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El decoro religioso y cumplir con las obligaciones.

Al entrar en el templo del verdadero Dios, se empieza por tomar agua bendita y santiguarse.

 

Manual de la Urbanidad y el Decoro.
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Del decoro religioso.

Existe un Dios Omnipotente Criador del universo. A él somos deudores de nuestra vida, de nuestra conservación, de nuestro bien estar. Él colocó en el espacio esos globos de luz que fecundan nuestras cosechas y guían nuestros pasos en la oscuridad. Todo en el mundo atestigua su poder y su grandeza, todo anuncia su gloria infinita. ¿Y el hombre permanecería mudo e insensible espectador de tantas maravillas? No: el hombre, natural dependiente del Ser Supremo, le debe respeto, subordinación, y reconocimiento.

¿Existe acaso un tributo más legítimo, un deber más sagrado que el homenaje que rinde al principio constitutivo de todas las cosas, al autor de todo bien? Sería la más monstruosa de las ingratitudes dejar de cumplir con el Dios de bondad los deberes que nos imponen los beneficios de que nos colma continuamente. Quien los desconozca, se expone a un oprobio merecido, y puede compararse a las bestias feroces que muerden la mano que les procura la subsistencia.

El hombre penetrado de la grandeza de Dios y de sus admirables obras, le dedicó en las ciudades, en medio de sus habitaciones, templos públicos para honrarle, y acudir en días señalados a ofrecerle su incienso, y el tributo solemne de sus adoraciones.

El culto que se consagra a Dios en estos santos edificios, exige de nosotros un decoro bien distinto del que debemos observar con nuestros semejantes en el comercio de la vida. En la sociedad, el hombre solo tiene relaciones con el hombre; y a pesar de la desigualdad producida por el nacimiento, la clase, la dignidad o las riquezas, no es muy considerable la distancia. Todos son seres creados, sujetos a las enfermedades, a los infortunios, a la destrucción. Tarde o temprano los unos y los otros perecerán, y su polvo mismo será un irrefragable testimonio de la vanidad de sus títulos y de la nada de su pretendida superioridad.

"Es muy contrario a la santidad del lugar pasearse en una iglesia como en una plaza pública"

Pero, ¡del hombre a Dios! ¡Qué inmenso intervalo! ¡El Ser incorruptible, eterno, soberanamente perfecto, comparado con la criatura hedionda destinada a la muerte y al olvido, y sujeta a todas las imperfecciones! Este es el origen del respeto religioso, del acatamiento y veneración, dispuestos y guardados siempre por todos los pueblos del mundo en los templos dedicados al Autor de la naturaleza.

Al entrar en el templo del verdadero Dios, se empieza por tomar agua bendita. Si vais acompañados de alguna señora, o de otra persona a quien debáis respeto o preferencia, adelantaos para presentársela con atención, ofrecedle una silla si la hay, y colocaos luego detrás de ella. Mostraos muy recogidos, y seguid exactamente lo que se practica durante el oficio divino. Es preciso sentarse, estar en pie o ponerse de rodillas, según lo exijan las ceremonias del culto.

Presentaos en los templos, vestidos decentemente sin ostentar fausto, lujo, ni magnificencia. ¡Un corazón puro! He aquí lo que Dios aprecia, toda gala intempestiva le disgusta y ofende.

Es muy contrario a la santidad del lugar pasearse en una iglesia como en una plaza pública, hablar en ella como en una casa particular, echar miradas de curiosidad a todos lados, escandalizar a los concurrentes y perturbar con una postura irreverente o inmodesta el fervor y la compunción de las personas religiosas.

Lejos del Arca santa aquellos hombres impuros, cuya presencia insulta al Señor en su mismo santuario. Pensad que en aquel recinto habita el Dios de las naciones, el protector de vuestras familias, y que no debéis acercaros a él sino con un corazón contrito, una adhesión respetuosa, una humildad verdadera. Si ponemos el mayor cuidado en tomar un exterior sumiso y atento, cuando tenemos que presentarnos a algún personaje de quien aguardamos alguna gracia, o a quien vamos a agradecer los beneficios recibidos, ¿con qué humillación no debemos comparecer ante aquel que es el manantial de todos los tesoros, el dispensador supremo de las fortunas, que levanta y destruye los imperios, y tiene en sus poderosas manos los destinos del mundo?

 

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