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Origen de la correspondencia y la escritura. I

La escritura es el maravilloso arte que da color y cuerpo a los pensamientos.

 

Arte de escribir pot reglas y con muestras. 1798.
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Origen de la correspondencia y la escritura.

Este arte maravilloso que da color y cuerpo a los pensamientos (así lo asegura Brebeuf, con otros, añadiendo que es el arte de pintar la palabra y hablar a los ojos por medio de los trazos y lineas que forma la pluma gobernada por nuestra mano), y cuyo descubrimiento es tan útil como necesario a la Sociedad humana, envuelve en su origen tanta obscuridad y confusión, que no es fácil descubrirle con la escasa luz que nos prestan los autores.

Los Enciclopedisras Franceses en el artículo "Écriture" nos le dan a conocer de tres maneras. La primera, dicen con Mr. Warburthon, consistía en poner la parte principal por el todo, según lo hacían los Egipcios; pues cuando querían representar dos ejércitos puestos en batalla pintaban dos manos, asiendo con la una un escudo o broquel, y con la otra un arco, conforme nos dan a entender los geroglíficos de Horapolo, admirable fragmento de la antigüedad. La segunda, pensada con más arte, se reducía a substituir el instrumento real o metafórico de la cosa a la cosa misma, como por ejemplo un cetro con un ojo abierto para representar un Monarca; una espada para darnos a conocer al cruel tirano Ocho, y un navío con un piloto para expresar el gobierno del Universo. La tercera, en fin, era aquella de que se servían para expresar una cosa por otra que tuviese alguna semejanza o analogía con ella, al modo que para representar el universo, que lo hacían con una serpiente enroscada en forma de círculo, cuya piel con la variedad de colores indicaba las estrellas.

Si los que inventaron los geroglíficos pensaron, como es natural, en conservar la memoria de los acontecimientos , y hacer conocer la religión, leyes, reglamentos y cuanto es relativo a las materias civiles, se deja conocer muy bien la imposibilidad de continuar por mucho tiempo con semejante género de escritura sin incurrir en mil anacronismos, y caer en la mayor ignorancia y confusión. Los mismos ejemplos de los Enciclopedistas servirán, a poco que reflexionemos, de apoyo a nuestra aserción.

Suponiendo que los Egipcios escribieran y entendiesen perfectamente los geroglíficos, ¿cómo se había de saber por la pintura de las dos manos los ejércitos de quienes hablaban, ni a qué reinado correspondían, si es cierto, como se supone (Millot. "Elementos de Historia Universal", tomo I, cap. I), que desde su primer Rey hasta Sethon contaban exactamente 341; igual numero de Pontífices, y otras tantas generaciones? ¿No se viene a los ojos que en lugar de comprender por esta pintura emblemática y arbitraria los ejércitos de Sethon, que se nos quisiesen dar a entender, pudiéramos concebir, por ejemplo, los de Sesóstris ("Diccionario de los hombres ilustres", compendio histórico de todos los hombres famosos por sus talentos, virtudes, etc., compuesto en francés por una sociedad de literatos), que vivió algunos siglos antes de la guerra de Troya? A la verdad que este género de escritura simbólica o geroglifica admite tantas aplicaciones que es imposible uniformar el sentimiento de sus intérpretes.

¿Quién será capaz de señalarme determinadamente este o el otro Rey por la arbitraria pintura con que se conoce a un Monarca? ¿Quién decirme, no siendo de otro que de Ocho, el tirano cruel a quien representa la espada? Para esto era menester una de dos cosas, o que se concediera solo un individuo a cada clase, o que cuando los geroglíficos no admitieran otras modificaciones se multiplicasen al infinito; y en este caso, ¿quién sería el dichoso hijo de Astrea que llegase mas allá del a, b, c de esta descomunal y disparatada escritura? Si los más sabios en la lengua China apenas conocen diez mil caracteres o voces de las ochenta mil que por lo menos representan sus geroglíficos, ¿cuántos millares más tendría que aprender el que quisiera tomar, no digo yo una instrucción regular, sino una leve tintura de lo que contuviesen los prototipos apócrifos de los misteriosos Egipcios?

Probada ya la imposibilidad de seguir por mucho tiempo con está babilónica escritura, aunque no negada su existencia por las pruebas que nos dan de ella muchos autores, se deja conocer la incertidumbre de las historias antiguas, que no pudieron tener otro apoyo hasta mucho tiempo después del establecimiento de los imperios que el que ella las suministra, unida a las confusas y vagas traducciones de los que precedieron a los historiadores que las escribían. Sin embargo, la aprecian tanto los Enciclopedistas Franceses que, confesando la incalculable utilidad de la escritura alfabética, hacen subsistir la representativa hasta mucho después de la invención de aquella.

Tal, dicen, era la veneración que los Egipcios tenían a los hombres, la que pasando a sus caracteres, dio motivo a que se conservasen entre los sabios, y que éstos les hiciesen respetar de la plebe, que más cuerda, si así lo podemos decir, los había abandonado por la facilidad y ventajas de la escritura alfabética.

 

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