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I. EL CÓDIGO DE LA CIVILIZACIÓN: El penúltimo jalón del camino. IX.

El penúltimo jalón en el camino. La generalización de la educación.

 

La civilización del comportamiento. Urbanidad y buenas maneras en España desde la Baja Edad Media hasta
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La apuesta de la burguesía por la higiene se apoya a partir del siglo XIX en el universo bacteriológico descubierto por Louis Pasteur, descubrimiento provisto, como señala Vigarello (1991:258), de gran fuerza emocional. El microbio es el agente invisible que provoca la enfermedad tal y como demuestra la ciencia que lo objetiva como agente patógeno mediante notas, experimentos, publicaciones, observaciones, conferencias...; esto es, se trata de un elemento objetivable y que permite desde este momento cuantificar la suciedad o la insalubridad. La higiene es legitimada científicamente como un saber valorativamente neutro. A todos compete lavarse, restregar con agua y jabón todos los pliegues del cuerpo, visibles o invisibles, porque el microbio no se percibe pero la ciencia demuestra que existe (Vigarello, 1991:259). Como apunta Labisch (1985:600), se crean las condiciones de posibilidad para el 'Homo Higienicus', que tiene la salud como objetivo y subordina su modo de vida a los principios básicos de la ciencia en general y la medicina en particular. Una vez admitida la necesidad objetiva de la limpieza, su validez científica y la necesidad de su generalización devienen en asertos indiscutibles. Mas a la justificación científica se le añade un elemento moral al relacionar la limpieza corporal con la psique individual: el aseo personal es una forma de disciplina útil para la forja de una voluntad rigurosa; es una disciplina que vigoriza moralmente y que se corresponde con el cuidado de sí que se debe cada individuo en su esfera privada. Esta ligazón entre la higiene y el fortalecimiento moral es la que van a defender los manuales de buenas maneras destinados a la civilización de las clases populares.

5.1. Civilización y naturaleza social del hombre.

El código de buenas maneras que aquí me ocupa hace del concepto "civilización" su piedra angular. Se trata del concepto en el nombre del cual se llama a las personas a proceder en pos de la autorregulación de su conducta y emocionalidad. Así, el vocablo "civilización" viene a referirse a una depuración del comportamiento y la emocionalidad individuales que han de aplicarse a cualesquiera sean los ámbitos de existencia del individuo. Dicha depuración corre a cargo del propio individuo que, estableciendo una serie de coacciones sobre sí mismo, ha de conseguir ahormar tanto su conducta como sus pasiones. Más allá de logros y realizaciones artísticas, técnicas, políticas o económicas, la civilización es un modelo de gestión de conducta y emocionalidad fundamentado en el paulatino autocontrol que ha de ejercer la persona sobre sí misma.

El código de la civilización, pergeñado a través de las diferentes publicaciones que versan sobre buenas maneras, parte de un presupuesto antropológico básico: la naturaleza social del hombre. El hombre lleva inscrita en su naturaleza la inclinación a vivir con sus congéneres; inclinación que posibilita la constitución de la sociedad humana. De no ser así, nos encontraríamos ante un tipo de hombre que pugna con otros humanos a fin de conseguir satisfacer del modo más completo posible su amplio abanico de necesidades vitales. Esa inclinación a vivir con sus congéneres y la ulterior constitución de la sociedad eliminan esa pugna generalizada que conduciría al hombre a enfrentarse con sus semejantes en aras de su propia supervivencia.

La constitución de la sociedad a partir de esa natural inclinación del ser humano implica la necesidad de un código social que regule las relaciones entre los individuos, un código que a la vez se entienda como base de la cohesión de los distintos individuos y grupos sociales. Así pues, éste es el punto de partida del código de la civilización; punto de partida asumido por autores como José de Urcullu en su "Moral, virtud y Urbanidad", Mr. Blanchard en "El Maestro de sus hijos", José Martínez Aguilo en sus "Nociones de Urbanidad" o Camilo López en "El Libro del Saber Estar" (Urcullu, 1897:13; Mr. Blanchard, 1864:8; Martínez Aguilo, 1923:6; López, 1990:7) (Nota: Camilo López, se apoya en un clásico como Aristóteles para afirmar la naturaleza social del hombre. Esta interpretación de Aristóteles no deja de ser una cuestión notablemente controvertida, tal y como muestra Hannah Arendt en La Condición Humana. Arendt sostiene que una correcta interpretación de las palabras de Aristóteles pasa por admitir que dicho pensador no habló estrictamente de una naturaleza humana intrínsecamente social sino política. Esto es, entiende que Aristóteles, con esa troca de lo político por lo social, ve como su intención inicial -argumentar en pro de la naturaleza política del ser humano- es alterada, trayendo consigo esta alteración innumerables consecuencias para el desarrollo del pensamiento occidental. Véase Arendt (2001)).

El código social de conducta y emocionalidad que emerge a partir de la constitución de la sociedad crea las condiciones de posibilidad para que el hombre se civilice y se aleje de un estado de barbarie en el que viviría inmerso de no ser por esa naturaleza social que le impele a vivir con sus semejantes. Y es este código, nacido de la naturaleza social del hombre y de la natural constitución de la sociedad, el que a su vez contribuye al mantenimiento, cohesión y fortalecimiento del conjunto social. Camilo López en "El Libro del Saber Estar" afirma que, en este caso, estamos ante un fenómeno universal que abarca la totalidad de grupos humanos existentes: "Lo que es consustancial a cualquier comunidad es la existencia, siempre y sin excepción, de un modelo de comportamiento social. Ni hubo ni habrá nunca una civilización carente de normas de conducta" (López, 1990:10).

El código social de comportamiento permite que el hombre viva en sociedad y le recuerda que en ese vivir depende de sus semejantes. En este contexto de interdependencia general (Carreño, 1910:20) resultará imprescindible tener presente un aserto básico: cada cual debe comportarse con el prójimo del modo en que le gustaría que se comportarse el prójimo con él. Este aserto que autores como Mr. Blanchard o Martínez Aguilo identifican como la 'base moral de la sociedad' (Mr. Blanchard, 1864:10; Martínez Aguilo, 1923:6) queda perfectamente reflejado en las palabras de José de Urcullu:

"Esta pequeña sujeción, que nos hemos recíprocamente impuesto, no es como se figuran algunos [...] una simple convención, una etiqueta inútil; es una ley que la necesidad ha creado, un vástago que procede de aquel gran principio de la naturaleza: haz a otro lo que quisieras que te hagan a ti." (Urcullu, 1897:111).

Así, el código de la civilización, consciente de la dependencia mutua entre los seres humanos, fija una serie de procedimientos de conducta que redundan en el logro de una sociabilidad estable, ordenada y satisfactoria para los hombres. Y para el logro de tal sociabilidad, ¿qué se exige en nombre de la civilización a cada uno de los individuos sin excepción alguna?. Fundamentalmente, se les exige que sean capaces de autorregular su comportamiento y su emocionalidad estableciendo una serie de coacciones sobre sus apetitos, deseos y pulsiones. Al respecto, Manuel Antonio Carreño se manifiesta con total claridad en el "Compendio del Manual de Urbanidad y Buenas Maneras":

"[...] natural es convenir en que debemos emplear nuestra existencia entera en la noble tarea de dulcificar nuestro carácter y de fundar en nuestro corazón el suave imperio de la continencia, de la mansedumbre, de la paciencia, de la tolerancia y de la generosa beneficencia" (Carreño, 1910:26).

Si no fuese así; si una persona es incapaz de autorregularse y por ello no se atiene con su conducta y emociones más que a lo que le dictan sus apetitos y deseos, ignorando que con ello pone en peligro una sociabilidad ordenada y satisfactoria, esa persona sería catalogada de "incivilizada" y merecería el reparo por parte de sus semejantes. No es casualidad que en la denuncia de actitudes "incivilizadas" se insista en el hecho de que la persona parezca provenir de lugares aislados (desiertos, selvas, bosques.) en los que no se daría contacto alguno con otros seres humanos. Parece lógico que así sea habida cuenta que el código de la civilización, basado en la naturaleza social del hombre, entiende como un proceso natural la aparición de un código regulador de la conducta y la emocionalidad desde el mismo momento en que los seres humanos están abocados naturalmente a vivir los unos con los otros. De su naturaleza social se deriva el código, con lo que se deduce que si una persona se ve privada de ese contacto con sus congéneres, carecerá de tal código, de una pauta para autorregularse y en consecuencia, aparecerá a los ojos de los demás como un ser incivilizado. Sirva como ejemplo de cuanto digo las palabras del Abad Sabatier cuando habla de la probable calificación que merecerá un niño que en su comportamiento muestra carencias civilizatorias:

"¡Qué niño tan mal criado! Parece que le han sacado de alguna choza o de algún desierto" (Abad Sabatier, s/d, 143) (José Codina en una de sus rimas también hace alusión al estado de barbarie en el que vivirían los hombres de no contar con un elemento como la civilización; ese estado incivilizado del ser humano cuando no mantiene contacto con sus semejantes: "En el estado salvaje/ sumido el hombre yaciera/ todavía, si no fuera por la civilización/ esta antorcha manejando/ los maestros de la infancia/ disipan nuestra ignorancia/e ilustran nuestra razón". Codina (1925:13-14)).

 

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