; no escupe sin mirar antes si puede molestar o manchar; en fin, un niño bien educado se presenta en el paseo como un hombre maduro.

Su andar es ni apresurado ni muy pausado, llevando el cuerpo derecho sin afectación, y las puntas de los pies un poco hacia afuera; si hay mucho concurso, procura no tropezar con las gentes, cediendo siempre la derecha a los que vienen en dirección opuesta; saluda urbanamente a los sujetos a quienes conoces, y no se separa repentinamente de sus compañeros para dirigirse a hablar a otra persona, haciéndolo, en caso necesario, sin atropellamientos y con anuencia del ayo.

En el caso de pasear con su familia u otros sujetos, debe el alumno dar la derecha a sus mayores, y cuando el terreno, por su estrechez, obligue a pasar de uno en uno, debe esperar que pasen primero los demás.

Esto mismo ha de observarse para subir a un carruaje o escalera, entrar en casa, iglesia u otro paraje; cuando hubiese de variar de sitio, lo hará pasando siempre por la espalda de las personas intermedias, o pidiendo la excusa, cuando sea absolutamente preciso pasar por delante.

Cuando se pasea con otras personas, se ha de colocar constantemente en el centro al de mayor edad o rango, si pasan de dos; pero cuando son tres o cuatro que en sala o paseo repiten la distancia, se ha de tener cuidado, siendo iguales, de procurar alternar la colocación en cada vuelta, entrando en el centro el de fe derecha siendo tres, y los de los extremos siendo dos.

Es muy ridicula la costumbre de mover mucho los brazos; y ni en la calle, ni en cualquier paraje público debe un niño burlarse de los defectos ajenos en términos de ridiculizar al que los tiene; toda persona bien educada se hace estimar compadeciendo a todo el que tiene la desgracia de ser cojo, manco, etcétera, al paso que el niño burlón se expone a ser ofendido justamente.

 

 

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