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Maleducados y maldicientes

La autora reivindica la importancia de los buenos modales, de ser educado en cualquier ámbito y circunstancia

 

El Día - eldia.es.

Mujer sonriente atiende su comercio
Maleducados Ser amables. Mujer sonriente atiende su comercio

Una sociedad de personas maleducadas. La importancia de ser amables

Me temo que defender los buenos modales, como hago en este artículo, puede parecerles a muchos una reivindicación casposa y obsoleta, pero si añado que el tema me lo inspiran algunos de los que se dicen profesionales y empresarios del protocolo y las relaciones públicas, que para desgracia del oficio se han etiquetado políticamente y sientan cátedra en su ámbito de actuación, en base más a su experiencia que a su conocimiento académico, el asunto puede despertar el interés del lector, que intentará poner nombre y apellidos al retratado. Pero no se cansen, son tantos los ejemplos que probablemente cada uno de ustedes tendrá su maleducado y maldiciente particular. Hombre o mujer, da lo mismo, es una cuestión para la que hay igualdad de sexos.

De siempre se ha dicho que el español tenía modales de bárbaro. Aún peor: se ha considerado la grosería como un rasgo idiosincrásico y hasta cierto punto un motivo de orgullo y, por desgracia, abundan los "de pelo en pecho", esos que gustan de alardear de ser muy "machos", ásperos pero auténticos, de los que no se andan por las ramas y dejan a un lado la cursilería, interpretando ésta como el amaneramiento de las formas, cuando en realidad nos estamos refiriendo pura y simplemente a educación.

Los buenos modales son una especie de gramática social que nos enseña el lenguaje del respeto y de la ayuda mutua. Alguien cortés es alguien capaz de ponerse en el lugar del otro.

Los que trabajamos de cara al público sabemos de la importancia de ser amables y parecer educados; seguimos insistiendo en dar los buenos días, en pedir las cosas por favor y en decir gracias . Pero para nuestra sorpresa, cada vez es más frecuente que los propios compañeros de oficio, ocupados en otros menesteres, se muestren contaminados por la rudeza, relajando su disciplina cortés y dejando a las claras su mala educación, la cual choca de frente con la actitud gentil, con la encomiable tenacidad que caracteriza al profesional del protocolo y las relaciones públicas, a la hora de desasnar al españolito que precisa de un cursillo acelerado de educación cívica. Es lo que tiene el poder, que convierte a algunos "don nadie" -de naturaleza sibilina- en tordos, en ejemplos de maldicientes que se preocupan que no medren los de su oficio, mostrándose ante la posible valía de sus iguales inseguros, por lo que abusan de la sonrisa melindre para enmarcar las falacias que tejen en torno a sus víctimas.

Ser educado: ¿pasado de moda y de gente de derechas?

En no sé qué momento de nuestra reciente historia se llegó a la tácita conclusión de que ser educado era una rémora, una práctica vetusta e incluso un poco de "derechas". Hoy, todos esos usos corteses, esas convenciones amables que las sociedades fueron construyendo a lo largo de los siglos, para facilitar la convivencia, parecen haber desaparecido de España, barridas por el huracán del desarrollo económico y de una supuesta modernización de las costumbres, tanto que no resulta sorprendente que nos hayamos convertido en los últimos años en un pueblo áspero y zafio, porque, en mi infancia, a los niños se nos enseñaba todavía a saludar, a dar las gracias, a ceder el asiento en el autobús a las embarazadas, a respetar a los demás, a sostener la puerta para dejar pasar a un incapacitado, por ejemplo. Hoy, es bastante raro que un muchacho levante sus posaderas del asiento para ofrecerle el sitio a la ancianita más achacosa y temblorosa que imaginarse pueda, pero si que es común ver a una madre cargada hasta las cejas de paquetes, caminando por una acera estrecha, y flanqueada por el gamberro de su hijo adolescente, un grandullón de pantalones caídos y gorra con la visera hacia atrás, que va tocándose las narices con las manos vacías.

Así está el panorama: por un lado profesionales de las relaciones públicas y el protocolo, cuyas buenas maneras y habilidades sociales se les suponen, que no dan los buenos días cuando se cruzan con sus antaño homólogos, no apagan el móvil en un concierto, redactan invitaciones dando puntapiés a la gramática, o se arrojan al mar tenebroso de la crispación, por poner algunos ejemplos.

En el otro lado, "niñatos de tres al cuarto" que te empujan a la salida del tranvía, cuyos padres se sienten impotentes ante esta hornada de descastados, descarados y descarriados, que esgrimen como argumento a su vándalo comportamiento, la búsqueda de su identidad social.

Y por último, aparecen colectivos y corporaciones -empresariales, públicas y políticas- que cierran filas en torno al encantador de serpientes de turno, al eterno adulador que se jacta de contactos y apabulla con las cuatro "marías" de sus conocimientos al respetable, utilizando incluso su privilegiada posición para menesteres que nada tienen que ver con su cargo. Tales comportamientos a más de uno les ha costado el puesto de trabajo, ya que en el oficio es importante la discreción, el servir a derecha e izquierda, el no posicionarse, el mantener, en resumen, las formas. Pero, sobre el tener paciencia, pues ya se sabe que en el país de los ciegos, un tuerto es el rey, pero a los reyes se les destrona y a los ciegos muchas veces un milagro les devuelve la vista, es cuestión, simplemente, de tiempo.

 

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