
Del modo de conducirnos en diferentes lugares fuera de nuestra casa. Del modo de conducirnos en los establecimientos públicos
En las oficinas del gobierno, no se entra jamás sino con objetos propios de sus respectivas atribuciones, ni se penetra a otros lugares que los destinados a dar audiencia.
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Reglas comportamiento en oficinas, tiendas, restaurantes y otros establecimientos
Normas de urbanidad para conducirse en establecimientos públicos, según el manual de Carreño
Los establecimientos públicos son espacios que solemos compartir con otras personas. Tener un buen comportamiento en lugares como restaurantes, oficinas, bibliotecas y comercios es importante para tener un trato agradable y respetuoso con los demás. Siguiendo unas mínimas reglas de cortesía podemos evitar conflictos y situaciones incómodas que a algunas veces vemos en restaurantes, comercios y otros establecimientos públicos.
Si nos comportamos con amabilidad y consideración, tanto con los clientes como con los empleados, podemos ayudar un clima más cordial y positivo. Es muy desagradable ver discutir e incluso pelearse en un establecimiento público. El ser educado y respetuoso puede tener efectos positivos en nuestras propias vidas, así como en las vidas de las personas con los que nos relacionamos.
1. En las oficinas del gobierno, no se entra jamás, sino con objetos propios de sus respectivas atribuciones, ni se penetra a otros lugares que los destinados a dar audiencia, ni se ejecuta ningún acto contrario a la policía del local, aun cuando no haya de incurrirse por esto en ninguna pena.
2. En los establecimientos industriales, y demás casas que estén abiertas al público, deberán aplicarse las mismas reglas del párrafo anterior; en ellas no entraremos nunca a distraer inútilmente a los que trabajan; y si puede ser tolerable que les hagamos visitas, es únicamente en los casos en que no podamos hacerlo en sus casas y en que al mismo tiempo sea tal la intimidad de nuestras relaciones, que nuestra presencia no los prive de atender a sus más urgentes quehaceres.
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3. Hay, sin embargo, casos excepcionales, en que puede ser lícito hacer una visita en su escritorio a un hombre de negocios con quien no tengamos íntima confianza; pero esta visita habrá de ser tan corta, que podamos quedar seguros de no haberle causado ningún perjuicio, aún dado que para recibirnos haya tenido que interrumpir una ocupación importante.
4. Jamás entremos en una oficina con el sombrero puesto, ni fumando. Aquellos que tal hacen, incurren en una imperdonable falta de respeto, y manifiestan apreciar en poco su propio decoro.
5. Es un acto de grosera impertinencia el hacer que los comerciantes se ocupen en mostrarnos sus mercancías, cuando no tenemos absolutamente la intención de comprarlas, lo mismo que tocarlas y traerlas entre las manos, de manera que se ajen y pierdan de su mérito.
6. No nos acerquemos nunca a un lugar donde existan descubiertas prendas o dinero. Una persona de elevados principios no debe, en verdad, hacerse la injuria de admitir como posible que se le atribuya jamás una acción torpe; mas el que echa de menos una cosa de su propiedad, necesita poseer principios igualmente elevados para apartar de sí una sospecha indigna, y así, la prudencia nos aconseja ponernos en todos los casos fuera del alcance de la más infundada y extravagante imputación.
7. Las personas bien educadas se abstienen severamente de levantar la voz y de entrar en discusiones acaloradas en los establecimientos públicos; y huyen de encontrarse ellos en lances que hayan de referirse luego, y generalizarse hasta caer bajo el dominio del público.
8. Cuando nos encontremos en una fonda o restaurante, jamás paguemos lo que se haya servido a una persona con quien no tengamos amistad, pues esto, lejos de ser un obsequio, es un acto descortés y hasta cierto punto ofensivo.
9. Tampoco nos es lícito ofrecer en un restaurante comidas ni bebidas a personas que no sean de nuestra amistad.
10. Evitemos, en cuanto nos sea posible, el que otro pague lo que nosotros hayamos tomado; fuera de los casos en que preceda una invitación especial, pues entonces la sola pretensión de pagar nosotros, sería una ofensa que haríamos al amigo que ha querido obsequiarnos.
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11. Cuando ocasionalmente nos encontremos en un restaurante con amigos nuestros y tomemos junto con ellos alguna cosa, sin invitación especial de ninguno, procuraremos ser nosotros los que paguemos; sin llamar para ello la atención de modo alguno, a fin de que no se crea que sólo hemos querido afectar generosidad, ofreciendo a otros la ocasión de acudir a relevarnos del pago. Nada hay, por otra parte, más ridículo, más indecoroso, ni más indigno, que la conducta de aquellos que después de haber comido o bebido en tales casas en compañía de sus amigos, se alejan disimuladamente y con mal fingidos pretextos en el momento de pagar.
12. Cuando en el ascensor o elevador de un hotel, restaurante, etc., se encuentran señoras, los caballeros se descubren, puesto que el establecimiento debe considerarse como residencia accidental de aquellas, y es de elemental educación, no permanecer cubierto en casa ajena.
13. No es tan riguroso este acto de cortesía en el elevador de otros edificios públicos, en los que este medio de transporte puede equipararse a un tranvía, donde nunca nos descubrimos aún cuado en él viajen señoras. Sin embargo, es recomendable hacerlo para el caballero que vaya acompañando a una dama. (Nota del editor.)
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