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Concepciones de la civilidad

La cortesía, en palabras de DHOQUOIS (1993), no tiene otra pretensión que establecer una agradable coexistencia entre individuos llamados a vivir juntos

 

AUFOP. VIII Congreso de Formación del Profesorado.

La civilidad cristiana y escolarizada. Concepciones de la civilidad. La convención moralizada
Cortesía en la vida social. La civilidad cristiana y escolarizada. Concepciones de la civilidad. La convención moralizada

La civilidad cristiana y escolarizada. Concepciones de la civilidad. La convención moralizada

2. Concepciones de la civilidad

No es nada obvio ni unívoco el papel que juega la cortesía en la vida social; admite, por contra, interpretaciones muy variadas que, en ocasiones, conectan con referencias históricas precisas.

2.1. La cortesía humanista

La cortesía, en palabras de DHOQUOIS (1993), no tiene otra pretensión que establecer una agradable coexistencia entre individuos llamados a vivir juntos. Las convenciones facilitan las interacciones en la vida social. Por eso cuando alguien, tal vez de otro país o de otra cultura, desconoce las reglas de cortesía topa con dificultades, no siempre divertidas, de comunicación.

Es ésta una concepción humanista, y muy erasmiana, de la civilidad. ERASMO publicó el año 1530 un libro, De civilitatemorum puerilium libellus, dirigido a todos los niños sin excepción, en el que presenta un código común de comportamientos en orden a facilitar las interacciones sociales y a establecer un vínculo social. Como recomendación central se proscriben actitudes y gestos que perturben la armonía; la corrección consiste en no desentonar, exige a las personas que limen las asperezas de su conducta para no diferenciarse de los demás. Lo convencional, lo convenido, lo conveniente... viene a resultar precisamente aquello que no desdice, que no sorprende, que no se sale de lo esperado socialmente.

De ahí la relación existente entre cortesía y autocontrol. Para crear las condiciones de un trato agradable es preciso un cierto control personal, un esfuerzo por reprimir incluso el desparpajo excesivo y, desde luego, cualquier conducta o actitud que demuestre superioridad hacia los demás; la cortesía llega a exigir una cierta difuminación de la personalidad.

2.2. La civilidad cristiana y escolarizada

La concepción humanista de ERASMO es pronto sometida a un proceso colectivo de redefinición y las alteraciones del proyecto erasmiano conformarán una nueva versión del sentido de la civilidad cuyo influjo perdurará durante tres siglos, hasta mediados del XIX (REVEL, 1985).

Cuando el modelo de la civilidad es asumido por la reforma protestante o, dicho de otra forma, cuando la civilidad se hace cristiana, experimenta profundas transformaciones: (a) dada la tendencia pecaminosa del niño al mal, es preciso preservarle programando un minucioso control, con asombroso detalle de reglas, de todos los comportamientos diarios; además (b) las personas ya no podrán mostrarse como son: las exigencias del decoro, indisolublemente cortés y cristiano, así lo exigen; pero (c) donde con más rigor actúan las imposiciones de la civilidad es en el cuerpo al considerarlo a la vez soporte de las más vergonzosas pasiones y templo del Espíritu Santo.

Por otro lado la civilidad se escolariza convirtiéndose en uno de los pilares más básicos e indiscutidos de la enseñanza escolar hasta bien entrado el siglo XIX. Dentro de una instrucción indisolublemente religiosa y cívica, la civilidad no se separa de la enseñanza de los rudimentos de la fe, de la moral y de la lectura.

Se redactan textos en forma de preguntas y respuestas, a modo de catecismo, para favorecer los procesos de memorización e inculcación. En algunas de sus versiones estos tratados proyectan un control sistemático y autoritario que da pié a una vigilancia policiaca del tiempo y del espacio del niño.

2.3. La convención moralizada

De siempre ha interesado indagar la relación entre el respeto por las convenciones sociales y el sentido moral; según unas u otras versiones, lo moral excede, precede o enaltecece a lo cortés.

Por lo general, las formas convencionales de cortesía no salen bien paradas de la confrontación a que reiteradamente se les somete con respecto a la conducta moral. El barniz de las buenas maneras, se dice, puede ser mera hipocresía como lo prueba que un sinvergüenza puede ser cortés. De ahí que una persona rústica y generosa siempre valdrá más que un egoista cortés y un buen hombre incivilizado más que un canalla refinado.

Menos frecuentemente se ha subrayado que la cortesía precede, y en cierto modo, gesta a la moralidad. La cortesía ("eso no se hace") sería anterior a la moral ("eso no debe hacerse") y se iría tomando poco a poco, como una cortesía interiorizada... Decir "por favor" es hacer como si se respetara al otro; decir "gracias" es hacer como si en verdad estuviera uno agradecido. Ahí puede empezar a gestarse el respeto y el agradecimiento. La teoría clásica del razonamiento moral, la de PIAGET Y KOHLBERG, en cierto modo sustentan esta misma idea cuando afirman que la orientación moral convencional precede evolutivamente a la moralidad autónoma.

La estrecha relación entre moralidad y convención es también asumida por quienes entienden que, aunque la moral sea algo distinto de la cortesía, el respeto sólo puede alcanzar a expresarse a través de ella ya que, si bien es normal observar que un hombre cortés no sea ipso facto un hombre moral, parece evidente, a la inversa, que la descortesía es signo indubitable de indiferencia o desprecio frente al otro. Dicho de otra forma, una persona que ame al prójimo no puede ser descortés; más bien, al contrario, donde alcanza su máxima y más rica expresión el interés y aprecio por los demás será precisamente en el cuidado de los detalles. Tener atenciones con los demás, cuidar las formas y detalles, limar todo lo que pueda herir... eso sería la cortesía.

'La cortesía ("eso no se hace") sería anterior a la moral ("eso no debe hacerse")'

A pesar de lo anterior, resulta, a nuestro juicio, preferible entender moralidad y convención como dimensiones separadas, por más que conexas, de la vida social. No es obvio que el respeto a las convenciones precise necesariamente un fundamento moral; puede haber otras razones y no necesariamente morales. Además, el respeto a las normas de cortesía por sí mismo ni facilita la interacción social, ni consolida las diferencias sociales, ni es signo de respeto a los demás ni refleja un cálculo interesado; dependerá de la intencionalidad que la persona impregne a sus actos.

 

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