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La Cortesanía en general. II.

Actos inurbanos o molestos a los presentes.

 

Melchor Gioja. Refundido por Juan Cortada. 1866.
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CORTESANÍA EN GENERAL.

Actos inurbanos o molestos a los presentes.

Roerse las uñas o morderse la piel provoca en los que lo miran fastidio y repugnancia y expone al ridículo a quien lo hace, porque nos despierta la idea del perro que roe un hueso con el mayor gusto del mundo. Rascarse la cabeza u otra parte del cuerpo trae a la memoria asquerosos insectos, la imagen de la suciedad y el molesto sentimiento que le acompaña. La repugnancia crece si se presentan a nuestra vista llagas hediondas u otra cosa sucia.

No podemos reprimir la ingrata sensación, que nos causan una voz ronca e inarmónica, el estornudar de una manera extraña y estrepitosa, los gritos improvisos, principalmente de noche, rechinar los dientes, restregar un hierro con otro, frotar piedras escabrosas, arañar cristales, y otros ruidos tan desapacibles como éstos. Por lo mismo será siempre cosa muy descortés hablar a gritos, y con voz que destroza el oído.

Los actos inurbanos que pueden cometerse con el tacto son tantos, cuantas las partes de la máquina humana susceptibles de sensaciones punzantes y, compresivas. Dejando a un lado el tirarse de los cabellos, contestar con una bofetada, defenderse de un dicho con un puntapié, rempujarse en una escalera, tirarse arena o tierra al rostro, gracias propias de faquines, recordaré tan solo aquellas personas que no saben levantarse de su asiento sin pisarnos, los que en una espesedumbre de personas levantan los codos y presentando como dos picas molestan a cuantos se oponen a su Violenta marcha (Nota 1).

(Nota 1). ¿En dónde aprendió de urbanidad Cromwell, quien por broma metió trozos de carbón encendido en las botas de un oficial de los suyos?

Ofenden el olfato sacarse los zapatos para calentarse los pies, extender delante del brasero el pañuelo sucio para enjugarlo, regoldar cual un cerdo y como dice el señor de La Casa, mostrar al compañero cualquiera porquería que uno ha visto en la calle. También es intolerable la costumbre de dar a oler una cosa que hiede, como hacen algunos acercándoosla a las narices y diciendo: oled como hiede, cuando deberían decir: no os lo acerquéis a la nariz, porque huele mal.

Como nuestro aliento no simpre huele bien y rara vez es agradable al olfato de los demás, la cortesanía aconseja que no acerquemos el rostro a la persona con quien hablamos para que no se la fastidie: por lo cual, si conviene decir una cosa en confianza a personas respetables, se les suele decir al oído.

Con razón son tachados de inurbanos los que arrojan inmundicias a los patios comunes o a las calles; y no la hay menor para censurar del mismo modo a los que nos ponen enfermos en el café con el inícuo olor de mal tabaco, y a los que no usan nunca los baños, y aun reprueban su uso en los demás. Creo que daría una prueba de interesarse por la salud pública el príncipe que estableciese baños gratuitos para el pueblo, como lo hizo Carlomagno que los construyó en Aquisgrán, en los cuales no solo se bañaba él, sino que hacia bañarse a su ejército (Nota 2).

(Nota 2). En los pueblos marítimos está obviada esta dificultad, y ios naturales de estos países desde nlños acostumbran a bañarse y conservan este uso toda la vida.

En tiempos antiguos era muy común arrojar toda clase de inmundicias a la calle, y aun se conserva en muchos pueblos cortos, a despecho de los bandos de policía y buen gobierno. También ha sido muy oportuna la medida de no admitir en las iglesias los cadáveres que antes se sepultaban en ellas. Estas y otras providencias que tienden a la salubridad y limpieza se han ido multiplicando en los tiempos modernos, y si algunos rechazan las novedades útiles, es menester recordarles que no basta acudir a la razón, sino que es justo invocar la decisión de los sentidos, cuando esto es posible, pues si la mayor parte de los hombres no raciocinan con rectitud, son muy pocos aquellos a quienes les falta buen olfato o algún otro sentido.

 

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