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Modo de conducirse dentro de la casa. I.

El hábito es una segunda naturaleza, y lo que nos parezca imposible al principio, nos será sumamente fácil con el tiempo.

 

Novísimo Manual de Urbanidad y Buenas Maneras para uso de la juventud de ambos sexo.
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Del modo de conducirse dentro de la casa.

La vida es muy corta y debemos aprovecharla. El tiempo es una moneda que una que una vez cambiada ya no volvemos a recobrarla.

La persona exacta y metódica, siempre hallará tiempo suficiente para dar cima a todas sus tareas. El orden también contribuye a que pueda aprovecharse el tiempo. El que tiene todos sus objetos revueltos y amontonados, pierde unos instantes preciosos buscando lo que le hace falta, y a veces el cansancio y el fastidio le hacen perder los deseos de ocuparse.

La variedad en nuestras horas de comer, de vestirnos, de salir y recibir visitas, molesta a nuestra propia familia, y aun a las personas que tengan que tratar con nosotros de algún negocio.

El hombre inmetódico no puede ser formal, porque no es dueño de sus horas y promete lo que el desarreglo no le dejará cumplir.

La mujer sin orden nunca estará vestida y peinada a tiempo, nunca tendrá su casa arreglada, porque los muebles amontonados no se arreglan ni limpian pasada la hora natural de hacerlo.

Acostumbrémonos a proceder con método en todas nuestras operaciones. El hábito es una segunda naturaleza, y lo que nos parezca imposible al principio, nos será sumamente fácil con el tiempo. El tener orden es el mejor medio de no fatigar inútilmente nuestro entendimiento y de que el trabajo luzca mucho más.

La mujer debe, pues, cuidar de él con suma asiduidad. En la casa en donde no lo haya, ni habrá nada con concierto, ni los criados servirán más que para fatigarse inútilmente.

El espíritu de desorden del ama de casa se comunicará a todos, y al desperdicio del tiempo se seguirá el del dinero; al mayor gasto los mayores empeños, y a los empeños la ruina de la hacienda. Además, una madre transmite sus costumbres a sus hijos, y los vicios que se adquieren en la infancia, rara vez se borran con el tiempo.

Pero por muy precioso que sea el método, observemos, como con la limpieza, que se hace muy insoportable el trato de personas que sometan a severas reglas las más insignificantes operaciones, y que no se apartan una línea de la conducta que se han propuesto seguir, suceda lo que suceda. Si es muy loable tener todas las cosas arregladas, no hay nada tan fastidioso o incómodo como las personas exageradamente minuciosas.

Antes de acostarnos veamos si hemos cumplido todos nuestros deberes, y si lo hemos hecho, despidámonos afectuosamente de los individuos de nuestra familia.

Si habitamos con personas extrañas en una misma pieza, o dormimos en su misma cama, tendremos cuidado de no hacer ruido y no conservar luz, si creemos que puede incomodarlas.

Desnudémonos con recato, aunque estemos solos, porque esto no nos dispensa de ser honestos, y conservemos alguna ropa al entrar en la cama, porque es muy repugnante la costumbre de dormir desnudos.

Evitemos el roncar, que es siempre efecto de un mal hábito o de una mala postura, y procuremos que nuestros movimientos durante el sueño sean siempre apacibles.

Casi todas estas faltas, que tanto molestan a los demás, son siempre efecto de hábitos perniciosos, como lo es así mismo acostumbrarse a satisfacer de noche necesidades corporales.

Cuando nos despierten durante el sueño por una ocurrencia cualquiera, no mostremos enfado ni mal humor, como acostumbran a hacerlo algunos, aunque sea por la mañana.

Si estamos desvelados, procuremos no hacer ruido ni perturbar el sueño de los demás, pues esto es un acto de insufrible grosería.

Hemos dicho que el tiempo es una joya que una vez perdida jamás vuelve a recobrarse. No malgastemos las horas entregándonos a un sueño excesivo, porque el que se levanta tarde no tiene tiempo para nada.

Vistámonos con decencia antes de salir de nuestro aposento, y al presentarnos a nuestra familia, saludémosla con dulzura y afabilidad.

En casa debemos estar siempre decentes, porque el desaliño es muy reprensible, sobre todo en una mujer. La natural compostura es en ella siempre un deber, pues es preciso que sirva de norma a sus hijos y a sus criados. Si es casada tiene una imprescindible obligación de agradar a su marido, pues sería inferirle una grave ofensa adornarse para los extraños y reservar el desaliño para él.

Sea nuestro vestido sencillo, pero limpio y elegante, de modo que estemos siempre dispuestas a recibir las visitas de nuestras amigas.

Procuremos alhajar nuestra casa con la decencia que exija nuestra posición, y que guarde una perfecta armonía con el lujo de nuestros trajes.

Nada hay que suavice tanto las penas de la vida como la paz doméstica. Allí está el descanso del alma fatigada por las luchas del mundo, y allí está el asilo de la verdadera felicidad que Dios nos concede en este suelo.

Procuremos no turbarla jamás con nuestras riñas pueriles, que a veces suelen atizar la tea de la discordia.

Cuando la paz abandona el hogar doméstico, la felicidad sigue su vuelo y se escapa para siempre.

Formemos en nosotros el hábito de ceder de nuestro derecho, siempre que nos veamos contrariados en materias de poca entidad, y aun en todas aquellas en que el sostener nuestra opinión no nos haya de reportar ventajas muy positivas. Ocultemos, cuidadosamente, nuestro, tal vez, inmotivado mal humor, y seamos siempre condescendientes, afables, benévolos y tolerantes. Este pequeño sacrificio de amor propio cumple generalmente a la mujer. Sea ella la constante conservadora de la paz doméstica, como las antiguas vestales lo eran del fuego sacro. Piense que no hay ningún sacrificio que pueda ser costoso para comprar esa dulce paz, que es el bálsamo de la vida.

 

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