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Deberes en reuniones y conversaciones. I.

Manifestar que no perdéis una palabra de cuanto los otros dicen y que experimentáis los afectos que tratan de mover en vuestro ánimo, es un deber tan evidente que no necesita encarecerse.

 

El nuevo Galateo. Tratado completo de cortesanía en todas las circunstancias de la vida.
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Los deberes en reuniones y conversaciones.

La atención en las reuniones se divide en dos ramos muy diferentes, de los cuales el primero comprende aquella afectuosa sensibilidad que adivina las necesidades de los demás y las previene, y el segundo comprende las actitudes exteriores que demuestran que el razonamiento de los demás ocupa nuestro ánimo por entero. Supongamos que una señora, que animada por la sensibilidad dicha dirige una conversación, y observemos sus efectos. La prontitud con que contesta a las preguntas hace suponer que su atención está ocupada exclusivamente en las respuestas; y sin embargo no es así, sino que se divide, se multiplica y está presente a todos los pensamientos de los reunidos; no se os escapa una mirada que ella no la vea, no decís una palabra que ella no oiga, no hay en la conversación una persona a quien ella olvide. Observa en un ángulo a uno que no habla por timidez, y con la sonrisa de la confianza le hace una pregunta; nota que la locuacidad de otro comienza a fastidiar a los demás, y con el mayor tino cambia el asunto de la conversación sin que él lo advierta.

Un adversario vuestro os apura con argumentos tan, apremiantes que estáis a punto de quedar vencido y ella entonces acude a vuestro auxilio con una chanza. Si se os ha escapado de la boca una palabra a la cual se atribuye un sentido siniestro, ella explica vuestra intención con una facilidad admirable; y si cometisteis un error que puede ser nocivo, os saca del apuro con su presencia de espíritu; no os atrevéis a leer una carta que os presentan, y ella pide por vos el permiso a los presentes manifestando que sabe su importancia; querríais partir y no os atrevéis, y ella os echa en cara que olvidáis vuestros deberes en gracia de los amigos, y os manda partir, so pena de caer en su desgracia. Es verdad que ha ganado en el juego; mas si la escucháis se debe a que la habilidad de su compañero ha corregido sus disparates, sin lo cual hubiera perdido.

Esta noche está libre la jaqueca, y lo debe a las graciosas ocurrencias y a los chistes de la velada anterior. Observad con que gusto fija de cuando en cuando sus miradas en alguno de los presentes y parece que su fisonomía se anima y embellece. ¿Queréis saber por qué ? Porque éste le ofreció ocasión de ser útil a un desgraciado. Sin pretender dominar en la conversación sabe dirigirla con habilidad, y casi puede decirse que sabe hacer que comparezcan los personajes en la escena, quedándose ella entre bastidores. Hace que cada uno luzca por lo que vale sin aire de protegerlo, porque sabe distribuir los papeles según los alcances de cada cual, su genio o su talento. Si habéis hecho una buena acción y no habláis de ello por modestia, ella que lo sabe y que no lo ha olvidado, aguarda a que toda la tertulia esté reunida, y entonces, por decirlo así, os toma de la mano y os presenta a las miradas de los reunidos en medio de los rayos de vuestra gloria.

Muchos escritores acostumbrados a frecuentar burdeles han satirizado al bello sexo y tenían razón, porque el primer deber de un viajero es ser verídico; mas el que ha tratado con mujeres que reunían la flor de la gentileza con las más amables virtudes, también tiene obligación de ser exacto.

Manifestar que no perdéis una palabra de cuanto los otros dicen y que experimentáis los afectos que tratan de mover en vuestro ánimo, es un deber tan evidente que no necesita encarecerse. Por esto, es una descortesía, mientras otro habla, entretenerse con el abanico, con el perro, con los guantes, con la caja, con el cabello, o bien volver acá y acullá la cabeza, o hacer gestos a uno, sonreírse con el otro, en una palabra, manifestar en el rostro cierto aire que no corresponda a la sensación común despertada por las palabras del que habla. En fuerza de esta distracción, cuando el discurso se prolonga y se hace interesante, nos vemos obligados a confesar que perdimos el hilo, y fastidiando a los demás hemos de rogar al que habla que lo anude en nuestra mente. La distracción de otros, a mas de ser un ultraje para el que habla, llega hasta trastornar sus ideas, mientras que la atención ajena contribuye a recogerlas. La distracción además es nociva para nosotros mismos, porque nos hace repetir las preguntas, prueba fragilidad en nuestra memoria, nos hace incurrir en errores y disparates que nos ponen en ridículo, y nos hace descubrir a despecho nuestro los sentimientos del ánimo.

Suelen ser causa de distracción el fastidio nacido de un razonamiento poco interesante o acerca de cosa ya sabida, y el triste concepto en que tenemos al que habla, de donde resulta que muchas veces nosotros mismos causamos la distracción de los demás. En segundo lugar la irreflexión habitual que deja correr sin freno la imaginación, no curando de la realidad de las cosas que nos rodean, y en tercero, el deseo de responder por vanidad o por otro sentimiento reprobable. Hay hombres que cuando otro habla concentran su pensamiento acerca de lo que deben contestar, y temiendo que se les escape la idea que se les ha ocurrido se ocupan en conservarla y en impedir que otras vengan a usurpar su puesto.

El hombre abstraido, al fin no es más que una cabeza débil que se deja dominar por las ideas que le ocurren, o un hombre vanidoso que se finge ocupado en altos pensamientos. Pretender pasar por filósofo mostrándose abstraído y cerril, es creer que un hombre puede parecer rico llevando una capa raída. Quien a la cultura de las ciencias reúne modales finos, manifiesta fortaleza de ánimo como dos; quien a la cultura de las ciencias reúne modales rudos la manifiesta como uno, porque la rudeza es natural y la finura es hija de la educación, por lo cual rigurosamente hablando, el abstraído, lejos de encumbrarse se degrada, porque su comportamiento prueba o puede probar que es bastante para cultivar las ciencias, más no bastante para cultivar las ciencias y cultivarse a sí mismo. Pueden cultivarse las ciencias sin ser un hombre ordinario, porque las ciencias quieren que de la soledad pasemos a la sociedad más amable y gustan de tener secuaces, no estúpidos admiradores o enemigos.

 

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