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El discurso y la conversación. II.

Cada uno debe escoger el modo de relatar que mejor conviene a los hábitos de su espíritu y al exterior de su persona.

 

El nuevo Galateo. Tratado completo de cortesanía en todas las circunstancias de la vida.
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Condiciones físicas, intelectuales y morales del discurso y de la conversación.

Algunos refieren sus anécdotas e historietas con una apariencia de frialdad, y cual sino influyesen en ello las sensaciones que despiertan en los otros; y esta aparente frialdad hace resaltar más las cosas punzantes o apicaradas que refieren, cual un fondo oscuro sirve para hacer brillar un bordado. Otros cuentan con alegría vivísima, que brilla en su frente, en sus miradas, en la sonrisa, en todos los movimientos de sus facciones, y si eso no va más allá del grado oportuno, se comunica fácilmente al ánimo ajeno. Otros se convierten en pantomimos y remedan la voz, el gesto, y las acciones de las personas a quienes hacen hablar.

Cada uno debe escoger el modo de relatar que mejor conviene a los hábitos de su espíritu y al exterior de su persona. Una mujer no contará haciendo gestos como un cómico, porque los movimientos más expresivos, las muecas que afean, las alteraciones de la voz y de la fisonomía contrastan demasiado con la gracia a la cual la mujer no debe renunciar nunca. Los que no saben declamar, aquellos cuyo exterior es desairado, y la fisonomía poco expresiva, harán mucho mejor hablando con frialdad aparente.

Son, pues, condiciones físicas, del discurso una buena voz, no muy sutil y blanda como la de las hembras, ni tampoco tan áspera y dura como la de un rústico, sino sonora, clara, suave y bien compuesta, con pronunciación expedita, gestos convenientes que consisten en ciertos movimientos del cuerpo no afectados ni violentos sino templados con gracia, rostro tranquilo y movimientos de ojos que añadan gracia a las inflexiones de la voz y estén de acuerdo con las palabras; de modo que la intención y el afecto del que habla parezcan pintados en su fisonomía mientras los experimentáis en el alma.

"La conversación común puede ser copiosa fuente de sensaciones agradables"

Como que nuestras palabras son uno de los medios por los cuales hacemos pasar al ánimo de los demás nuestras ideas está claro que hasta en la conversación común puede ser copiosa fuente de sensaciones agradables o enojosas. Unas veces se presentan como un agua cristalina y agradable que permite ver las guijas y las arenas, a veces como las olas agitadas que transforman y ocultan las imágenes del fondo. Si, pues, no tratáis de apurar la paciencia de los que oyen, es necesario que conozcáis vuestra lengua para que las palabras acudan al momento a vuestros labios, para que cada idea se presente vestida con el traje que le corresponda, para que el discurso proceda con tal orden, que no fatigue la atención ni ofenda el gusto.

Es realmente muy penoso ver un hombre que suda para encontrar una expresión, que parece buscar en los oyentes el nombre de las cosas que trata de explicar, o que en cada período quebranta las reglas gramaticales. Muchas veces los errores del raciocinio nos desacreditan menos que los disparates del lenguaje, porque si el reconocer la falacia de un raciocinio exige alguna atención, basta muchas veces la costumbre del oído para notar un error de lenguaje.

Hay que tener en cuenta además que si algunos consiguen con un lenguaje selecto engalanar las cosas mas fútiles y llamar la atención de quien los escucha, otros degradan en la ajena opinión las cosas más sublimes con un lenguaje disparatado o de mal gusto.

A veces el exceso de sensibilidad es proporcionado a la escasez de las ideas y se muestra en aquellos que se ocupan de las palabras más que de las cosas. Un gramático a quien le contaban noticias que tenían conmovido al mundo político, contestó: "Sucederá lo que suceda, pero la verdad es que yo tengo en mi cartera mas de dos mil verbos bien conjugados".

La afectación del lenguaje es el vicio común de los que se reputan por grandes y bellos habladores. Consiste en expresar con palabras muy rebuscadas y quizás ridículamente escogidas, cosas triviales y comunes, por lo cual suelen hacerse insoportables a las personas de juicio que se ocupan de pensar bien más que de hablar bien, y que sabiendo cuan difícil es no cometer algún solecismo en el calor del discurso, no suelen censurarlo en los demás. Juvenal dice que de ninguna manera tomaría por esposa a una mujer que se preciase de purista.

 

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