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La narración, el análisis y las disgresiones.

Es necesario que el lenguaje se preste a las diversas formas que exige la narración.

 

Nuevo Manual de la Buena Sociedad o Guía de la Urbanidad y de la Buena Educación.
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Hay muchas condiciones indispensables al buen éxito de las narraciones, y entre ellas figura, en primera línea, la singularidad u originalidad. Las mejores historias o anécdotas fatigan cuando llegan a hacerse muy sabidas, pues que cada uno quiere ser actor a su vez en la escena del mundo; y así cuando hayáis de referir algún buen asunto ceded siempre menos al deseo que tenéis de hablar que al deseo que hay de oíros. Hay un gran número de personas que encuentran el secreto de enojar a los demás, diciendo por otra parte muy buenas cosas, por el deseo inmoderado que tienen de decirlas. Quedan luego descontentos del talento de sus oyentes pues como dice La Rochefoucauld:

"Perdonamos muchas veces a los que enojan, pero no podemos perdonar a aquellos a quien molestamos".

La oportunidad es la segunda circunstancia que debe concurrir en la narración; que ésta surja naturalmente de la conversación; que explique un hecho o venga al apoyo de una opinión, más que jamás aparezca traída por el necio placer de la charlatanería o por el no menos reprensible de hacer gala de talento. Recordad que las narraciones más medianas cuando vienen a tiempo agradan siempre más que las mejores cosas del mundo, dichas fuera de sazón; que es de mal tono, sobre todo para las personas jóvenes, mostrarse afanosas, apoderarse de cualquiera circunstancia que brinde a una narración, y mucho más cuando hace poco tiempo que se ha tomado asiento en un circulo. Es una atención amable y modesta invitar a los demás a referir algún suceso palpitante o a la orden del día cuyas circunstancias se desean conocer. Esta atención es aun más apreciable en las personas distinguidas por su talento.

Es necesario que el lenguaje se preste a las diversas formas que exige la narración; que bajo pretexto de adornar el discurso no os extraviéis en comparaciones rebuscadas, ociosos detalles o interminables diálogos; si referís un pasaje agradable o sorprendente guardad la mayor sangre fría.

Cuando olvidando estas y otras precauciones los narradores no consiguen el efecto que aguardaban y creen poder arrancarle repitiendo y comentando la palabra cómica apurándose por repetir: "¿No encontráis esto excelente y admirable?" ¡Ay! entonces no hacen más que aumentar su falta y concurrir a hacer mayor la molestia de los pobres oyentes. Si se refiere una anécdota que vosotros conocéis ya, dejad al narrador llegar hasta el fin y no apartéis, bajo pretexto alguno, la atención de los que le escuchan. Si se os pide vuestra opinión dadla ingenuamente sin querer aparecer mejor instruido que el que acaba de referir el hecho; y aún dado caso que os encontrareis frente a frente con el narrador debéis guardar el mismo silencio y escucharle con aire de interés. Si os refiriese un hecho que os ha contado el día precedente, o que sabe por vos mismo, debéis figurar igualmente que lo oís por la primera vez.

Muchas veces, en medio de la narración, el que tiene la palabra olvida y vacila como queriendo recordar; observadle atentamente y si duda afirmad que ignoráis por completo el hecho de que trata, y si recupera la memoria rogadle continúe valiéndoos de una fórmula atenta parecida a esta: "Yo os oigo siempre con la mayor satisfacción". Esta delicada urbanidad es de rigor, sobre todo cuando se trata de personas de edad avanzada.

Cuando vuestras narraciones tengan buen resultado, procurad ser modestos; dejad a los demás repetirlo y ocuparse de los rasgos de gracia e ingenio que hayan agradado. El medio más seguro de no conseguir la aprobación de nadie, tanto en sus acciones como discursos, es solicitarla bien sea por miradas bien por palabras.

Como los oyentes están obligados a escuchar sin reclamación, es conveniente, y aún necesario, explorar el terreno antes de tomar la palabra, y preguntar si tal cosa es conocida en la reunión. Cuando una historieta se ha insertado en los diarios o no es absolutamente nueva, o bien se sabe que pertenece a una recopilación de anécdotas; si entonces se atribuye por el que la refiere a alguna persona conocida, el pobre narrador se cubre en este caso del mas lastimoso ridículo.

He aquí, según mi opinión, la falta más difícil de la conversación, y caso que no estéis seguros de poder clasificar con orden vuestras ideas, de manifestarlas con una gran claridad y una fácil elegancia no tengáis jamás la temeridad de querer analizar un libro, o una pieza de teatro, pues os expondríais a una ruda mortificación que influiría desfavorablemente en la opinión que los demás se formasen acerca de vuestra persona. No queremos nosotros con esto condenaros por siempre al silencio, sino inspiraros solamente una saludable desconfianza a fin de preservaros de un duro descalabro y poneros en estado de corresponder algún día, bajo este aspecto, a los deseos y exigencias de una asamblea brillante y distinguida.

Comenzad por escribir sobre un papel un boceto de una pieza de poca extensión como un romance, o comedia, con el objeto de ver el modo con que comprendéis el conjunto y arregláis los detalles para aspirar asi a produciros sin embarazo, Una vez llegados a esta altura absteneos de esa especie de análisis que si bien correctas, se conocen. pero son trabajadas y tendrían menos abandono, oportunidad y gracia. Toda otra preparación os haría incurrir en dos defectos intolerables, la afectación y la inflesibilidad.

Fuera de esto nosotros no damos estos consejos sino a las personas que dotadas de un entendimiento claro y penetrante, de gran amor al arte, y con una actitud especial, se encuentran en circunstancias de hacer nobles esfuerzos para ocuparse dignamente de una producción literaria. Las que no se encuentren a esta altura deben limitarse a exponer brevemente la materia; manifestar la emoción o sentimiento que les ha causado; indicar algunos rasgos oportunos, y añadir que está lejos de ellos la pretensión de pronunciar un fallo.

El primer grado de la digresión es el paréntesis, el que con tal que sea corto, natural y poco repetido; que haya cuidado de anunciarle siempre y últimamente que no se abuse de él, se puede usar ventajosamente.

El segundo grado de la digresión es más delicado pues abraza esas reflexiones accesorias y locuciones comunes pero agradables y admitidas, esas alusiones generales o particulares que algunos se permiten ayudados de un acento especial que es al lenguaje lo que el carácter itálico es a los caracteres tipográficos. Esta manera de hablar puede ser picante o ingenua, pero muchas veces puede llegar a ser oscura y tribial; siendo este hábito de hablar de ese modo algo ocasionado por lo que solo entre amigos se debe permitir esta escabrosa digresión.

Vengamos ya al tercer grado, a la digresión propiamente dicha. La más frecuente es involuntaria y ocurre muchas veces que en un diálogo vivo y animado la corriente de la conversación, nos arrastra, asi también como el interlocutor, lejos del punto de partida. Si la conversación así extraviada versa sobre asuntos de agrado o interés, debéis volver a encarrilarla valiéndoos de un giro político tal como este: "No perdamos de vista la cuestión; yo os ruego", etc. Mas si el asunto es de muy escasa importancia dejad seguir el diálogo hasta donde Dios quiera.

La digresión voluntaria cuando no es el resultado de la locuacidad puede introducirse en los discursos graves, tales como las discusiones políticas, filosóficas o morales, pero es preciso usar de ella con la mayor díscrección y no destinarla a una apología personal, como algunas personas, que al referir un suceso relativo a un individuo, cuentan su vida, las relaciones que con él y su familia han tenido, de suerte que un suceso de corta duración toma unas inmensas proporciones.

Los litigantes, los letrados, militares, viajeros y enfermos deben estar muy en guardia contra este abuso de las digresiones.

 

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