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De la conversación. Parte III.

La mentira es indigna de un hombre de honor, se descubre muy fácilmente en el mundo, y expone a un bochorno y la ridiculez.

 

El hombre fino al gusto del día, ó, Manual completo de urbanidad, cortesía y buen tono.
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De la conversación.

No mintáis jamás, pues fuera de que la mentira es indigna de un hombre de honor, se descubre muy fácilmente en el mundo, y expone a un bochorno y la ridiculez. Todo lo ha leído, Arcas, dice Labruyere, a quien citamos tan a menudo, porque sabe dar a los preceptos más sabios un giro original e ingenioso. Arcas lo ha visto todo, y lo quiere persuadir así: es un hombre universal, y quiere hacerse pasar por tal, y prefiere el mentir a estar callado, o aparentar que ignora alguna cosa. Si en una mesa se habla de un grande de una corte del Norte, toma inmediatamente la palabra, se la quita a los que iban a decir lo que de él sabían, y se introduce en aquella remota región, de las mujeres del país, sus leyes y sus usos; cuenta anécdotas allí sucedidas, las da por muy graciosas, y él mismo se ríe a carcajadas. No falta en la concurrencia quien se atreve a desmentirle y probarle claramente que dice cosas que no son ciertas; pero no por eso se turba Arcas; al contrario, se anima más contra el interruptor. Nada digo y nada cuento, dice, que no lo sepa originalmente; lo sé por M.N. embajador de Francia en aquella corte, que ha vuelto hace algunos días, a quien conozco familiarmente, y le he preguntado con todo cuidado, y no me ha ocultado circunstancia alguna. Vuelve con esto a tomar el hilo de la conversación con más confianza que la había empezado, hasta que alguno de los convidados le dice: "pues ese con quien habláis es el mismo embajador que acaba de llegar de su embajada".

Es muy difícil hablar a tiempo. Hay materias sobre las que un hombre urbano y circunspecto no emprende a hablar sino temblando, y tales suelen ser en cuanto pertenece a las mujeres. Es su honor tan delicado, tan tenue el hilo de su reputación, que un soplo puede cortarle; y así es que cuando se ha de hablar de mujeres es preciso dar siete nudos a la lengua, como suele decirse, antes de empezar. Al referir la aventura de la señora N. o al contar con un modo irónico la anécdota del día, se compromete a veces el honor de las familias; y aunque se consiga hacer sonreír a la malignidad, no se adquiere la mejor opinión de sí propio. Las mujeres no gustan de que se pongan de manifiesto sus debilidades, y que se mire como juego una cosa en que constituyen ellas la felicidad de su vida. Hablad siempre bien de las mujeres, excusadlas, y pensad que en la sociedad es el más bello papel el de ser un caballero.

"Al hablar de vuestra persona, hacedlo poco y con modestia"

También se tropieza en el mundo con gentes que son como bufones de profesión y encargados de divertir a los otros. Su memoria está atestada de cuentecillos, de chistes, de equívocos, y poco a poco se hacen los móviles de todas las chanzas; pero para sostener este papel es indispensable mucho pulso e ingenio, y a veces no es estimado, porque siendo un pobre oficio el de hacer reír a los demás, no se gana con él, el aprecio ni consideración. Sed, pues, alegres sin ser serios, pero guardaos muy bien de haceros graciosos de profesión.

Al hablar de vuestra persona, hacedlo poco y con modestia. Estamos siempre muy prevenidos para no conceder a otro las cualidades que quiere darse; y se reconocen con gusto las que él oculta y procura disimular.

Puede dividirse el hablar, en hablar bien, en hablar con facilidad, en hablar con exactitud, y en hablar a tiempo. Contra esto último pecan los que se extienden describiendo un banquete magnífico delante de gentes de una fortuna mediana y que tienen una mesa muy frugal; en decir maravillas de su propia salud delante de los enfermos; en hablar de sus riquezas, rentas y muebles a un hombre que no tiene renta, ni domicilio; en una palabra, en hablar de su felicidad delante de desgraciados. Esta conversación es muy fuerte para que pueda ser sostenida, y odiosa la comparación que necesariamente forma el oyente entre su estado y el vuestro.

No habléis a cada uno sino de aquellas cosas que puede entender. No habléis de caza a un religioso, ni de ritual a un militar. Guardaos de manifestar vuestros conocimientos en química delante de una mujer, y de modas y de tocador a un físico.

Acomodaos siempre a la edad, a los conocimientos y a la situación de las personas, pues que hay discursos que pareciendo en sí simples y naturales, son duros y crueles cuando se dirigen a ciertos individuos. Por ejemplo, es muy cierto que perdido el honor no se recobra jamás; pero abusaríais de vuestra posición si ostentaseis grandes máximas y decís que,

Una isla es el honor tan escarpada,
que una vez fuera de ella, no hay entrada.

delante de una mujer notada por alguna aventura ruidosa o delante de un hombre que ha cometido una falta de que tenga que avergonzarse.

 

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