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Ventajas prácticas de la Civilidad.

Con los hombres habemos de tratar, como con hombres y no como con Angeles; y así es necesario, que nuestra conducta con ellos sea proporcionada a nuestro estado común.

 

Reglas de buena crianza civil y cristiana.
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Ventajas que la práctica de la Civilidad procura a aquellos a quienes se practica.

Si la práctica de esta Civilidad Cristiana, es útil para nosotros, no lo es menos para aquellos, con quienes se guarda. Si son espirituales, el afecto, que se les manifiesta, redobla su caridad de ellos; y si son carnales, lisonjea, si es verdad, a su amor propio, procediendo este desorden de su mala disposición; pero los preserva de un mal mucho mayor, en que caerian, si no procurásemos sostenerlos con manifestarles afabilidad y agrado; porque si no se pone cuidado a conservarlos de esta manera con el trato de la urbanidad humana, se aparta absolutamente de los que los tratan con indiferencia y le pierden toda la creencia, que con ellos tenían; de suerte, que nos hacemos incapaces de servirles; dicta, pues, la caridad, que les disimulemos esta flaqueza, haciéndoles comprender, que los amamos, ínterin que la caridad suceda a esta disposición imperfecta.

Con los hombres habemos de tratar, como con hombres y no como con Angeles; y así es necesario, que nuestra conducta con ellos sea proporcionada a nuestro estado común. Este común estado consiste, en que la amistad y la unión, que hay entre las personas aun espirituales, está todavía mezclada con muchas imperfecciones; de suerte, que ha de suponerse, que a mas de los vínculos espirituales, que los unen entre sí, están también atados con una infinidad de pequeños vínculos del todo humanos, que ellos no advierten; y consisten en la estimación y afecto, que tienen los unos de los otros y en lisonjeros consuelos, que reciben del recíproco comercio; la firmeza, pues, de su unión no depende solamente de los vínculos espirituales, sino también de aquellos puramente humanos, que le conservan.

De ahí nace, que cuando estos pequeños vínculos llegan a romperse por una infinidad de disgustos leves, y negligencias ligeras, pasan después a dividirse, aun en las cosas más importantes; y si bien, se advierte, se hallará, que todas las discordias, que se ven suceder entre personas pías, que en otro tiempo fueron muy unidas, han sido de ordinario precedidas de tibiezs, causadas por falta de atención al recíproco cumplimiento de ciertas obligaciones de urbanidad. Ciertamente, sería cosa de desear, que la recíproca unión entre los Cristianos fuese más firme, más pura y más independiente de todos estos consuelos humanos; y conviene aplicarnos todo lo posible a saber pasar sin ellos; mas, sin embargo, parece que la caridad precisa a practicar con los otros aquellas obligaclones, que nos dicta la urbanidad, no juzgando, que son flacos, sino suponiendo, que lo pueden ser; y evitando así el darles pretexto alguno de entibiarse con nosotros.

Por lo que nos encargan mucho los Santos Apóstoles, que hagamos la piedad amable, aun a las personas mundanas, para atraerlas así dulcemente, y es imposible que esta sea amable, si es bronca, incivil, grosera y no procura manifestar a los hombres, que los ama, que desea servirles y que les tiene mucha afición. Si, efectivamente, no les servimos por estos medios, a lo menos no los ofendemos, y preparamos siempre su espíritu a recibir la verdad con menos oposición. Es menester, pues, que procuremos practicar la urbanidad, no desterrarla. Hemos de atraernos la afición de los hombres, no para tener en ello una falsa complacencia, sino a fin, de que su afición nos ponga en estado de servirles y porque esta misma afición es para ellos un bien, que les da estimación de la piedad, y los dispone a ella, si no la tienen, y sirve para conservarla, si la tuvieren.

El Apostol San Pedro, encargándonos de aspirar en todas las cosas a la humildad: "Humilitatem in omnibus insinuantes"; no nos encomienda una práctica continua de urbanidad. Cierto que sí; porque la urbanidad no es otra cosa, que una humildad exterior; y llega a ser interior, cuando la practicamos por respetos espirituales. San Pablo la prescribe todavía más expresamente, cuando manda, nos prevengamos unos a otros con demonstraciones reverentes: "Honore invicem praevenientes".

 

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