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Los chistes en sociedad. II.

Se provoca la risa hablando de objetos bajos y plebeyos en tono grandioso y elevado con el cual reciben aquellos un aire cómico y gracioso.

 

El nuevo Galateo. Tratado completo de cortesanía en todas las circunstancias de la vida.
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Los chistes.

Son también materia de risa las malas inteligencias, como por ejemplo, cuando un discurso es tomado en sentido opuesto al que le da quien lo pronuncia, de donde nace una contrariedad entre la pregunta y la contestación y una divergencia muy sensible. Pedro pregunta a Pablo a donde va y este le contesta, traigo pescado. A esta clase pertenecen las burlas que contienen cierto engaño inesperado, que causa molestia a alguno sin ocasionarle dolor ni pena grave.

Se entiende por deformidad moral la que no está arreglada al modo usual como hablan los hombres, mientras no turbe el orden social, pues entonces degeneraría en maldad, la cual no engendra risa sino odio. Por esto hace reír la incongruencia de carácter y parecen agradablemente absurdas las jactancias en boca de un cobarde y las sentencias graves en los labios de una meretriz o de otras personas de la misma calaña. Lo son igualmente todos los caracteres y las acciones todas que tienen aire de singularidad, esto es, que se separan de las costumbres admitidas.

Las pasiones violentas despertadas por causas leves, por ejemplo, cuando se desvanece un proyecto de matrimonio, de comercio o de otra sociedad cualquiera porque contienden los contrayentes acerca de los títulos que deben ponerse en la escritura de contrato; y las recíprocas vanidades se chocan como dos balas que moviéndose en direcciones opuestas vienen a dar una con otra en medio de una mesa de billar.

En cuanto a las deformidades físicas siempre será gran descortesía convertirlas en objeto de burla y de chiste, porque no son imputables al que las tiene.

A veces nace la idea de lo ridículo al ver tratar en estilo ligero y burlesco asuntos graves y severos, lo cual mueve agradablemente la malignidad del corazón humano que siempre goza al ver puestos en el mismo nivel los objetos eminentes y los más comunes, y esta es la copiosa fuente de las parodias; otras veces, por el contrario, se provoca la risa hablando de objetos bajos y plebeyos en tono grandioso y elevado con el cual reciben aquellos un aire cómico y gracioso, mientras bajo la apariencia de alabanza son hechos ridículos, y la crítica resulta tanto más picante cuanto es más disimulada.

Sin discurso de ninguna clase se puede poner en ridículo con una sola alabanza que está desmentida por los hechos. Batru que tenía motivos de queja contra el duque de Epernon, publicó un libro titulado "Las grandes empresas del duque de Epernon", pero todas las hojas del libro estaban en blanco.

La ridiculez que resulta del improviso descubrimiento de semejanzas o contariedades no comunes no puede atribuirse absolutamente a la malignidad humana, como se deduce del hecho siguiente: Un labrador fue a quejarse al alcalde de que le habían robado un jumento, y después de hablar de su pobreza y de la picardía que le hizo el ladrón, para presentar más sensible su pérdida le dijo: "Si hubieseis visto mi asno, aun comprenderíais mejor con cuanta razón me quejo, pues cuando tenia la albarda encima parecía un señor". La risa que nos causa este discurso, no previene de ver al señor rebajado al nivel del asno, sino al ver que la afición del labrador al esforzarse para engrandecer la idea, sale de improviso con un parangón nuevo y cree hallar semejanza entre el asno y el señor.

En todas las cosas hay ciertos límites que no deben traspasarse y condiciones a las cuales es indispensable someterse, pues si se obra de otro modo se va lejos de la meta a donde se proponía uno llegar, y no se consigue el objeto que se proponía. El fin a que aspiramos y los medios que podemos poner por obra sirven para hacernos conocer aquellas condiciones y aquellos límites. Los chistes y las bromas que tienden a divertir la reunión se pueden considerar en la persona que las dice, en la persona que es su objeto, en los presentes que los oyen y en la índole de éstos. El hombre gentil no se ríe ni hace reír a la manera de los locos, de los necios, de los borrachos, de los estúpidos y de los bufones.

Fenelon no bromea como el arlequín, ni el hombre de gusto confunde el delicado sonido del arpa con el atronador ruido de las campanas. El hombre se convierte en bufón cuando induce a los otros a reírse de sus propias necedades, cuando a los dichos agudos sustituye bufonadas y cuando se transforma en actor en lugar de seguir siendo narrador. El hombre que con sus agudos dichos aspira a excitar la risa en los demás no debe ser el primero en reírse, pues un chiste soltado con seriedad es de más efecto. Se haría ridículo si por cosa de tan poco momento pretendiese ser aplaudido, y recordara que divirtió a esta o a la otra comitiva con tal o cual broma y la repitiera con apariencia de ufaneza.

No conviene convertir en objeto de broma mordaz a los hombres estimados, ni imitar a Aristófanes, a quien después de tantos siglos aun se le vitupera haber puesto en ridículo a Sócrates. Tampoco a las personas muy estúpidas, porque no hay gloria en ponerse en pugna con ellas; tampoco a los desgraciados e infelices, porque sería una crueldad, excepto el caso en que fuesen jactanciosos; a los hombres muy sensibles, porque una broma de este género los envilece; tampoco a los vengativos, porque nos arriesgamos a pagar la pena de nuestro atrevimiento, y tampoco a los ignorantes poderosos, para quienes una broma es un puñal agudísimo que se les clava en el pecho.

Tal vez es mejor dejar pasar una broma sin contestación que empeñarse en una lucha con la persona que no tuvo intención de zaherirnos, lo cual evita aclaraciones que en vez de aproximar los ánimos, los alejan. Cuando es imposible disimular y los demás están dispuestos a reírse a costa vuestra, reíros también vosotros, sobre todo, no os mostréis resentidos o disgustados. Diariamente se ven personas descorteses que no saben responder a una broma inocente sino con injurias y villanías, y por esto toda persona prudente que no gusta de comprometerse, evita su contacto. Si no es lícito responder con aspereza, es preciso redargüir y volver la pelota a quien la arroja, lo cual es un derecho del juego, derecho que debe respetar todo hombre razonable.

 

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