La etiqueta y los buenos modales son algo más que simples convenciones
Es necesario darse cuenta de la importancia que tienen las reglas de cortesía y los buenos modales para que nuestra convivencia sea cordial, amable, pacífica y respetuosa

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Los buenos modales son atemporales y necesarios en todas las sociedades
Vivimos en la era de internet y de la comunicación total, donde los avances tecnológicos y los cambios en la sociedad son realmente vertiginosos. La pregunta que nos surge ante este panorama es, ¿hay un lugar para las convenciones sociales y las buenas maneras en este mundo tan digitalizado? Es bastante habitual escuchar que conceptos como cortesía, urbanidad y buenos modales han pasado de moda, han quedado relegados en el olvido. Sin embargo, ¿acaso no continúan siendo, todo lo relacionado con las buenas maneras, herramientas esenciales para nuestra convivencia?
Tomemos como punto de partida la perspicaz observación que nos hace Jonathan Swift, autor de "Los Viajes de Gulliver". Según él, "las buenas maneras son el arte de hacer que los demás se encuentren bien con uno". ¿Quién podría argumentar contra la importancia de tal arte de las buenas maneras? Charles-Maurice de Talleyrand, destacado político y diplomático francés del siglo XVIII, afirmaba con perspicacia que solo los individuos faltos de discernimiento se mofan del protocolo, ya que este último, lejos de ser un obstáculo, facilita la vida. "Solo los tontos se burlan del protocolo, nos facilita la vida". Talleyrand, reconocido por su habilidad en el ámbito de las relaciones internacionales, comprendía la importancia de las normas y los procedimientos establecidos para el correcto desenvolvimiento de la sociedad.
El entramado de la buena educación es complejo. Ciertamente, existe un conjunto de reglas, algunas tácitas y otras explícitas, que rigen este arte de las buenas maneras. ¿No es acaso un acto reflejo decir "gracias", "por favor" o "lo siento" en los momentos adecuados? Estas convenciones, arraigadas en nosotros, muchas veces actúan como una segunda naturaleza, de forma que raramente nos detenemos a reflexionar sobre su origen. Las decimos simplemente por educación y por costumbre.
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Sin embargo, el verdadero desafío radica en entender que la buena educación es más que un mero conjunto de normas y convenciones. Es una manifestación externa de respeto y consideración hacia el prójimo. A través de la cortesía, expresamos que la presencia y el bienestar del otro nos importan. No es solo un gesto automático; es un lenguaje silencioso que comunica empatía, cuidado y respeto.
Ahora bien, ¿podríamos vivir en una sociedad sin este tipo de reglas? Imaginemos por un momento un mundo en el que cada individuo actuase según su propio impulso, sin tener en cuenta a los demás. Las buenas maneras, aunque a veces parezcan simples convenciones, proporcionan un orden, una estructura que facilita la convivencia y permite a los seres humanos interactuar de manera armoniosa entre ellos.
Pero, como en todo, es vital ejercer un juicio crítico. ¿Todas las reglas son necesarias? ¿Existen convenciones obsoletas que ya no responden a nuestra realidad? Si bien no podemos negar la importancia de contar con ciertas normas, es igualmente importante evaluar y adaptar estas reglas conforme a nuestra realidad contemporánea. Adaptarlas a la sociedad actual. Ese proceso suele generar grandes controversias. Ese choque que todas las generaciones suelen tener entre la sociedad actual y la que otros han vivido como sus padres, abuelos, etcétera. Casi todos piensan que la suya era mejor. Más educada, moderada, respetuosa, etcétera.
Es cierto, en algunos casos, las normas pueden parecer arbitrarias o complicadas. Pero, ¿acaso no es también parte de la naturaleza humana cuestionar, adaptar y reinventar? Si reconocemos que no podemos vivir sin ciertas pautas, la labor pendiente es determinar cuáles de ellas son realmente valiosas y cuáles podrían ser puestas en entredicho e incluso desecharlas o adaptarlas a los nuevos contextos y realidades sociales.
La buena educación, lejos de ser un mero compendio de antiguas convenciones, es un reflejo de nuestra humanidad, de nuestro deseo de conectarnos con otros de manera respetuosa y armoniosa. En un mundo que cambia a un ritmo acelerado, la reflexión sobre qué significa realmente tener buenos modales es esencial. La finalidad no es seguir reglas por el simple hecho de hacerlo, sino entender y valorar la profunda humanidad que subyace detrás de cada "lo siento", "por favor" y "gracias". Como sociedad, no debemos olvidar el valor inestimable de las buenas maneras, sino buscar formas de adaptarlas y mantenerlas vivas en nuestro día a día.
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