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El aseo corporal. I.

El aseo revela hábitos de orden, de exactitud y método en todos los actos de la vida.

 

Novísimo Manual de Urbanidad y Buenas Maneras para uso de la juventud de ambos sexo.
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Del Aseo.

El aseo, al paso que manifiesta la pureza del alma, contribuye eficazmente al buen estado de nuestra salud y a aumentar nuestra robustez, así como da una idea muy ventajosa de nuestro talento, porque revela hábitos de orden, de exactitud y método en todos los actos de la vida.

Después de alabar a Dios al despertarnos por la mañana, nuestro primer cuidado será lavarnos y peinarnos, repitiendo estas operaciones durante el día, cuantas veces sean necesarias para presentarnos con la decencia conveniente. También tendremos un especial cuidado con la dentadura, limpiándola escrupulosamente todas las mañanas; pero no cometamos las faltas en que incurren las personas de descuidada educación, tales como: introducir el cepillo en el vaso, arrojar el agua que tenemos en la boca en la aljofaina, etc. Igualmente es preciso enjuagarnos siempre que hayamos comido algo, y aunque el uso sanciona el que lo hagamos en la mesa y delante de los otros comensales, sin embargo, procuremos hacerlo de modo que no les de asco, y evitarlo en cuanto nos sea posible sin chocar con la costumbre recibida. También evitaremos el introducir los dedos en la boca, sea cualquiera la necesidad que tengamos de hacerlo.

Los caballeros que se afeitan, deben hacerlo, si es posible, diariamente, pues nada hay más repugnante que esa sombra que da a la fisonomía una barba renaciente.

Los que fuman cigarrillos, procurarán que sus dedos no se manchen con el humo, pues comunica a sus manos un olor insoportable. Es preciso que nos las lavemos con esmero, tanto en este caso, como en cualquiera que hayamos ejecutado alguna operación que haya podido mancharlas, sobre todo, si vemos que nos observan.

Las uñas deben recortarse así que su crecimiento llegue al punto de oponerse al aseo, y limpiarse siempre que pierdan su blancura. Algunos las llevan largas; pero se necesita tanto tiempo para asearlas, que no lo encontramos compensado por su ninguna utilidad. Otros por el contrario se las recortan demasiado, afeando la yema de los dedos; y por último, hay muchos que contraen el hábito de roerlas con los dientes, hasta el punto de hacerlo maquinalmente en sociedad, lo cual es una costumbre muy fea y repugnante. Tampoco deben humedecerse los dedos en la boca para facilitar la vuelta de las hojas de un libro o la distribución de los naipes en el juego, ni limpiar con saliva una mancha en las manos o en la cara.

También es preciso evitar el llevar la mano a la cabeza, ni introducirla debajo de la ropa con ningún objeto, y menos con el de rascarnos.

Cuando tosamos o estornudemos, es preciso que nos tapemos la boca con un pañuelo, siempre que sea posible, y a falta absoluta de éste, con la mano. Tampoco es permitido el eructar, y el limpiarse los labios con las manos después de haber escupido. El que se ve precisado a eructar, debe proceder de una manera tan cauta, que los que estén a su lado no lleguen a percibirlo. Las mujeres, especialmente, deben evitar todos estos actos, y en particular el escupir, que por más que se diga, no es más que un mal hábito adquirido.

No usemos más que una sola cara del pañuelo destinado a sonarnos, y téngase presente que es sobremanera ridículo sacarlo doblado y volverlo a doblar para guardarlo. También debemos huir de la fea costumbre de mirar el pañuelo después de haberse sonado.

Jamás empleemos los dedos para limpiarnos los ojos, los oídos, ni mucho menos las narices.

No permitamos nunca que el sudor de nuestro rostro se eche de ver por los demás, pues es muy fácil evitarlo, enjugándose constantemente con el pañuelo.

No es necesario llevar trajes de seda ni adornos de mucho lujo para presentarnos decentemente en sociedad. El mejor adorno, el que da una idea más elevada de nuestro carácter, sobre todo en la mujer, es aquella limpieza y pulcritud, que ha de ser el constante anhelo de nuestros afanes. Mejor recibida será una mujer modestamente vestida, pero limpia, que la que deje ver en sus magníficos trajes el desaseo y desorden de su persona. El aseo en el vestir constituye parte de la dignidad y del decoro, y el que sepa bien lo que se debe a si mismo y a los demás, jamás se presentará a su vista con el traje sucio o desordenado.

Si la limpieza es necesaria a todos en general, para nadie, pues, es más indispensable que para las jóvenes; y en efecto, por deslumbradora que sea su hermosura, por ventajosa su posición, por grandes sus riquezas, ¿qué hombre sensato querrá dar el nombre de esposa a la que manifieste por su desorden que no sabrá gobernar con acierto su casa ni cuidar con esmero de sus hijos? Lo repetimos, esta es una de las cualidades más preciosas para la mujer, porque en ella, destinada por la naturaleza a guardar el hogar doméstico, es más perceptible cualquier pequeña falta. Por muchos bienes de fortuna que se tengan, por muchos criados que se puedan sostener, nunca podrá dirigirles con acierto, la que ni siquiera sabe hacer que presida la limpieza a sus propios adornos y vestidos.

Y si esto sucede a la que pueda sustituir con continuos gastos su desaseo mudando de trajes todos los días, ¿qué será a aquella cuya escasez de medios la ponga en el caso de no tener más que lo preciso para presentarse con decencia?

Esta afrentará a sus padres, y si la suerte la depara marido e hijos, completará con el tiempo su ruina, porque la mujer cuidadosa labra la prosperidad de su casa, y la que no lo es la destruye.

Sea, pues, el aseo objeto de todas las atenciones de una señorita, como una parte principal de la buena educación, y la mejor cualidad para realzar sus gracias.

Hay algunas, sin embargo, cuya extremada escasez no las permite a veces mudar de vestido con la frecuencia que quisieran; cuiden éstas al menos de su ropa interior, y que su blancura demuestre cuál fuera su limpieza, si los medios de fortuna correspondiesen a su deseo.

Algunas personas, en particular los caballeros, ponen grande esmero en el vestir, y descuidan el calzado, siendo así que estos detalles son los que dan mejor indicio del aseo.

 

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