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Deberes de la buena educación relativos a los placeres. La comida y las invitaciones.

Cuando se piensa dar un convite se debe principiar por elegir convidados que recíprocamente se agraden o simpaticen.

 

Nuevo Manual de la Buena Sociedad o Guía de la Urbanidad y de la Buena Educación.
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La urbanidad debe dirigir y presidir a todas las circunstancias de la vida, y no es ciertamente en las distracciones y placeres donde es menos necesaria pues bien se puede asegurar que ningún atractivo tendrían aquellos si la buena educación no los regulase.

Sin que sea nuestro ánimo apelar a fáciles epigramas, diremos que un convite es casi un acontecimiento célebre o de importancia en una familia según las formalidades y trámites que tienen que observar tanto la dueña de la casa como sus convidados.

Las invitaciones.

Cuando se piensa dar un convite se debe principiar por elegir convidados que recíprocamente se agraden o simpaticen, o al menos que sean soportables los unos a los otros. Si se trata de un convite de hombres solamente, no debe estar a la mesa mas señora que la que hay en la casa. Decidido ya finalmente el convite se debe hacer una invitación verbal o escrita con dos o tres días de anticipación. En el caso que dicha reunión haya de tener lugar en Pascuas o Carnavales, con motivo de los muchos banquetes que entonces se celebran, será oportuno adelantarse ocho o más días a hacer la invitación.

Es bastante frecuente encontrar en la casa de las personas a quien se va a invitar; otras varias enteramente extrañas, y en este caso para evitar dificultades y huir tanto de la nota de desatento como del ridículo de invitar a personas que se sabe seguramente no han de aceptar, conviene no hablar nada del objeto de la visita hasta el momento en que al despediros os acompañen los dueños de la casa en cuyos instantes se puede indicar sin obstáculo alguno.

Otro distinto caso es cuando en casa de las personas a quienes se va a convidar se encuentra hospedado, aunque sea por poco tiempo, un pariente o amigo, y sería una marcada desatención no comprenderle en la invitación.

Las cartas o billetes de convite están reducidos a una especie de circular de algunas palabras y cuando se trata de grandes banquetes generalmente son impresas. Guardar silencio vale tanto como aceptar, y caso que se rehuse es preciso hacerlo al punto dando una razón plausible de la negativa, y procurando hacerlo con la mayor delicadeza. Cuando la invitación es de viva voz es muy oportuno evitar el hacerse de rogar pues nada hay más desatento y ridículo. Se debe aceptar o rehusar de un modo franco y gracioso, alegando un motivo razonable sobre el que no se debe volver a insistir.

No es permitido dejarse rogar o apremiar algún tanto, sino en el caso que sea uno invitado a comer por un sujeto que no nos conoce sino de la casa de un tercero, o cuando el convite se hace en una visita o circunstancia análoga.

Una vez aceptado es preciso cumplir a no mediar razones graves. Los dueños de la casa deben calcular con cuidado el número de los convidados, pues es desagradable y de mal tono hacerles estar apretados y en tortura, y tampoco es bien parecido descubrir acá y allá puestos vacíos alrededor de una mesa.

Cuando el número de los convidados es mayor que el de los puestos que les estaban destinados, suele emplearse el recurso de añadir otra mesa pequeña, y si bien esto suele ser indispensable es un remedio algo comprometido pues ordinariamente las personas colocadas a esta mesa suplementaria se miran como rebajadas. Importa así que para tales sitios se escojan los mas jóvenes de la reunión, o bien personas cuyo carácter razonable y modesto sea una garantía contra toda falsa interpretación.

Cuando una circunstancia cualquiera os obliga a no asistir a una de tales reuniones, debéis advertirlo lo más pronto posible por escrito, manifestando el sentimiento que os causa no poder corresponder al favor que se os dispensa.

Cuando los convites están exclusivamente compuestos ya de damas, ya de caballeros, sería una falta invitar a una persona de distinto sexo.

 

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