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La cortesía como forma de participación social. III

Adquirimos principalmente la benevolencia de los demás en las conversaciones en función de nuestros modos de razonar y de la calidad de nuestras costumbres

 

Anuario Filosófico - Departamento de Filosofía de la Universidad de Navarra

La cortesía como forma de participación social. Gente caminando
Sociedad y cortesía. La cortesía como forma de participación social. Gente caminando

Sociedad y cortesía

La cortesía como forma de participación social

Un gusto que -a juzgar por lo que se añade acto seguido- tiene una función muy secundaria en la educación -sólo afecta a las cosas indiferentes-, es más bien universal y admite en escasa medida variantes culturales y sociales. Se trata de un nuevo argumento que explica por qué la socialización aparece en el pensamiento roussoniano como una tarea relativamente sencilla y que no exige un prolongado aprendizaje.

Recapitulemos lo dicho hasta el momento. Hemos podido observar cómo la cortesía tiene en la filosofía de Rousseau escaso valor e importancia y también cómo en ella se aprecian signos de debilitamiento en las formas de participación social. Lo que explica ambos hechos es que la concepción individualista del hombre de la que se parte agosta las fuentes y obstruye los cauces naturales de tal participación, uno de los cuales es la cortesía. Sucede además que una manifestación universal de la vida social -la existencia y la influencia de las pautas colectivas de conducta- acaba siendo ignorada, discutida e incluso combatida. La aspiración parece ser reducirla al mínimo, y se corre el riesgo de ir más allá de lo posible y lo conveniente, porque no se advierte ni se admite la existencia de ciertos mecanismos de interacción social que son independientes de la voluntad de los individuos. En el mejor de los casos, se asume o se denuncia dicha realidad como una limitación que nos aleja de la utopía de una sociedad fraterna y transparente, pero se renuncia a buscar la explicación de la persistencia de la cortesía, descartada la hipótesis de que sea un fenómeno connatural al ser humano y a su cultura, algo incompatible con el individualismo en estado puro. Sin duda las ideas de Rousseau no son tan radicales como las expuestas, pero ¿acaso no estamos ante una mentalidad muy extendida hoy en día?, y -lo que es más importante- ¿no se deriva de ciertos presupuestos en los que se apoya la filosofía roussoniana?

Como contrapunto de lo expuesto y antídoto del individualismo exacerbado, me referiré a continuación -tal y como he anunciado más arriba- a la tradición cultural en la que se apoyan los tratados de cortesía. Su punto de partida es muy diferente, ya que afirma la dependencia parcial del ser humano con respecto a la sociedad en que vive. Así, por ejemplo, Stefano Guazzo, un importante teórico de la materia, escribía a finales del siglo XVI:

"La conversación no es sólo agradable sino necesaria para la perfección del hombre, el cual debe confesar que es como una abeja, que no puede vivir sola. Y por tal motivo, siguiendo la juiciosa sentencia de los Estoicos, hemos de suponer que, al igual que todas las cosas de la tierra fueron creadas para ser usadas por el hombre, así el hombre fue creado para ser usado por el hombre, para que siguiendo a la maestra naturaleza, tuviesen que socorrerse mutuamente y procurarse juntos la común utilidad al dar y recibir y unirse y obligarse entre sí mediante las artes, las obras y las facultades. Por lo cual muy bien se puede llamar infeliz a aquel al que se le arrebata la comodidad de poder contribuir, conversando, al beneficio propio y ajeno".

Téngase presente que Guazzo entiende el concepto "conversación" en un sentido muy amplio, lo cual queda patente en el siguiente texto: "Porque si bien lo miráis, adquirimos principalmente la benevolencia de los demás en las conversaciones en función de nuestros modos de razonar y de la calidad de nuestras costumbres. De manera que puedo, en cierto modo, incluir toda la conversación bajo el epígrafe costumbres, entre las cuales se incluyen también los razonamientos".

En la base de esta doctrina, se halla -lógicamente- la continuidad de naturaleza y cultura, que el autor afirma sin ambages y de manera taxativa: "Natural es todo aquello que la naturaleza consiente que se haga mejor y adquiera perfección".

Se trata, además, de una tesis que no es incompatible con la modernidad. Así, un autor como Shaftesbury, al que se suele considerar precursor de la filosofía ilustrada, sostiene lo siguiente:

"Se enmendará el ingenio en nuestras manos y se refinará el humor, si procuramos no entrometernos en él y no violentarlo mediante un uso acerbo del mismo y mediante prescripciones rigurosas. Toda forma de cortesía es debida a la libertad. Nos afinamos los unos a los otros, limamos nuestros ángulos y lados ásperos, mediante una suerte de colisión amigable. Restringirla es inevitablemente como oxidar la inteligencia humana. Es destruir la civilidad, la buena crianza y la caridad misma, bajo el pretexto de conservarla".

En este texto se ensaya una solución al problema de cómo combinar la autonomía individual con la cohesión social opuesta a la de Rousseau. La diferencia estriba en que se sostiene que la interacción social es imprescindible para educar al hombre. No obstante, se advierte también que, si la presión social ahoga la libertad del individuo, la socialización se resiente, pierde sus potencialidades formativas y deja de ser un fenómeno natural. Podríamos decir que la colisión social se vuelve penosa y los ciudadanos evitan influir en los demás y dejarse influir por ellos.

Como consecuencia de ello, se bloquean los dos tipos de participación social a los que nos venimos refiriendo: los individuos ven como una amenaza los códigos sociales de conducta y al mismo tiempo no quieren participar en su elaboración, porque los consideran opresivos o innecesarios.

Naturalmente, en este punto se plantea el problema de que la sensación de libertad es subjetiva. Los individuos se pueden sentir molestos aunque la presión social a que se ven sometidos sea muy débil, como sucede en nuestro mundo. Por otra parte, en lo relativo a las pautas colectivas de conducta caben soluciones muy diversas, que varían en función del apoyo y de la autoridad que les conceden los miembros de una comunidad. De hecho, la modernidad parece tender hacia un tipo de sociedad en el que las normas sociales sean mínimas y concede -en mi opinión- un margen excesivo a la autonomía del individuo.

Creo, sin embargo, que tales argumentos no invalidan lo fundamental de la tesis de Shaftesbury: la incapacidad de los ciudadanos para captar la necesidad que tienen unos de otros, o dicho de manera menos utilitaria, la negación -teórica o práctica, total o parcial- de la sociabilidad natural, obstaculizan y debilitan la formación humana e incluso pueden llegar a imposibilitarla.

Si las cosas son así, parece evidente que los miembros de una sociedad tienen la necesidad y la obligación de desarrollar su capacidad para vivir en comunidad. Ahora bien, ¿cuál es el mejor modo de fomentarla? Cabe suponer -dirán algunos- que los niños, los jóvenes y los inmigrantes imitarán y harán suyos de manera natural e insensible los usos de la comunidad en la que están llamados a integrarse. ¿Para qué complicar las cosas haciéndoles reflexionar? Pienso que al menos por dos motivos, uno coyuntural y otro intemporal. En primer lugar, porque en la civilización occidental -tras dos siglos de paulatino auge del individualismo- reina una absoluta confusión al respecto, agudizada además a raíz del multiculturalismo, al cual parecemos abocados.

No obstante, aunque no nos hallásemos en esa encrucijada histórica, persistiría la necesidad de definir y fundamentar las conductas que refuerzan la cohesión social. Y la razón hay que buscarla en una segunda realidad sobre la que deseo llamar la atención: dado que el hombre es un ser racional, debe ser consciente del porqué de sus actos y de las consecuencias de éstos, en el ámbito de la moral individual, pero también en el de la responsabilidad social. La clave está, por tanto, en habituar a los ciudadanos a considerar y anticipar las consecuencias que se derivarán para la vida comunitaria de sus decisiones personales. Además, no hay que dar por supuesto que tal cosa sucederá de manera natural, porque es una tarea que implica mucho ingenio y esfuerzo, y menos aún en las sociedades modernas, dado su carácter individualista e igualitario.

Los ciudadanos deben aprender a reflexionar sobre las repercusiones sociales de sus actos. Démosles, por tanto, clases de moral, civismo y cortesía. Ésa fue la medida adoptada para solventar el problema durante el siglo XIX y buena parte del siglo XX. No sería una mala iniciativa hacer algo parecido, pero no creo que fuera suficiente, porque el problema no es de instrucción, sino de índole ética y política. Se trata de crear hábitos que sólo la convivencia diaria puede generar, para lo cual habría que fijar y extender determinadas ideas y pautas sociales -aceptadas y promovidas por la mayoría de los ciudadanos- que favorezcan la cohesión social. Ello permitiría movilizar la capacidad de participación de la gente corriente en la construcción del orden político, que en las democracias corre el riesgo de limitarse al acto formal del voto, a la integración en los partidos y al conocimiento y cumplimiento de las leyes. Lo que necesitamos es algo, acaso tan improbable, como un diálogo abierto -al margen de los intereses de poder y de los prejuicios ideológicos, y basado en la observación crítica de las costumbres- cuyo objetivo debe ser definir qué ideas y qué conductas perjudican a la sociedad en su conjunto -a pesar de ser legales o toleradas- y cuáles, por el contrario, redundan en su beneficio.

 

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