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Cortesía de unas naciones a otras. III.

Los embajadores extranjeros son particularmente invitados a las fiestas nacionales y de la corte.

 

El nuevo Galateo. Tratado completo de cortesanía en todas las circunstancias de la vida.
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La cortesía de unas naciones a otras.

En los Estados actuales los embajadores extranjeros son particularmente invitados a las fiestas nacionales y de la corte; los príncipes se regalan recíprocamente sus órdenes de caballería, y visten luto por la muerte de cada uno de ellos; hacen tratados de comercio, que, según los casos, pueden ser aprobados por la economía, lo mismo que por la moral; se remiten unos a otros las requisitorias para la extradición de los malhechores; a veces, en medio del furor de la guerra, se dejan ilesos los buques mercantes; antes de acudir a las armas, discuten en un congreso acerca de sus diferencias, muchas veces aceptan la mediación de una potencia neutral, y rara vez comienzan la guerra sin haber hecho antes una declaración formal de la misma; tratan a los prisioneros según su graduación, quizás con refinada barbarie velaba con palabras humanas, para que los hospitales y las privaciones sieguen aquellas vidas que no pudo segar la espada en el campo de batalla, según de los ingleses lo aseguran los franceses, y tal vez con verdadera y positiva humanidad, para que al volver a su patria los vencidos tributen elogios a los vencedores.

No causan aquellas destrucciones ni aquellos estragos que eran comunes en la edad media, ni arrastran a la esclavitud a las poblaciones vencidas. Han abolido recíprocamente aquellas franquicias establecidas en lo antiguo por el derecho del más fuerte, y en virtud de las cuales los embajadores podían proteger a cualquiera malhechor y arrancarlo de manos de la justicia; franquicias por las cuales tanto se deshonró Luis XIV en el conocido negocio del duque de Crequi en Roma. Y finalmente, después de muchas y repetidas reclamaciones, han abolido la esclavitud de los negros.

La cortesía entre los Gobiernos amigos impone a los respectivos súbditos el deber de no desacreditarlos; más en el caso de que se falte a esta regla, las leyes y los usos autorizan satisfacciones por medios diferentes.

Respuesta a una objección.

He dicho más arriba que la urbanidad entre las varias naciones es una virtud que han procurado extender la religión, la filosofía y el comercio, y contra la cual se reacciona la natural barbarie del hombre. La segunda parte de esta proposición parece desmentida por usos que no pueden ponerse en duda, pues realmente entre algunos pueblos bárbaros y semibárbaros, encontramos muy encomendada y ejercida la hospitalidad, aun allí donde no puede atribuirse ni al influjo de la religión, ni al del comercio.

La hospitalidad, la dulzura para con los extranjeros era una de las más notorias virtudes de los antiguos bretones y de todos los demás pueblos celtas, quienes, por cuantos medios les sugería su situación, celebraban la llegada a su casa de un forastero, le festejaban en ella y no le dejaban partir sin que se llevara alguna muestra de su cariño. Este y otros hechos semejantes no desmienten aquella proposición, puesto que es muy cierto que algunos pueblos creen al mismo tiempo que es un deber la hospitalidad en la casa propia, y que está permitida la piratería en la casa ajena. Los árabes tratan al extranjero con hospitalidad y benevolencia bajo sus tiendas, mas apenas ha salido de ellas y pasado los confines de su territorio, cuando le roban. Los mismos antiguos bretones que consideraban como una acción infame cerrar la puerta de su casa al extranjero, reputaban por acción honrosa devastar los pueblos vecinos, y hacían de esto su ocupación predilecta. Su hospitalidad, pues, no reconocía por base la identidad de la naturaleza ni la compasión por las necesidades ajenas, por lo cual es preciso atribuirla a otras causas, que tal vez son las siguientes.

En el imperfecto estado de sociedad, cuando el gobierno no hace respetar el orden, la opinión pública procura hacer sus veces. En las poblaciones faltas de los estables recursos de la agricultura y de las artes, la necesidad de saquear a los vecinos se reproduce incesantemente; de aquí es que la opinión no puede hacer que se considere como infamante el saqueo de los Estados vecinos, porque es necesario a todos y no hay infamia de hecho en los sucesos en que todos toman parte.

En tal estado de cosas, el valor, la fiereza, el desprecio de los peligros merecen elogios y alcanzan la reputación, porque estimar el valor y la bravura es despreciar la vileza. Sería vileza atacar a un extranjero que sin apariencia hostil se presenta solo a una muchedumbre armada, que puede hacerlo pedazos en un momento. En medio de tales disposiciones generales y en el territorio nacional, el extranjero está seguro de ser respetado, porque se encuentra bajo la salvaguardia de la opinión que declara infame al hombre vil. Si se añade que la necesidad de hacerse querer por sus semejantes, constante en el hombre de todos los tiempos, y de todos los países, no encuentra muchas ocasionas en que satisfacerse, dada el sobredicho estado de cosas; si añadís que la curiosidad de oír las aventuras ajenas y de referir las propias es muy grande en el caso supuesto, veréis que el nacional debe hacer consistir su honor en acoger con rostro alegre al forastero, en corresponder con generosidad a su confianza, en aprovechar, la ocasión de hablar de sus hechos y de oír el relato de los ajenos. La moral del árabe y de otros pueblos semejantes, hospitalarios en su casa y ladrones en la ajena, no es muy diferente de la del mercader que se avergonzaría de robaros el dinero en casa y no se avergüenza de engañaros en la tienda.

 

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