No hablar por el móvil
De nada sirve que la azafata repita, al principio de cada viaje, el ruego de bajar el volumen de los móviles

foto base vlada11 - Pixabay Imágen Generada por IA
Hablar por el teléfono móvil-celular en el AVE -tren de alta velocidad-
Telefoneadores (es de buena educación no hablar por el móvil en público).
Ahora que acaban de estrenar el Tren de Alta Velocidad Madrid-Lérida, todavía están a tiempo de inventar algo que haga el viaje más agradable: por ejemplo, además de la separación entre fumadores y no fumadores, que pongan un vagón de telefoneadores.
Soy usuario, relativamente frecuente, del AVE Ciudad Real-Madrid, y a veces es un verdadero circo: no paran de sonar las melodías, polifónicas o sin polifonar, seguidas de un voluminoso grito: "-¡Dime!", que a su vez suele ir seguido de un molesto: "-¡En el AVE!", al que luego suceden otras frases, habitualmente tontas, inoportunas y perfectamente predecibles para los honrados viajeros de alrededor, que siempre nos quedamos con las ganas de decirle algo al maleducado del día, porque la mayoría de nosotros, por pura vergüenza ajena, nos callamos y soportamos en silencio -otra "mayoría silenciosa"- la grosería del parlanchín telefónico.
De nada sirve que la azafata repita, al principio de cada viaje, el ruego de bajar el volumen de los móviles y la norma que establece que sólo se puede hablar por teléfono en los espacios entre vagones.
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A veces tiene uno que tragarse la bronca que un jefe grosero le echa por teléfono a una secretaria, o las disculpas de un representante que no ha servido a tiempo el último pedido. Y eso, cuando no te toca en un asiento de esos de a cuatro, al otro lado de cuya mesa hay una moza explicándole a su amiga de Cádiz cómo dejó a su novio el jueves pasado.
Hace pocos años, cuando todavía no estaba extendida la telefonía móvil, veíamos en el tren a una persona hablando con su Motorola tamaño ladrillo, y sentíamos una especie de curiosidad y asombro ante las maravillas de la técnica y, algunos, incluso una secreta envidia; otros, el firme propósito de no tener nunca teléfono móvil, para vivir tranquilos.
Ahora lo que sentimos es la pena de que haya gente capaz de gastarse el consumo de un minuto, más el coste de otro minuto por los siete segundos del segundo minuto, más establecimiento de llamada, más IVA, más la amortización del terminal, más la parte alícuota de la carga de la batería, por decir ¡absolutamente nada !
Cuando te toca en el vagón una de esas personas que parece no ser consciente de compartir viaje con otras veinte o treinta o, lo que sería mucho peor, que parece ser consciente de ello pero no conocer el pudor, la sensación de vergüenza ajena se apodera de los involuntarios espectadores.
Hay materias en las que el derecho de uno, lleva también aparejado el derecho de todos los demás, y por tanto el ejercicio de ese derecho es obligatorio: el derecho de uno a su intimidad o a la privacidad de sus comunicaciones, es también para los demás el derecho a no enterarnos de lo que no nos importa.
Quizá tenga algo que ver, en todo esto, la nefasta moda televisiva de poner micrófonos o cámaras para que se filme todo lo que dicen los intervinientes en el programa, aun en situaciones totalmente privadas, previa renuncia remunerada, por parte del concursante, a su intimidad. Lo que pasa es que en la tele lo tengo muy fácil: la apago, y ya está. Pero del AVE no me puedo bajar en marcha, ni irme al vagón de no fumadores (primero porque, desgraciadamente, fumo; y segundo, porque también allí hay telefoneadores).
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Igual que para otras cosas hay establecidas, convencional y tácitamente, unas normas básicas de convivencia -taparse para estornudar, cortarse las uñas en privado- que todo el mundo acepta y comprende, algo habrá que hacer para que el progreso técnico en las telecomunicaciones -y en más cosas- no pierda su verdadero sentido de progreso humano y, por tanto, quede también impregnado de aquello que hace al ser humano un ser social capaz de convivir.
La buena educación y el respeto a los demás son esenciales en todas partes. Incluso en el tren.
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